E. M. Bounds: Autor del Libro 'La Necesidad de la Oración'

E. M. Bounds: Autor del Libro 'La Necesidad de la Oración'

Resumen: E.M. Bounds fue un pastor estadounidense durante la Guerra Civil que enfatizó la importancia de la oración en la vida cristiana. Escribió 11 libros, 9 de los cuales tratan sobre la oración, y sus escritos han inspirado a muchos creyentes. En el futuro, Dios Habla Hoy incluirá sus escritos y los de otros autores clásicos para edificar a los lectores.

Edward McKendree Bounds (E. M. Bounds) fue pastor en Estados Unidos durante el tiempo de la Guerra Civil en esa nación. Nació en agosto 15, 1835 y falleció agosto 24, 1913. Su vida y ministerio se distingue por su insistencia en la oración como la clave a una vida espiritual poderosa y efectiva. Para E.M. Bounds, la oración es uno de los ministerios más importantes de la Iglesia, así como de cada creyente. Fue autor de once libros, nueve de los cuales tratan sobre el tema de la oración. Sus escritos han inspirado a millones de creyentes en toda la tierra hacia una vida devocional más vital.

En el futuro, Dios Habla Hoy estará incluyendo en las meditaciones diarias los escritos de autores clásicos como E. M. Bounds, a fin de edificar a nuestros lectores, y familiarizarlos con el pensamiento de grandes hombres y mujeres de Dios. Continuaremos incluyendo las meditaciones del pastor Miranda, así como de nuestros demás escritores.

Publicaciones

El Crisol de Cristo: Nuestra Esperanza Duradera

Jeremías 9:7 • Lucas 22:40

Mis queridos amigos, aunque las pruebas de fuego de la vida nos pongan al límite, recordemos que nuestra debilidad humana no puede soportarlas sola. Cristo mismo entró en el crisol supremo, bebiendo la copa de la ira divina para protegernos de la destrucción. Por lo tanto, nuestros fuegos actuales son para purificación, no para condenación, y a través de la oración vigilante y la confianza en Él, nuestra fe perfeccionada y nuestra vida duradera están aseguradas por Su victoria.

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Hombres y Mujeres de Oración

El Espíritu Santo eleva la oración a un lugar vital y decisivo en el evangelio. La iglesia necesita líderes que oren y enseñen a otros a orar, porque los recursos, la educación y los planes pueden estorbar si no son santificados por una devoción ferviente. No necesitamos novedades ni entretenimiento, sino hombres y mujeres de fe poderosa, santidad, humildad, consagración y plena rendición a Dios, capaces de impulsar verdaderas revoluciones espirituales mediante la Palabra y el poder del Espíritu. La capacidad natural no es lo decisivo, sino la habilidad para orar y buscar la plenitud de Dios. No debemos vivir solamente de milagros pasados: oremos ardientemente para que Dios levante más personas así y cumpla su promesa más allá de lo imaginable.

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Perseverancia en la Oración

La verdadera oración no se mide por la cantidad de palabras, sino por la perseverancia, el tiempo y la comunión profunda con Dios. Moisés, Elías, Pablo y Jesucristo sostuvieron su obra mediante largas horas de oración, ayuno y espera. En cambio, las devociones apresuradas debilitan la fe, estrechan el carácter y pueden convertirse en fórmulas que solo tranquilizan la conciencia. Necesitamos reservar con firmeza nuestras mejores horas, especialmente las primeras del día, para buscar a Dios con calma y propósito. De esa permanencia recibimos instrucción, vigor espiritual y victoria. Ni el dinero, ni la predicación, ni la organización sustituyen la oración. Debemos volver a su escuela, persistir día y noche y recuperar este arte casi perdido.

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El Secreto de la Vida de Oración - Estar Largo Tiempo a Solas con Dios

Aunque la oración breve tiene su lugar, la oración eficaz nace de una comunión prolongada y constante con Dios. No llegamos a conocerle mediante visitas apresuradas, sino perseverando a solas con él con fe y fervor. Cristo es nuestro modelo: acostumbraba pasar largos periodos, incluso noches enteras, en oración; también los santos bíblicos y numerosos creyentes hicieron de ella una prioridad diaria. Su valor no se mide mecánicamente por el reloj, pero dedicarle tiempo revela la profundidad de nuestra fe. Por eso debemos reservar nuestras mejores horas para buscar a Dios, meditar e interceder, sin relegar esta ocupación fundamental a momentos sobrantes o dominados por el cansancio.

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El Primer Deber

Buscar a Dios desde temprano expresa un deseo ardiente de comunión que vence el sueño y la complacencia personal. Si no le damos el primer lugar en la frescura de nuestros pensamientos y esfuerzos, quedará relegado durante el resto del día. No es el simple hecho de madrugar, sino el hambre de Dios, lo que fortalece la fe y abre el corazón a una revelación más plena. David y Cristo muestran este anhelo de orar antes del alba. Necesitamos dejar de limitarnos a admirar el ejemplo de los santos y reproducir su diligencia, especialmente en la predicación, ofreciendo a Dios nuestras mejores fuerzas para recibir gozo, poder y fortaleza durante las labores del día.

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Sé Específico Cuando Pidas

La fe y la oración deben ser claras, definidas y específicas. No basta creer de manera abstracta que Dios puede y quiere obrar a nuestro favor; hemos de presentar peticiones precisas y esperar recibir aquello que pedimos. Cuando la fe y la petición están bien determinadas, la respuesta también lo está: lo dicho será hecho. Esta garantía no tiene límite en calidad ni en cantidad. Al seleccionar concretamente lo que pedimos, ponemos ante Dios una demanda inequívoca, y Cristo responde exacta y completamente a la oración de fe, conforme a los términos en que la presentamos.

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La Fe Viene Directamente de Dios

La fe no consiste en una creencia abstracta, un mero asentimiento intelectual ni una aceptación pasiva. Es una obra sobrenatural de Dios en el alma humana, implantada mediante su Palabra y el Espíritu Santo. Por ella permanecemos conscientes de Dios, reconocemos a Jesucristo como Salvador, nos apropiamos de las verdades de la Palabra y recibimos vigor del Espíritu. La fe tiene un objetivo definido: Dios mismo. Es la mirada del alma que se dirige a Él, descansa en sus promesas y confía en su Palabra. No creemos indiscriminadamente, sino en el Dios perfecto y omnipotente, apoyándonos en su bendita Persona.

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La Duda, un Obstáculo para Recibir Respuesta

La duda y el temor se oponen a la fe y pueden llenar nuestra oración de inquietud, angustia y quejas. Como Pedro, comenzamos a hundirnos cuando apartamos la mirada del Señor para concentrarnos en las circunstancias amenazadoras. No debemos alimentar dudas ni permitir que la mente fabrique temores. En vez de contemplar nuestra debilidad e ineptitud, hemos de fijar los ojos únicamente en el poder de Dios. Mantener la confianza tiene gran recompensa. Una fe sencilla, firme y practicada cada día disipa el miedo y toda sombra de duda, y nos dispone a recibir la consolación y la respuesta de Dios.

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Otros Oradores