
Resumen: Mercedes López-Miranda es pastora de la Congregación León de Judá en Boston desde 1984, junto a su esposo el Dr. Roberto Miranda (fallecido en 2022). Dirige el ministerio de mujeres y consejería de la congregación. Su motivación principal es glorificar a Dios y su mayor pasión es ser usada como instrumento de edificación y restauración. Es agradecida por su matrimonio, hijos y nietos.
Mercedes López-Miranda nació y vivió en Puerto Rico hasta el 1982, cuando se trasladó a Boston a proseguir estudios graduados. Desde el 1984 pastorea Congregación León de Judá junto a su esposo, el Dr. Roberto Miranda, quien murió en el 2022. Por los últimos 20 años ha dirigido el ministerio de mujeres de la congregación, el cual organiza un retiro anual de alcance regional. Meche también encabeza el ministerio de consejería de CLJ.
Meche escribe: "Mi motivación principal es glorificar a Dios en todo lo que hago y mi mayor pasión es ser usada por El como instrumento de edificación y restauración. Vivo profundamente agradecida con Dios por la bendición de casi tres décadas de matrimonio, de ser la mamá de dos hijas y un hijo polìtico y de la oportunidad de disfrutar a mi nietecitos".
El ritmo moderno convierte el exceso de trabajo, actividad, información y ruido en una aparente virtud, aunque termina agotándonos, desequilibrándonos y robándonos sueño, alegría y capacidad de disfrutar a los demás. El tiempo y la energía son recursos valiosos pero limitados; por eso debemos revisar nuestros hábitos, el uso de las redes y medios, y las distracciones que invaden el espacio físico, mental y espiritual. Trabajar, mantenernos ocupados y aprovechar los medios de comunicación es útil, pero no debemos hacer de la actividad un ídolo ni vivir atrapados por el afán. Cultivemos silencio y reposo en Dios, aun resistiendo hábitos arraigados: allí podremos escucharlo, recibir dirección sabia y ser renovados con nuevas fuerzas.
Aunque las manifestaciones externas del amor cambien según la época, la cultura y las experiencias personales, su esencia permanece intacta. El amor no es una invención humana, sino un regalo de Dios, quien es amor. Por eso debemos amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a nosotros mismos, rechazando la versión fácil, superficial y condicional del mundo. Primera Corintios 13 nos permite examinar nuestra manera de amar: el amor verdadero es paciente, bondadoso, humilde, justo, perseverante y no guarda rencor. Reconocer nuestras deficiencias no debe desanimarnos, sino llevarnos a agradecer el amor perfecto del Padre y a pedirle que defina y transforme nuestro amor cotidiano.
La maternidad y paternidad son tareas importantes y complejas que requieren la colaboración de Dios para transmitir sus principios a la siguiente generación. La visión es esencial en la maternidad y paternidad, y los padres deben planificar el futuro con sabiduría y una idea clara de dónde quieren llegar. Como Ana, la madre de Samuel, los padres deben reconocer que la maternidad proviene de Dios y fundamentarla en la oración, cubriendo a sus hijos con una oración viva arraigada en una relación íntima con el Señor. La oración de petición es definida por Ana como derramar tu alma delante de Jehová y recibir paz del Señor. La oración puede revelar el carácter de los hijos y de los padres y hablar proféticamente acerca de ellos.
La maternidad y paternidad visionaria consiste en reconocer que los hijos son un tesoro de Dios, cubrirlos con oración, buscar la sanidad de nuestro carácter y ser herramientas poderosas en las manos de Dios para cumplir su visión en la vida de nuestros hijos. Es importante confrontar las dificultades y usar el tiempo de manera intencional para transmitir la fe y el ejemplo de cómo obedecer y adorar al Señor en la vida diaria. Todo lo que hacemos en la vida familiar es sembrar eternidad en nuestros hijos y modelarles la importancia de servirle al Señor en todo momento.
