Y Perdónanos Nuestras Deudas

¡Cuán bienaventurado es aquél cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto! — Salmos 32:1
Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. — 1 Juan 1:9
Dr. Roberto Miranda

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Dr. Roberto Miranda

Resumen: El Padrenuestro nos enseña a llevar ante Dios nuestras necesidades esenciales, especialmente el perdón que todos necesitamos. En vez de negar, encubrir, justificar o culpar a otros por nuestros pecados, debemos confesarlos con humildad. Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos, restaurando nuestra comunión con Él. Callar y obstinarnos trae desgaste espiritual y contrista al Espíritu Santo; David experimentó esas consecuencias, pero al declarar su pecado recibió inmediatamente la gracia divina. Regocijémonos, pues, en la misericordia de nuestro Padre celestial: refugiémonos repetidamente en sus brazos, enmendemos nuestros caminos y vivamos con verdad y transparencia delante de Dios y de nuestros semejantes.

El Padrenuestro es un compendio de peticiones fundamentales para la vida humana. Es solo un modelo del tipo de oración que le podemos ofrecer al Señor, y nos invita implícitamente a añadir nuestras propias peticiones esenciales cuando confrontamos necesidades similares.

Una de las cosas que necesitará todo ser humano en algún momento de su vida es el perdón de Dios. Transgredir la ley de Dios es inevitable, y siempre tendremos que venir ante Él, muchas veces al día, y confesarle nuestras faltas. Lo maravilloso es que la Biblia dice que “si confesamos nuestros pecados él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Por otra parte, “si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (vs. 10).

Pedirle perdón a Dios cuando lo ofendemos es la cosa más saludable y sanadora que podemos hacer. Confesar nuestras deudas nos limpia por dentro, y nos deja libres para disfrutar de una dulce comunión con nuestro Padre celestial y continuar recibiendo sus abundantes bendiciones.

Por otra parte, vivir una vida moralmente descuidada, obstinarnos en nuestros pecados y pretender darles otro nombre, o tratar de legitimar un comportamiento pecaminoso violentando el obvio significado de los mandamientos de Dios, es una receta para el desastre y una manera segura de contristar el Espíritu Santo. Mucho mejor ser humildes, admitir nuestro error, y encomendarnos a la bondadosa ministración de nuestro Padre misericordioso.

David habla de una ocasión en que trató de encubrir su pecado en vez de confesárselo a Dios: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano”. Como podemos ver, las consecuencias de su comportamiento fueron extremadamente negativas.

Pero luego añade: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado”. Inmediatamente que David confiesa su pecado, la gracia de Dios se derrama sobre él, y sus “sequedades de verano” se convierten en el verdor de la primavera.

Aprende a regocijarte en la misericordia de Dios. No encubras tus faltas. No le eches a otros la culpa de tu propio pecado. Refúgiate más bien una y otra vez en los misericordiosos brazos de tu Padre celestial, que conoce tu condición, y se compadece de ti como el padre se compadece de los hijos (Salmos 103).

Ser perdonado por Dios es un gran privilegio. Confiesa tu pecado. Enmienda tus caminos. Y vive siempre en la luz de la verdad y la transparencia para con Dios y tus semejantes.