Steve Johnson

Steve Johnson

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¿Tienes Acceso a Dios?

Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote perfecto y el único mediador que nos da acceso al Padre. A diferencia de los sacerdotes, que ofrecían sacrificios repetidamente y entraban en el Lugar Santísimo solo una vez al año, Jesús se ofreció a sí mismo una vez y para siempre por todos nuestros pecados —pasados y futuros— y permanece a la diestra de Dios ministrando en favor nuestro. Por tanto, nunca dejamos atrás el evangelio ni pasamos a ser responsables de vencer el pecado mediante la determinación, los procedimientos o la superación personal.

Jesús comprende plenamente nuestra debilidad porque fue tentado en todo, pero sin pecado. Cuando caemos en la culpa y la vergüenza, Dios no nos mantiene a distancia, sino que nos invita a acercarnos confiadamente a su trono para recibir misericordia. Esa invitación también es válida mientras la tentación aún nos asedia. En vez de concentrarnos en el pecado hasta que nos consuma, debemos volver nuestra atención hacia Jesús, refugiarnos en él, mantenernos firmes y huir de la tentación tal como se nos manda. La gracia no es una licencia para seguir pecando; su obra mayor es capacitarnos para vivir en santidad. Debemos aferrarnos firmemente a nuestra fe y acudir diariamente a Cristo en busca de perdón, fortaleza, compasión y libertad.

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Un Llamado a la Obediencia

Las duras palabras de Jesús nos llaman a decidir de antemano que aceptaremos y obedeceremos su enseñanza, en lugar de buscar razonamientos para eludirla. El amor a Cristo y la obediencia no pueden separarse: el amor genuino no es un mero sentimiento afectuoso, mientras que la obediencia sin amor se convierte en legalismo. Esto no significa que un solo fracaso demuestre que no amamos a Dios; más bien, la vida del creyente se caracteriza, en términos generales, por procurar obedecer y dar fruto. Por tanto, debemos examinarnos con reverente seriedad, sin abusar jamás de la misericordia.

La obediencia no nos gana la salvación. Nos acercamos a Dios como pecadores mediante la confianza en Cristo y en su sacrificio; la obediencia pertenece a la santificación, la expresión vivida de nuestra nueva relación con Dios. Tampoco obedecemos con nuestras propias fuerzas. El Espíritu Santo mora con nosotros, nos recuerda las palabras de Jesús, nos convence de pecado y nos da el deseo y el poder para seguirlas. Debemos aprender los mandamientos de Cristo, ejercitarnos en decir sí en las cosas pequeñas y negarnos a escoger únicamente las enseñanzas que preferimos. Cada acto de obediencia es espiritual, constituye adoración y expresa amor, manifestando una vida en la que Dios ha establecido su morada.

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¿Por Qué Tengo Que Sufrir?

Nuestros sufrimientos presentes no se pueden comparar con la gloria que Dios revelará en nosotros. La creación, los creyentes y el Espíritu gimen porque el mundo aún no es como debería ser, pero Dios lo redimirá y restaurará. Por tanto, las dificultades no carecen de sentido: pueden profundizar nuestro anhelo de Dios, producir perseverancia, carácter, esperanza, justicia y paz, y conformarnos a la imagen de Cristo. Esto no hace que el sufrimiento sea bueno en sí mismo, ni significa que Dios esté contra nosotros, ni exige que busquemos el dolor. Podemos orar por sanidad, provisión, relaciones restauradas y liberación; sin embargo, no debemos empeñarnos tanto en escapar que pasemos por alto lo que Dios quiere enseñarnos. En nuestra debilidad, cuando no sabemos cómo orar debidamente, el Espíritu intercede conforme a la voluntad de Dios. Quizá no lleguemos a descubrir por qué ocurrió una prueba concreta ni cómo la utilizó Dios, pero podemos confiar en que él obra en todas las cosas para el bien de quienes lo aman. Debemos recibir las dificultades como una forma de entrenamiento, someternos a la obra de Dios y aferrarnos firmemente a la esperanza de que el sufrimiento terminará y llegará la restauración.

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Una Cena Compartida: ¿Qué Alimento Llevas a la Iglesia?

Un culto de la iglesia es como una cena compartida: todos deberían llegar preparados no solo para recibir, sino también para aportar algo que fortalezca a todo el cuerpo. Dios puede valerse de un himno, una enseñanza, una revelación, una lengua, una interpretación, una profecía, una oración, la adoración, un servicio práctico o la intercesión silenciosa por los demás. Estos ejemplos no son exhaustivos; la actitud esencial es la de un corazón dispuesto a escuchar al Señor y servir a la congregación.

La participación también debe desarrollarse con orden y discernimiento. Ningún don debe dominar la reunión; las lenguas deben ser interpretadas; las palabras proféticas deben ser examinadas a la luz de las Escrituras y de lo que sabemos acerca de Dios; y quienes hablan siguen siendo responsables de decidir si han de hacerlo. El propósito de cada don es la edificación, no la prominencia personal.

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Reflexiones Sobre la Navidad

La Navidad anuncia una realidad asombrosa pero verdadera: el Creador entró en nuestro mundo quebrantado como un bebé pobre acostado en un pesebre. Jesús vino de una manera inesperada, desafiando las ideas preconcebidas que impidieron que muchos reconocieran al Salvador prometido. Al igual que Israel, seguimos atados por la opresión, las circunstancias difíciles y nuestro propio pecado, por lo que también necesitamos liberación. Dios envió a su Hijo no para condenar al mundo, sino para dar vida eterna a quienes confían en él. Jesús, completamente inocente, cargó en la cruz con la pena por nuestros pecados y resucitó para que pudiéramos ser salvos y nuestra relación con Dios fuera restaurada. Este evangelio no es simplemente una agradable historia propia de esta época del año; es la verdad más grande, y nuestra vida debe edificarse en torno a ella, en vez de dejarse distraer por los regalos, los gastos y las celebraciones. La Navidad también renueva nuestra esperanza de que Jesús regresará. Aunque la demora dificulta mantener viva la expectativa, debemos permanecer preparados, permitiendo que tanto la salvación que él consumó como su regreso prometido moldeen nuestra manera de pensar y vivir.

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¿Te Sientes Amado?

Para vivir en la plenitud de Dios, debemos confiar continuamente en su amor inmutable y experimentarlo, así como un matrimonio florece cuando cada persona sabe que la otra mantiene su compromiso. En Efesios 3, Dios da poder por medio del Espíritu, no principalmente para manifestaciones externas, sino para que podamos conocer el amor de Cristo, permanecer arraigados en él y ser llenos de toda la plenitud de Dios. Este amor sobrepasa la comprensión intelectual; sin embargo, lo conocemos por la fe y mediante una vida en la que experimentamos continuamente la fidelidad de Dios.

Dios es Padre de una sola familia: en Cristo, la antigua división entre judíos y gentiles ha sido derribada, y los creyentes están unidos como una sola iglesia. Por tanto, que Cristo habite en nuestros corazones no es meramente un acontecimiento pasado relacionado con la conversión; debemos depender diariamente de su amor, así como un árbol necesita continuamente sus raíces y un edificio sus cimientos. Nada puede separarnos de este amor. La seguridad de ese amor nos da libertad para crecer, perseverar, apartarnos del pecado, amar a los demás y glorificar juntos a Dios. Si nos falta esa seguridad, debemos entregarnos a Dios, pedir que oren por nosotros y rogarle que nos permita andar continuamente en el amor que une el corazón, la mente, la fe y la experiencia.

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Efesios 2

Por medio de Cristo, quienes antes estaban excluidos ya no son extranjeros, sino ciudadanos de pleno derecho y miembros de la familia de Dios. Jesús derriba los muros entre judíos y gentiles y no deja lugar en la iglesia para divisiones raciales, culturales, sociales, económicas ni basadas en el estatus. Todos comienzan como extranjeros y se unen a Cristo en igualdad de condiciones.

Dios edifica la iglesia sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, con Jesús como la piedra angular que alinea, sostiene y mantiene unida toda la estructura. Nosotros somos tanto los materiales que Dios une como los obreros llamados a servir bajo su dirección. Por lo tanto, no debemos imponer nuestros propios planes ni tratar la iglesia como un espectáculo que se contempla; debemos trabajar fielmente, recordando que nuestra congregación forma parte de la iglesia universal e histórica.

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La Plaga de Langostas

Las promesas incumplidas, el pecado y la rebelión traen culpa, vergüenza, relaciones dañadas y otras formas de desolación, como sucesivas nubes de langostas que devoran todo en Israel. A veces otros pecan contra nosotros, pero también debemos examinar nuestras propias decisiones en vez de culpar a los demás o negarnos a afrontar nuestro pasado. Incluso el egoísmo que parece insignificante puede ir consumiendo poco a poco nuestra vida. La respuesta adecuada es el arrepentimiento en dos formas inseparables. El arrepentimiento activo y exterior se aparta de la conducta destructiva para volverse hacia lo que Dios manda; puede requerir cambios concretos y meses de trabajo paciente. El arrepentimiento espiritual e interior va más allá: desgarramos nuestro corazón, nos afligimos por el pecado y abandonamos el orgullo que espera bendiciones simplemente porque nuestra conducta ha mejorado. No podemos deshacer lo que ya hemos hecho, por lo que debemos confiar en que Dios se ocupe de ello. Cuando el cambio exterior y el dolor sincero se unen, regresamos verdaderamente al Señor, quien es clemente, compasivo, lento para la ira y abundante en amor. Por tanto, aun en medio de un quebranto profundo, podemos clamar a Dios y buscar su compasión, su contención y su bendición restauradora.

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