La oradora es una experta en desarrollo motor infantil y ha trabajado con niños pequeños durante casi 40 años. Ella cree que los niños son los recursos más grandes que tenemos y debemos invertir en ellos. Los padres son el factor principal para que un niño logre su mayor potencial y es importante invertir en su desarrollo en todas las áreas, especialmente en lo espiritual. La paternidad es un proyecto grande y requiere determinación, intencionalidad continua y paciencia. Nunca es demasiado temprano para empezar a leerles a nuestros hijos y es importante conocerlos personalmente y proporcionarles un ambiente que los atraiga a explorar y aprender más. Como padres, somos los mentores principales de nuestros hijos y es nuestra responsabilidad ayudarlos a cumplir su destino y propósito en la vida.
Como mentores de nuestros hijos, nuestra tarea es conocerlos como individuos únicos, proporcionarles un ambiente que les permita imitar nuestro modelo de comunicación y resolución de problemas, acompañarlos en su exploración y descubrimiento, y compartir el gozo de dominar una destreza. Al hacer estas cuatro cosas, dejamos una huella duradera en la memoria de nuestros hijos, nos convertimos en un recurso importante en sus vidas, fortalecemos nuestro lazo de amor y les proporcionamos un fundamento sólido para el éxito futuro. Debemos orar para ver la eternidad en cada niño y ser fieles en invertir en sus vidas para que se cumpla el propósito de Dios en ellos.
En el programa inaugural de “CLJ presenta”, los pastores Roberto y Jonatán entrevistan a una pareja de la Congregación León de Judá, Marino e Isabel López, sobre su matrimonio y su experiencia en la Iglesia. Los López comparten cómo llegaron a León de Judá en medio de una crisis matrimonial y cómo la consejería matrimonial y la célula de pareja les ayudaron a salvar su matrimonio. La pareja destaca la importancia del perdón y la reconciliación en las relaciones humanas y cómo Dios puede transformar situaciones difíciles. El programa busca resaltar el papel del Evangelio de Jesucristo en la transformación de las relaciones humanas.
En este episodio, Roberto y Jonatán entrevistan a la pareja Carolina y José sobre su matrimonio de 25 años y cómo Dios los ha transformado en su relación. Carolina es la secretaria administrativa de la iglesia y es conocida por su ministerio profético, mientras que José es un ejemplo de una vida transformada después de pasar muchos años en prisión federal. A pesar de sus diferencias culturales y de trasfondo, Dios ha trabajado en su matrimonio y los ha unido en una relación amor
En vez de simplemente hacer resoluciones al comienzo del año, debemos hacer una resolución para buscar la sabiduría de Dios, que nos permitirá tomar decisiones sabias y enfrentar situaciones difíciles con éxito. La sabiduría es más que conocimiento y sentido común, es mirar la vida a través de la perspectiva de Cristo y discernir entre lo bueno y lo malo. Dios es el origen de la sabiduría y podemos ver su sabiduría en la creación y en la providencia divina. Debemos renovar nuestra sabiduría a diario y usarla para expandir el Reino de Dios.
La sabiduría de Dios se manifiesta en la naturaleza, la providencia y el plan de salvación. Debemos confiar en Él y buscar su sabiduría. La sabiduría del mundo está en conflicto con la sabiduría de Dios y debemos discernir entre ellas. La sabiduría terrenal es caracterizada por celos, contención y mentira, mientras que la sabiduría de lo alto es pura, pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos. Cada creyente tiene una lucha interna por seguir la sabiduría de lo alto y protegerse de la sabiduría terrenal. Mientras más buscamos la sabiduría, más fácil se hace el camino.
La práctica del perdón es esencial para mantener y crecer en nuestra salud emocional. Todos necesitamos ser perdonados y perdonar a los demás. El fundamento para perdonar es reconocer que primero fuimos perdonados por Dios. El perdón de Dios es maravilloso y transforma todo en nosotros. Aunque a veces es difícil perdonar, es un mandato de Dios y nuestra obligación es obedecer perdonando a los demás.
Perdonar es difícil, especialmente en situaciones de ofensas serias. La clave es reconocer que somos pecadores con orgullo y egoísmo dentro de nosotros que nos impiden perdonar. No perdonar nos lleva a la amargura y el resentimiento, lo que puede afectar todas las áreas de nuestra vida. A veces, no es posible la reconciliación, pero siempre podemos perdonar en obediencia al Señor. El perdón no es un asunto meramente emocional, sino espiritual con consecuencias espirituales. Debemos entender la diferencia entre perdonar y la reconciliación. Perdonar es necesario para nuestra sanidad emocional y espiritual.
En este mensaje, la pastora habla sobre cómo tomar decisiones sabias en la vida y cómo el Libro de Nehemías puede enseñarnos a hacerlo. Ella enfatiza que nuestras decisiones deben alinearse con la Palabra de Dios y que debemos vivir vidas bíblicas. La pastora también habla sobre Nehemías, un siervo del rey persa que se compadeció de la ciudad de Jerusalén y se sintió llamado a restaurarla. Ella destaca la reacción de Nehemías al recibir el informe sobre el estado de la ciudad y cómo su corazón fue tocado por la necesidad.
Nehemías fue llamado a reconstruir las murallas de Jerusalén, pero primero lloró y oró por las ruinas. Él reconoció la necesidad y decidió actuar para cerrar las brechas y poner puertas fuertes en su muralla. Todos tenemos brechas en nuestra muralla y necesitamos la gracia y el poder de Dios para cerrarlas. Nehemías oró con humildad, reconociendo los pecados de él y su pueblo, pero confiando en las promesas de Dios. Su oración es un modelo para nosotros. Debemos estar del lado de Dios y aprovechar el tiempo para buscar recursos y estrategias para cumplir el propósito de Dios en nuestras vidas.
El pasaje de Lucas 9:7-9 habla de cómo Herodes, el tetrarca, se enteró de las cosas que Jesús estaba haciendo y se preguntó quién era este hombre. Los discípulos también se preguntaron quién era Jesús y Pedro respondió que era el Cristo de Dios. Es importante conocer y estudiar la palabra de Dios para entender quién es Jesús y no caer en la trampa de achicarlo y convertirlo en un ídolo. Satanás ha estado en el negocio de dañar el concepto del hombre acerca de quién es Dios desde el jardín del Edén.
En este sermón, la pastora habla sobre la importancia de tener un concepto correcto de quién es Dios. Ella comparte su propia experiencia de cómo su concepto erróneo de Dios la limitaba en su relación con Él. La pastora anima a los oyentes a examinar su propio concepto de Dios y asegurarse de que está basado en la verdad de la Palabra de Dios. También destaca la importancia de enseñar a los niños desde temprana edad acerca de quién es Dios y su amor por ellos. La pastora advierte sobre los peligros de la tecnología y cómo puede distraer a los niños de la verdad de Dios. En resumen, la pastora enfatiza la importancia de tener un concepto saludable de Dios y compartir esa verdad con los demás.
La fe debe ser una postura espiritual continua que permee todas nuestras decisiones y circunstancias de la vida. La fe es un don de Dios que debemos cultivar y nutrir. La fe consiste en tres fases: discernir, determinar y definir. Un ejemplo de la vida diaria de estas fases sería una jovencita que decide no salir con un joven inapropiado. La historia de Raab en Josué 2 ilustra cómo la fe se evidencia en la vida de una mujer de mala reputación que discernió la presencia de Dios y se determinó a ayudar a los espías israelitas, estableciendo un pacto con ellos.
La historia de Raab en el libro de Josué nos muestra cómo su fe naciente la llevó a discernir el mover de Dios y a determinarse a seguir una línea de acción que la llevó a pactarse con los espías hebreos, salvando así a su familia. Dios le dio las estrategias para lograrlo y su fe la llevó a encontrar gracia ante los ojos de Dios y a ser incluida en la genealogía de Jesucristo. A pesar de su pasado como ramera, Raab encontró una nueva identidad en su nuevo pueblo y se convirtió en una hija de Dios. La historia de Raab nos muestra cómo Dios puede tomar una vida condenada y transformarla en algo honorable.
Jesús nos encuentra en nuestra realidad y busca una relación personal e íntima con nosotros. Mi encuentro con Él fue gradual: al observar vidas transformadas, leer la Palabra y reconocer mi vacío, decidí entregarle todo mi ser. Al principio lo amaba principalmente con la mente; con el tiempo comprendí en el corazón que su amor es amor de Padre y que me ama personalmente. Como hizo con Pedro, Jesús permanece comprometido con nosotros aun cuando fallamos, volvemos a lo conocido o sentimos vergüenza; se acerca, restaura y sana. Para reconocer su cercanía necesitamos perseverar en la oración, creer la Palabra por encima de nuestras emociones, congregarnos, buscar consejo y mantener el corazón abierto. No debemos desesperarnos si el proceso tarda: la salvación no depende de sentir algo, sino de vivir para Él con confianza y obediencia. Jesús conoce nuestras debilidades y nada de lo que atravesamos lo escandaliza. Podemos acercarnos con plena certeza al trono de la gracia, donde hallamos misericordia y ayuda oportuna. Nuestra vida también debe reflejarlo, pues otros observan cómo vivimos y pueden ser animados a conocerlo.
La paternidad es un regalo y un llamado que exige presencia emocional, espiritual y material. Ni la separación física, el divorcio ni los conflictos deben impedir que un buen padre permanezca unido al corazón de sus hijos; las madres pueden facilitar esa relación sin usar a los hijos para descargar sus heridas. También podemos ser figuras paternas para niños que carecen de padre, y los jóvenes deben prepararse desde ahora para vivir con integridad, honrando a la futura madre de sus hijos.
El varón bienaventurado del Salmo 1 se aparta del pecado y se acerca a Dios. No intenta caminar simultáneamente por el camino del justo y el del malo, sino que discierne, obedece y permite que la Palabra impregne sus decisiones. Reconoce sus debilidades con humildad, muestra misericordia al que cae y rechaza las mentiras culturales que justifican el autoritarismo, la distancia afectiva o la infidelidad. Como árbol plantado junto a corrientes de agua, recibe sustento de Dios y debe dar fruto mediante sus palabras, actitudes y acciones. En las frustraciones y encrucijadas, podemos confiar en que Dios nos sostiene mientras establecemos integridad pública y privada y crecemos en pureza.
Dios actúa aun cuando parece ausente o tardío, y cada uno de nosotros tiene en Él una identidad, un propósito y recursos espirituales para cumplirlo. Esther comprendió que había llegado al reino para una hora decisiva: ante la amenaza contra su pueblo, no cedió a la desesperación ni actuó impulsivamente. Buscó dirección mediante el ayuno, la oración y la intercesión; después avanzó con sabiduría, valentía y fe. También trabajó en unidad con Mardoqueo, dentro de una relación cultivada en el respeto, el amor y la sujeción mutua. Así, ambos salieron de su comodidad, usaron los recursos disponibles y colaboraron en la liberación de su pueblo. La vida creyente no queda libre de pruebas, pero Dios da sabiduría para afrontarlas de un modo que le agrade. Por eso, ante las crisis debemos evitar las armas de la carne, esperar sus estrategias y actuar obedientemente cuando recibamos dirección. Al abrazar nuestro propósito, fortalecer relaciones armoniosas y arriesgarnos a obedecer, nuestros dones pueden bendecir no solo el presente, sino también a futuras generaciones.
Jesús recibe, abraza y bendice a los niños, mostrando tanto su valor espiritual como nuestra responsabilidad principal: llevarlos a Él. Desde el vientre, cada niño posee un espíritu lleno de potencial y puede tener un llamado de Dios; por eso debemos observar sus dones, nutrir su sensibilidad espiritual, orar, declarar palabras de vida y establecer metas concretas para su formación. El hogar es el lugar primordial del discipulado. La iglesia aporta comunidad y recursos, pero no sustituye una fe genuina modelada diariamente por padres, abuelos y otros adultos mediante su integridad, relaciones, corrección, afecto y conducta. Debemos aprovechar los momentos naturales para enseñar, escuchar y guiar sin rigidez ni legalismo. También corresponde discernir debilidades, corregir con oración y acción, supervisar la participación en la iglesia y poner límites prácticos a influencias dañinas, especialmente al uso sin control de medios e internet. Aunque el fruto tarde en aparecer o los hijos ya sean mayores, nunca es tarde para seguir invirtiendo, bendiciendo y orando por ellos con fe.
Nuestro amor sincero a Dios se demuestra sirviéndole con alegría, obediencia y un corazón dispuesto. Todo hijo de Dios está llamado a colaborar en su Reino, sin importar su edad, pasado, fracasos o aparente pequeñez. Como Moisés, podemos fijarnos en nuestras limitaciones, temer el rechazo y presentar excusas; pero Dios conoce tanto nuestro interior como las necesidades que nos rodean. Él no exige que poseamos todos los recursos: promete acompañarnos, capacitarnos y enseñarnos, aunque el servicio también traiga temores y dificultades.
Debemos distinguir entre hacer muchas cosas y obedecer lo que Dios manda, en su tiempo y dependiendo de su poder. Los errores pasados no cancelan el llamado; sometidos a Dios, incluso nuestras experiencias dolorosas pueden servir para su gloria. Crecemos al dejar la comodidad, caminar en fe y dar pequeños pasos de obediencia.
El amor eterno e inmutable de Dios es nuestro mayor tesoro: él vela por cada aspecto de nuestra vida, nos perdona continuamente, provee para nuestras necesidades, nos consuela y busca una relación íntima con nosotros. No se deleita únicamente en lo que hacemos por él, sino en quienes somos ante él: nuestras motivaciones, actitudes y comunión amorosa con él. Incluso los dones extraordinarios, la fe, el sacrificio y el servicio carecen de valor si no están impregnados de amor. El amor bíblico es paciente, bondadoso, veraz, desinteresado y perseverante; es más que un sentimiento: es una decisión arraigada en el amor inagotable de Dios. Por eso afrontamos tres desafíos. Primero, debemos conocer a Dios como nuestro Padre amoroso, en vez de percibirlo a través de imágenes distorsionadas creadas por experiencias dolorosas, y acercarnos a él con la libertad y la confianza de un niño. Segundo, debemos seguir creciendo en nuestra capacidad de amar, reconocer nuestras faltas y comenzar a cambiar en lugar de esperar a que los demás lo hagan. Tercero, debemos expresar activamente el amor de Dios en nuestros hogares y relaciones. Dependemos de Dios para que quite las barreras y nos capacite para amar incluso a quienes nos han herido.
El mayor tesoro es el amor invariable y eterno de nuestro Padre celestial: nada se le escapa, ninguno de nosotros es un error y él desea una relación personal e íntima con sus hijos. Su amor se manifiesta en el propósito, el perdón, la provisión, el consuelo, la afirmación y también la corrección. Aunque a Dios le agrada nuestro servicio, le importa aún más quiénes somos en privado, con nuestras motivaciones y actitudes. Por grandiosas que sean nuestras obras, sin amor nada valen.
Por eso debemos asumir tres retos. Primero, conocer a Dios como realmente es, dejando imágenes distorsionadas y acercándonos con la libertad, confianza y dependencia de un niño hacia su padre amoroso. Segundo, no conformarnos con un amor mediocre: hemos de reconocer nuestras faltas, pedir transformación y cambiar nosotros sin esperar que otros cambien primero. Tercero, crecer en demostraciones concretas de amor hacia los demás. Un hogar gobernado por el amor y la gracia testimonia el poder transformador de Cristo y enseña a las nuevas generaciones a amar. No podemos lograrlo con nuestras propias fuerzas; dependemos del amor sanador de Dios para superar barreras, amar incluso a quien nos ha herido y aprovechar cada día como una oportunidad para expresar amor genuino.
Dios es un Dios de pactos: creó a la humanidad para amarla y sostenerla, tomó la iniciativa con Noé y, pese al pecado humano, estableció por medio de Jesucristo un pacto mejor y eterno. Sellado con su sangre, este pacto nos acerca a Dios, escribe su ley en nuestro corazón y nos llama a vivir como hijos de pacto.
Esa identidad debe extenderse a nuestras relaciones. La mentalidad de pacto busca el beneficio del otro, hace promesas incondicionales, practica el amor ágape —fiel, misericordioso y generoso— y asume compromisos permanentes. Se opone a la mentalidad de contrato, centrada en lo que recibimos y dispuesta a abandonar al otro cuando no satisface nuestras expectativas.
Una persona verdaderamente exitosa gobierna su lengua y usa sus palabras para edificar. Ninguna palabra es neutral: puede comunicar vida y gracia o producir desánimo, distancia y destrucción. Por eso debemos rechazar la crítica destructiva, los insultos, la burla, el chisme, el sarcasmo y toda expresión corrompida. Cuando fallemos, corresponde reconocerlo, arrepentirnos, pedir perdón y evitar que esas conductas se vuelvan hábitos.
Las palabras de vida comunican verdad, consuelo, esperanza, aprecio, gratitud y una nueva perspectiva; también animan, restauran sueños e impulsan a actuar correctamente. Aun cuando nos hieran, podemos tomar la iniciativa para romper el ciclo de agresión, pues somos responsables de lo que pensamos, decimos y hacemos. Lo que sembremos con nuestra lengua también cosecharemos.
El perdón nace del corazón de Dios y está en el centro de nuestra vida cristiana: así como recibimos perdón en Cristo, debemos extender gracia y misericordia a quienes nos ofenden. Aunque no es fácil ni natural, Dios nos ha dado por su Espíritu los recursos necesarios para obedecer. El orgullo, el temor, el rechazo, la amargura, la venganza y el hábito de rumiar las ofensas dificultan perdonar, pero debemos reconocer que muchas veces no es que no podamos, sino que no queremos. Perdonar es una decisión de la voluntad y no exige esperar el arrepentimiento ajeno. Tampoco equivale a reconciliarse: para perdonar basta una persona; la reconciliación requiere dos, tiempo, sanidad y condiciones seguras. Podemos poner límites firmes sin retener misericordia. José muestra cómo guardar el corazón, rechazar la amargura y reconocer la providencia de Dios permiten fructificar en la aflicción y bendecir a generaciones. Hagamos del perdón un estilo de vida, renunciando al resentimiento y la venganza para sanar nuestras relaciones, familias e iglesia.
Todas poseemos numerosos círculos de influencia —familia, vecindario, trabajo, iglesia y nación— y nuestras interacciones cotidianas pueden acercar a otros a Dios. Para ejercer una influencia santa, primero debemos examinar qué ideas nos dominan, rechazar las mentiras mundanas y atender más nuestra vida interior que nuestra apariencia. La historia de Abigail presenta cuatro cualidades decisivas: reputación, balance emocional, sabiduría y liderazgo. Su buen testimonio la convirtió en un recurso confiable; aunque vivía con un hombre perverso, no permitió que el dolor la contaminara ni dañara a otros. Su sabiduría no fue mero conocimiento, sino capacidad de discernir y actuar correctamente en el momento preciso. Ante una crisis mortal, asumió responsabilidad, movilizó recursos y habló a David con humildad y verdad, evitando una matanza y una futura culpa. Del mismo modo, como mujeres cristianas debemos buscar sanidad, dominar nuestras emociones, escuchar a Dios antes de hablar y afrontar oportunamente las necesidades de nuestro entorno. Así, nuestra conducta será luz, nuestras palabras darán vida y quienes nos observen podrán imitar valores que glorifican a Dios y convertirse también en agentes de transformación.
Necesitamos limpiar nuestro corazón cada día, porque de él nacen nuestras motivaciones, decisiones, actitudes y relaciones. Aunque solemos minimizar ciertos pecados, la discordia, la ira, el egoísmo, la amargura y la falta de perdón también contaminan nuestra vida. Nuestro corazón puede engañarnos; por eso no debemos obedecer simplemente lo que sentimos, sino confiar en la Palabra y permitir que Jesús sea su único dueño. En Cristo podemos despojarnos del viejo hombre, asumir nuestra nueva identidad y revestirnos de misericordia, humildad, paciencia, perdón, amor, paz y gratitud. Las emociones difíciles no son pecado en sí mismas; lo decisivo es cómo respondemos y si permitimos que se arraiguen. Cuidar nuestro corazón exige reconocer nuestra responsabilidad, abandonar hábitos reactivos, examinar las heridas y falsas etiquetas, buscar ayuda, orar y actuar conforme a la Palabra. Esta higiene es cotidiana: conviene que hagamos una pausa antes de reaccionar, llevemos nuestras emociones a Dios y confiemos activamente en su poder para limpiar, sanar o renovar nuestro corazón, produciendo relaciones saludables y una vida que lo honre.

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