
Jorge Ayllón Navarro nació en el año 1946 en la ciudad de Sucre, Bolivia y ahora vive en Santa Cruz. Se gradúo de Ingeniero Civil (en la rama de Construcciones Civiles) de la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz. Ha trabajado en varias empresas de Bolivia como director de obras. Recientemente se ha dedicado a la programación y trabaja como Analista de Sistemas Informáticos, prestando soporte técnico a sus clientes. Tiene cinco hijos, todos profesionales, casados y con hijos.
Jorge escribe: "Siempre fui cristiano, católico y asisto puntualmente a la misa dominical. Pero no quiero ser sólo un cristiano de domingo, sino que quiero buscar de Dios todos los días y aprender más de Su Palabra, por eso me dije: voy a hablar directo con Dios. Voy a buscarlo a través del Internet, en el cielo y si es posible en todo el universo. Voy a acercarme a su morada, lo visitaré donde Él mora; pero no fue necesario pues en cuanto empecé a buscarlo Dios salió a mi encuentro y me recibió con los brazos abiertos. Participo con CLJ a través del Internet donde da lugar a comentarios abiertos, que incentiva a opinar, orientar, aconsejar, orar, que recién estoy aprendiendo a hacerlo en un lenguaje más abierto, más participativo y de libre expresión."
Nos acercamos a Jesucristo por amor sincero, no por miedo al infierno, a los desastres o a las amenazas de quienes manipulan la fe para sus propios intereses. Su enseñanza nos llama a amar al Padre y al prójimo. Dios nos dio libertad, y el amor de Cristo, en el que debemos estar arraigados, nos fortalece para afrontar las dificultades. Al seguirlo, hemos de cambiar nuestra conducta, crecer cada día y cuidar nuestra salvación con temor reverente, distinto del miedo. Necesitamos conocer la Palabra, discernir lo que oímos y no seguir ciegamente a líderes humanos. Así podremos ser una iglesia firme, confiada en que Dios nos escucha y sostenida por la paz de Jesús.
Viví arrastrado por pasiones, noches perdidas y, a veces, por el alcohol. Sabía que ese camino llevaba a la perdición, y comprendí que debía acercarme a Dios para vivir en paz y gozo. No me enriquecí a costa de otros ni estafé a nadie; aunque soy pobre, comparto lo poco que tengo. Crié a mis hijos sin darles siempre un buen ejemplo y hoy lamento no haberles enseñado a mirar al Redentor. Pido al Señor perdón y bendición. Comparto mi testimonio para mostrar que no todo está perdido: somos salvos por su sangre y por la gracia de Dios.
Como ingeniero civil recorrí muchos caminos y vi una pobreza que me causó asombro y tristeza. Recuerdo a un niño descalzo que llevaba un burrito cargado de bidones hasta un charco de agua sucia, para luego subirla a sus parcelas pobres, mientras las mejores tierras estaban en otras manos. Ante lo que vi, me pregunté dónde estaba Dios. Esa experiencia me hizo reconocer que todo estaba muy mal y que debíamos arrepentirnos, recibir al Señor como salvador y, tomados de su mano, amar a Dios y al prójimo.
La formación de nuestros hijos requiere amor, límites firmes y coherencia. Desde pequeños debemos enseñarles qué pueden hacer y qué no, sin ceder ante los berrinches: lo que es sí, es sí, y lo que es no, es no. Sobre todo, hemos de inculcarles amor a Dios mediante palabras respaldadas por nuestro ejemplo de vida, pues la contradicción entre lo que decimos y hacemos genera confusión. Nuestra propia relación con Dios debe cultivarse diariamente en oración, lectura y meditación de su Palabra, permitiendo que ella confirme o corrija nuestra conducta. Al caminar guiados por Jesucristo, protegemos esa relación y sembramos amor a Dios en los niños. Aunque acercarse después puede ser más difícil, no es imposible.
El lobo mata primero por el hambre, mientras los hombres hieren y cazan aun sin necesidad. Francisco logra amansarlo mediante la paz, el alimento y una promesa recíproca. Sin embargo, al convivir con las personas, el animal descubre envidia, ira, odio, lujuria, mentira, abuso contra los débiles e hipocresía. Golpeado y expulsado cuando se muestra humilde, vuelve al monte y revive en él la fiera. Su historia revela que la maldad puede ocultarse en nuestro ego y presentarse como natural: esa “mala levadura” alimenta rencores, venganzas y pasiones descontroladas. Debemos reconocer esa corrupción interior y tratar con sinceridad, misericordia y justicia a toda criatura.
La maldad puede permanecer escondida en lo profundo del ser humano, encubierta por el ego hasta parecer natural. La vanidad, el deseo de superioridad y la búsqueda de satisfacción a cualquier costo pueden llevarnos a despreciar al necesitado y a causar dolor, muerte y destrucción. Detrás del orgullo y la aparente satisfacción de ser mejores, acumulamos maldad que puede fermentar cuando surja la ocasión. Por eso, debemos eliminar esa mala levadura y todo lo que perjudique nuestra relación con el Padre Celestial. En lugar de dejarnos dominar por las pasiones humanas, hemos de guiarnos por la Palabra de Dios, rechazar la tentación y apartarnos del mal.

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