Guardado del Maligno

Porque en Mí ha puesto su amor, Yo entonces lo libraré; Lo exaltaré, porque ha conocido Mi nombre. Salmos 91:14
No Te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del (poder del) maligno (del mal). Juan 17:15
Charles Spurgeon

Autor

Charles Spurgeon

Resumen: Amados, escuchamos dos voces de guarda: la promesa del Padre y la oración del Hijo, ambas brotando de un mismo corazón de amor. Nuestra preservación no proviene de nuestra fuerza, sino de nuestro amor que se aferra a Él y de nuestro conocimiento probado de Su nombre. Él no pide nuestra remoción del mundo, sino nuestra preservación en medio de sus conflictos, guardándonos del maligno. Por lo tanto, nuestra seguridad reposa eternamente no en nuestro asimiento de Cristo, sino en Su inquebrantable asimiento sobre nosotros, guardándonos en el tiempo, en la muerte y para siempre.

Amados, hay dos voces en estos versículos, y ambas hablan de guarda; ¡y sin embargo, qué música tan diferente! En el salmo es el Padre quien promete; en el evangelio es el Hijo quien ora. En el salmo el santo es levantado por encima del lazo del cazador; en el evangelio los santos son dejados en el mismo campo donde se tienden lazos. Y sin embargo, no hay discordia entre ellas, pues ambas provienen de un mismo corazón de amor, y ambas se cumplen en un solo Guardador.

Notad bien lo que atrae la promesa en el salmo catorce del tercer libro: no nuestra fuerza, no nuestra sabiduría, sino nuestro amor. «Por cuanto en mí ha puesto su amor.» La palabra hebrea implica un aferrarse, un amor que se sujeta a su objeto y no se dejará arrancar. ¿Amas así al Señor? Entonces óyele decir: «Yo lo libraré.» Él no dice: «Porque eres fuerte», ni «porque tu fe nunca tiembla», sino «porque me amas», aunque sea con un amor que es en sí mismo Su don. ¡Oh, qué aliento para el corazón más débil! El más tenue aferramiento a Cristo es más precioso para Dios que la postura más orgullosa sin Él.

Pero observad, además, por qué Él pone a Su hijo en alto: «porque ha conocido Mi nombre.» Conocer el nombre de Dios no es una información ociosa; es haber probado Su carácter —haber huido a Él como Refugio en el día de la angustia y haberlo hallado una ayuda muy presente—. ¿Hemos conocido ese nombre? Entonces no temamos aunque caigan mil a nuestro lado.

Ahora volvamos al aposento alto, y escuchad al mismo Guardador orando en la noche de Su traición. ¡Palabras maravillosas! Él no pide que seamos quitados del mundo. Hay momentos, hermanos, en que deseamos que Él hubiera orado de otra manera —cuando la batalla aprieta con fuerza y clamamos por el carro de fuego—. Pero el Maestro sabe mejor que nuestro cansancio. Somos enviados al mundo como Él fue enviado a él; la sal debe ser frotada en la carne, y la luz debe brillar en la oscuridad. Así que Él pide, no nuestra remoción, sino nuestra preservación: «Guárdalos del mal.»

¿Y quién es este mal? La serpiente antigua, el príncipe de este mundo —aquel mismo que una vez se atrevió a citar este mismo salmo noventa y uno, y citarlo al Señor Mismo sobre el pináculo del templo! Notad la audacia del maligno: tomó la promesa de protección y la convirtió en un argumento para la presunción. Pero el Salvador le respondió con la palabra escrita, y Él responderá a todos los enemigos de Sus hijos de la misma manera. Aprended de aquí, amados: la promesa es un bastón para caminar, no una escalera para saltar. El que habita al abrigo del Altísimo no temerá pestilencia; pero el que salta del pináculo ha abandonado la morada aunque tenga la promesa en su lengua.

Aquí, entonces, está la médula de todo el asunto. El Señor guarda a Su pueblo *en* el conflicto, no de él; Él no saca al soldado del campo de batalla, sino que guarda su cabeza en la carga más feroz. Algunos confían en protecciones de su propia invención —muros de riqueza, fosos de prudencia— pero la guarda del creyente es una Persona: «Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu propio nombre.» El Hijo que guardó a Sus discípulos mientras estaba en la tierra, ahora ha ascendido, y Él sigue orando; ¿y acaso el Padre rechazará al Hijo? ¡Nunca! Cada oración de Cristo está registrada en el cielo y es pagada en gracia.

Entonces, cristiano, ¿eres tentado? Eres guardado. ¿Eres odiado del mundo? Es porque no eres de él, y eres guardado. ¿Anda el maligno como león rugiente? Sin embargo, es un león encadenado, y eres guardado. Tu seguridad no reside en tu asimiento de Cristo, sino en Su asimiento de ti —Él mismo lo dijo: «Mientras estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba.» Y Él no es menos capaz ahora que se sienta en el trono.

Sigue amando, pues, pobre corazón tembloroso. Aférrate más. Conoce el Nombre mejor cada día —Jehová, el Señor tu justicia— y óyele decir de nuevo sobre ti: «Por cuanto en mí ha puesto su amor, por tanto, yo lo libraré.» El mundo no puede quitarte de Él; el maligno no puede arrebatarte de Su mano. Guardado en el tiempo, guardado en la muerte, guardado para siempre.

Señor, guárdanos del mal, y haznos más amorosos mientras nos guardas. Amén.

(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon)