Sin Amor, Todo es en Vano

Mercedes López-Miranda

Autor

Mercedes López-Miranda

Resumen: El amor eterno e inmutable de Dios es nuestro mayor tesoro: él vela por cada aspecto de nuestra vida, nos perdona continuamente, provee para nuestras necesidades, nos consuela y busca una relación íntima con nosotros. No se deleita únicamente en lo que hacemos por él, sino en quienes somos ante él: nuestras motivaciones, actitudes y comunión amorosa con él. Incluso los dones extraordinarios, la fe, el sacrificio y el servicio carecen de valor si no están impregnados de amor. El amor bíblico es paciente, bondadoso, veraz, desinteresado y perseverante; es más que un sentimiento: es una decisión arraigada en el amor inagotable de Dios. Por eso afrontamos tres desafíos. Primero, debemos conocer a Dios como nuestro Padre amoroso, en vez de percibirlo a través de imágenes distorsionadas creadas por experiencias dolorosas, y acercarnos a él con la libertad y la confianza de un niño. Segundo, debemos seguir creciendo en nuestra capacidad de amar, reconocer nuestras faltas y comenzar a cambiar en lugar de esperar a que los demás lo hagan. Tercero, debemos expresar activamente el amor de Dios en nuestros hogares y relaciones. Dependemos de Dios para que quite las barreras y nos capacite para amar incluso a quienes nos han herido.

Este año, más que nunca, Dios me ha llevado a pensar y meditar sobre el concepto del amor. Saben, es posible que, a veces, cuando uno llega a cierta edad en la vida, comience a evaluar su vida y a pensar en ella, y empiece a pensar particularmente en ciertos aspectos de su vida. También fue este año cuando cumplimos 25 años de casados y celebramos nuestro 25.º aniversario. También fue el año en que una de nuestras hijas se casó. Y la primera vez que experimentamos el sentimiento, la gran alegría de ser abuelos. Y eso siempre nos lleva a pensar en cómo llegué hasta ese punto y también a pensar en el futuro.

Y he descubierto que el mayor tesoro que tengo es el amor de mi Padre celestial. La conciencia de su presencia en mi vida, el hecho de que él es el piloto de mi avión, por así decirlo, y que todos los aspectos de mi vida están bajo su control; que no hay nada que escape a su vigilancia; incluso aquello que yo no veo, Dios sin duda puede verlo. Y quiero decirles esta noche que el amor de Dios nunca cambia. Siempre ha estado sobre sus vidas y continuará estando sobre sus vidas. Ninguno de nosotros llegó a existir por error y ninguno de nosotros está ni por un momento fuera de la mirada amorosa de nuestro Dios.

Nuestro Dios es un Dios que busca; siempre busca a sus hijos, los busca con celo y compasión, con pasión, y desea tener una relación íntima con cada uno de nosotros. La palabra de Dios dice en el libro de Jeremías: «Con amor eterno te he amado». El amor de Dios es un amor que nunca termina, y el amor de nuestro Dios se manifiesta en todos los aspectos de nuestra vida. Comienza con la visión del futuro, con el destino que él ha puesto dentro de nosotros. El amor de Dios se manifiesta mediante su perdón completo, su perdón continuo; también en la atención que presta a cada detalle de nuestra vida, en la manera en que provee para todas nuestras necesidades e incluso en cómo nos consuela y afirma los aspectos que conforman nuestra vida.

Y he aprendido que Dios ama tanto y aprecia tanto lo que hacemos, nuestros esfuerzos a favor de su Reino; pero, más que lo que hacemos por él, se deleita en quienes somos en nuestra relación con él, en quienes somos en nuestros momentos de intimidad y privacidad, en las motivaciones internas de nuestro corazón, en nuestras actitudes; eso es más importante para él. Y los momentos en que más siento la presencia de Dios en mi vida no son cuando estoy haciendo cosas en nombre de Dios, sino cuando estoy en relación con él, cuando permanezco siendo su hija; en esos momentos en que adquiero una conciencia especial de quién soy en relación con él, permanezco consciente de ello y me esfuerzo por recibir activamente sus tiernas palabras de amor para mí y su tierno abrazo amoroso, incluso cuando me corrige, cuando me confronta de cierta manera. Esos son los momentos en que realmente siento la presencia de Dios; esos son los momentos más significativos, cuando estoy en intimidad con él, no tanto haciendo cosas para él, sino amándolo y estando en relación con él.

Y quiero que vayamos a ese excelente pasaje sobre el amor, Primera de Corintios 13, versículos 1 al 3, que dice:

«…si hablara lenguas angélicas o humanas y no tengo amor, entonces soy como un metal que resuena o un címbalo que simplemente hace ruido. Y si tuviera profecía y conociera todos los misterios del mundo y toda ciencia, y si tuviera toda la fe del mundo, de tal manera que fuera capaz de mover montañas, y aun así no tengo amor, entonces no soy absolutamente nada. Y si repartiera todos mis bienes para dárselos a los pobres, e incluso si entregara mi cuerpo para ser quemado y no tengo amor, entonces de nada me sirve…».

Así que esta es una confirmación de lo que decía antes: no importa cuánto haga ni cuántos esfuerzos emprenda a favor del Señor, todo carece por completo de valor si no está sumergido y saturado del sentimiento, de la actitud, del valor del amor. Continuaré leyendo Primera de Corintios 13, desde el versículo 4 hasta la primera parte del 8, y allí dice:

«…el amor es paciente, es sufrido, tiene mucha paciencia, es benigno, es bondadoso, no tiene envidia, no es envidioso, no se jacta de sí mismo, no se envanece, no hace nada indecoroso ni inapropiado, no busca su propio interés, no se irrita, no guarda rencor, no se complace en la injusticia, sino que se regocija en la verdad. Todo lo espera, todo lo cree, todo lo aguarda y se mantiene firme o lo soporta todo, pase lo que pase…».

Y la última parte que leeré dice: «…el amor nunca desaparecerá, siempre permanecerá…».

Este es el amor que aspiro a encarnar y evidenciar en mi vida. Quizá algunos de ustedes hayan oído que el amor no es un sentimiento. Aunque hay una parte de él que está relacionada con los sentimientos, el amor es, sobre todo, una decisión. El amor tiene que estar fundado en un deseo genuino de agradar a Dios, y cuando procede de esa fuente incesante de amor que es Dios, es entonces cuando nuestro amor adquiere realmente una cualidad sobrenatural. Nunca subestimen el poder que hay en los actos de amor que realizan en el nombre de Dios.

Al final de este año quisiera plantearles tres desafíos, y están relacionados con el concepto del amor. El primer desafío es este: dedíquense a conocer a su Padre tal como él es verdaderamente. Traten de alejarse de esa imagen mundana, de esa imagen corrompida de quién es Dios. Todos necesitamos hacerlo porque muchas veces no conocemos a Dios tal como él es verdaderamente. A veces cometemos la injusticia contra Dios de tratarlo y verlo basándonos en las malas experiencias que hemos tenido con otras personas o con figuras paternas, o en experiencias que hemos vivido y que corrompen esa imagen de quién es Dios verdaderamente.

Así que quiero animarlos: abran su corazón a Dios como si fueran niños, con inocencia. A esto se refería Greg anteriormente en su meditación. ¿Cómo se acerca un niño pequeño a su papá amoroso? Lo hace libremente, completamente desprovisto de temor, con seguridad y confianza. Se sube al regazo de su papá, lo abraza y se acerca a él; busca la protección de su papá cuando la necesita; ella la necesita, busca el consuelo de su papá cuando lo necesita; ese niño lleva el juguete roto a su padre para que él pueda arreglarlo. Y a veces hemos aprendido, se nos ha enseñado, a acercarnos a Dios con toda clase de formalidades y temor; sin embargo, lo que Dios quiere realmente es que acudamos a él con libertad, con la libertad de un niño.

Así que ese es el primer desafío que quiero… plantearles: conozcan a Dios tal como él es verdaderamente, al margen de cualquier experiencia mala y corruptora que podamos haber tenido, porque cuando hagan eso, cuando sean capaces de hacerlo, hallarán verdadera libertad al relacionarse con el Señor.

Ahora mismo me viene a la mente lo que Dios me repitió cuando recibí el bautismo del Espíritu Santo; durante aquella experiencia me lo repitió una y otra vez mientras pasaba por ella. Era esta frase: «Este es el amor de un padre, el amor de un padre». Y durante una hora Dios siguió repitiéndome: «El amor de tu padre, el amor del Padre se manifiesta». Ese fue realmente el comienzo de mi capacidad para tratar por primera vez con Dios como mi Padre, porque hasta entonces mi experiencia de Dios era la de un juez, la de alguien distante, alguien que, por así decirlo, me juzgaba, me observaba y me evaluaba. Y a partir de ese momento…, pude acercarme a Dios como su hijita y llamarlo Abba, papá. Entonces comprendí en mi mente que esa era la imagen de Dios que necesitaba conservar, y desde aquel momento he tenido este deseo de acercarme a Dios; he tenido hambre y sed de conocerlo como mi papá, y eso me ha hecho una persona mucho mejor, me ha hecho un ser humano más completo, me ha liberado.

Ahora también voy a dejarles un segundo desafío, y es este: no se conformen con cuánto son capaces de amar hoy. Procuren siempre crecer en su capacidad de amar a los demás. Evalúen en qué necesitan cambiar a ese respecto. ¿Son capaces, por ejemplo, como hemos leído aquí en Primera de Corintios, de amar con esa clase de pureza y perfección que leemos en Primera de Corintios 13? Reconozcan sus faltas, reconozcan sus defectos. Saben, muchos de nosotros dejamos de crecer y nos conformamos con un amor mediocre cuando, en realidad, tenemos a nuestra disposición todos los recursos del cielo para seguir creciendo y aprender a amar de la manera en que Dios ama.

Ese sería mi segundo desafío: pídanle a Dios que transforme su corazón para que puedan amar como un niño, con la inocencia y el abandono de un niño. Hay un principio en la consejería que dice que, si no hay un cambio en ustedes, entonces el cambio realmente no es posible; las cosas tienen que cambiar. Así que, si quieren tener mejores relaciones con los demás, con su cónyuge, con sus hijos, con sus hermanos, con sus compañeros de trabajo, con sus vecinos, con quienquiera que sea, ustedes tienen que cambiar. Así que ese es el segundo desafío.

Y, nuevamente, no esperen a que los demás cambien; comiencen ustedes el proceso de cambiar. Muchas veces nos estancamos, permanecemos fijos en una postura determinada, en una actitud determinada, siempre señalando a otra persona: ellos son quienes tienen que cambiar, así que yo no necesito cambiar; cuando, en realidad, nosotros podemos iniciar el proceso de cambiar, de cambiar verdaderamente. Pero lo hermoso es que, cuando comenzamos a cambiar nuestra manera de amar a los demás, la forma en que tratamos a los demás, entonces eso libera —saben—, eso hace posible que Dios obre en esa situación que está trayendo confianza a nuestra vida, porque estamos comenzando este proceso, estamos siendo obedientes a Dios al tomar la iniciativa y comenzar el proceso de cambio.

Así que el primer desafío es conocer a Dios tal como él es verdaderamente, independientemente de los malos ejemplos de su pasado. En segundo lugar, aspiren a crecer en su capacidad de amar a los demás; y el tercero es poder crecer en la expresión de su amor hacia los demás. Saben, cada uno de nosotros es un embajador, un representante del amor de Dios. Un hogar donde el amor es central y poderoso, donde predomina la gracia, es sin duda la mejor expresión del poder transformador de Jesucristo; y es en esa clase de hogar donde los niños que vimos aquí arriba también aprenderán a amar a los demás.

Así que, mis queridos hermanos y hermanas, no importa qué edad tengan ni en qué situación se encuentren; ahora mismo tienen por delante 365 días de oportunidades para evidenciar, para manifestar un amor bíblico genuino.

Así que los exhorto a aprovechar cada día la oportunidad de crecer en estas áreas del amor. Amén. Oremos. ¿Por qué no nos ponemos de pie?

Nos presentamos ante ti, Señor, ante ti, tal como somos, y te pedimos, Señor, que nos ayudes a comprender mejor cómo conocerte tal como eres verdaderamente. Señor, nos presentamos ante ti tal como somos y te pedimos que hagas cambios este año en nuestra vida, para que podamos ser más sensibles a tu amor.

Abre nuestro corazón, Señor, para que pueda ser sensible a tu amor. Ayúdanos a crecer siendo como niños para que acudamos y nos acerquemos a ti exactamente como tú quieres que nos acerquemos, con completo abandono, con una entrega total de nosotros mismos, y con alegría y amor. Y te pido, Señor, que en cada hogar haya una transformación, primero por el poder de tu amor, por esta eternidad que pusiste en nuestro corazón, por la gracia que manifiestas en cada vida. Y, Señor, también por los cambios que deseas en cada uno de nosotros, que cada uno llevará a cabo en nuestros hogares, en todas nuestras relaciones, para que verdaderamente podamos dar testimonio de tu amor.

Ayúdanos a amar, Señor, para que, incluso cuando sea difícil amar, podamos amar. Ayúdanos a amar aun a quienes nos han herido, y te pido que derribes toda barrera que nos impida amar de la manera en que quieres que amemos. Que tu amor, tu amor sanador, sea la señal distintiva de cada familia, de cada persona aquí presente. Enséñanos, Señor. No podemos hacer esto con nuestras propias fuerzas; dependemos de ti. Como niños, nos sentamos en tu regazo, nos refugiamos y nos deleitamos en tu amor, y nos preparamos también para amar a los demás. Gracias, Padre, en el nombre de Jesús.