El SEÑOR nuestro Dios nos ha mostrado Su gloria y Su grandeza, y hemos oído Su voz de en medio del fuego; hoy hemos visto que Dios habla con el hombre, y éste aún vive. — Deuteronomio 5:24
Pero lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. — Romanos 1:19
Resumen: Nuestro amoroso Creador se ha revelado a nosotros a través de la revelación general en la creación y la conciencia, y a través de la revelación especial; sin embargo, nuestra pecaminosidad obstaculiza nuestra comprensión y hace que el encuentro directo con Su santidad sea aterrador. Esta profunda tensión, donde somos responsables pero no podemos sobrevivir a un contacto sin mediación, encuentra su perfecta resolución en Jesucristo. Él es la revelación máxima de Dios en carne humana y el mediador perfecto. A través de Su sacrificio, Él soportó la ira de Dios, transformando nuestra aterradora separación en una relación íntima y confiada con nuestro Dios santo, permitiéndonos acercarnos por Su gracia.
Nuestro amoroso Creador, en Su sabiduría infinita y Su deseo ilimitado de darse a conocer, ha desvelado Su naturaleza y propósitos a través de dos medios principales: la revelación general y la revelación especial. Esta auto-revelación divina, arraigada en el significado mismo del término «revelación» —un «desvelamiento»— es el cimiento de nuestra comprensión de Dios y de nuestro lugar en Su grandiosa historia.
A través de la revelación general, Dios habla continua y universalmente a través de la asombrosa majestuosidad del mundo creado y el testimonio interno de la conciencia humana. El intrincado diseño del cosmos, desde la inmensidad de los cielos hasta la complejidad microscópica de la vida, proclama a viva voz Su poder eterno y Su naturaleza divina. De manera similar, la brújula moral innata dentro de cada corazón humano atestigua un estándar universal de lo correcto y lo incorrecto, insinuando la existencia de un Legislador divino. Este testimonio penetrante es tan claro e inconfundible que deja a toda la humanidad sin excusa, haciéndonos responsables ante Él. Sin embargo, la trágica verdad de la pecaminosidad humana significa que la humanidad caída a menudo suprime esta verdad evidente, distorsionándola e intercambiando la gloria del Creador por la adoración de las cosas creadas. Esta revelación general, aunque poderosa para demostrar nuestra culpa, es en última instancia insuficiente para llevarnos a la salvación. Revela nuestra necesidad, pero no puede proporcionar el remedio.
Para perforar esta oscuridad espiritual autoimpuesta y ofrecer un camino a la redención, Dios interviene misericordiosamente con la revelación especial. Esta es una comunicación directa, localizada y verbal, que altera profundamente la historia humana. Pensemos en la impresionante escena en el Monte Sinaí, donde Dios tronó Sus mandamientos desde el fuego y la nube, revelando Su gloriosa santidad y Su inmenso poder. Esta abrumadora manifestación no fue meramente para impresionar, sino para destrozar la arrogancia humana, desenmascarar nuestra pecaminosidad inherente y hacernos agudamente conscientes del vasto e infranqueable abismo entre un Dios santo y la humanidad pecadora. El terror sentido por los israelitas fue una respuesta adecuada a la pureza divina, demostrando que el encuentro directo y sin mediación con la gloria sin velo de Dios sería consumidor y mortal para un pueblo caído. Esta dramática revelación especial reveló la necesidad absoluta de un mediador, alguien que interviniera, que hablara por Dios a la humanidad y por la humanidad a Dios.
Esto crea una profunda tensión en nuestro viaje espiritual: no podemos escapar de la revelación de Dios (y, por lo tanto, de nuestra responsabilidad), sin embargo, no podemos sobrevivir a un encuentro directo con Su santidad consumidora en nuestros propios términos. El mismo acto de Dios hablando directamente exigía un intermediario. Moisés, en el Sinaí, sirvió como un mediador temporal e imperfecto, protegiendo al pueblo del juicio divino mientras transmitía la voluntad de Dios. Sin embargo, incluso este pacto de la Ley, por glorioso que fuera, no podía cambiar fundamentalmente el corazón humano rebelde ni ofrecer una reconciliación definitiva. Era un espejo que reflejaba nuestro pecado, señalando hacia una solución mucho mayor.
Es en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, donde esta profunda tensión teológica encuentra su resolución perfecta y armoniosa. Cristo es el cumplimiento máximo de la revelación tanto general como especial. Como el Verbo eterno por quien todas las cosas fueron hechas, Él es el resplandor mismo de la gloria de Dios, la manifestación visible de los «atributos invisibles» declarados por la creación. Cuando miramos a Cristo, vemos al Creador que amorosamente diseñó el universo, Su naturaleza divina plenamente expresada en carne humana. Él es la exégesis de Dios perfectamente clara e insuprimible.
Más profundamente, Cristo es también el Mediador supremo, Aquel por quien los israelitas en el Sinaí anhelaban desesperadamente. En la cruz, la doble naturaleza del fuego santo de Dios —Su revelación iluminadora y Su juicio consumidor contra el pecado— convergió sobre Él. Jesús absorbió voluntariamente la totalidad de la ira justa de Dios contra toda idolatría, impiedad y rebelión humana. Él satisfizo las demandas infinitas de la santidad divina que habían aterrorizado a los israelitas.
Debido al sacrificio mediador perfecto y eterno de Cristo, la abrumadora realidad de encontrarse con Dios se transforma gloriosamente para nosotros, los creyentes en el Nuevo Pacto. Ya no nos acercamos a una montaña aterradora y ardiente, sino que a través de Cristo, nos acercamos al Monte Sion, al trono de la gracia, con confianza y paz. El velo de separación ha sido permanentemente rasgado. En Él, oímos la voz del Dios vivo no con miedo paralizante, sino con la intimidad y seguridad de hijos amados y adoptados. Jesús une el abismo infinito, permitiéndonos, aunque pecadores, ser vestidos de Su justicia y vivir verdaderamente en una relación reconciliada con nuestro Dios santo. Él es la revelación máxima de Dios, enviado no para condenarnos en nuestro estado de supresión de la verdad, sino para soportar nuestro juicio para que podamos conocerlo íntima y eternamente. Vivamos, por tanto, con asombro ante Su majestad, gratitud por Su revelación y gozo confiado en la perfecta mediación de nuestro Salvador.
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