Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces junto a la corriente; No temerá cuando venga el calor, y sus hojas estarán verdes; En año de sequía no se angustiará ni cesará de dar fruto. — Jeremías 17:8
Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí. — Juan 15:4

Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: Para ejercer un ministerio excelente, efectivo y duradero necesitamos una espiritualidad robusta, alimentada por la presencia del Espíritu Santo. Requerimos aceite tanto para afrontar nuestra vida cotidiana como para compartir con quienes servimos. Al permanecer en Jesús mediante una relación íntima con el Espíritu, la Palabra y una vida devocional continua y disciplinada, recibimos vitalidad abundante para inspirar, impactar y bendecir a otros. El ministerio transmite vida más que conocimiento intelectual: las destrezas humanas pueden sostenerlo durante un tiempo, pero sin la vida de Cristo terminan apareciendo sequía, esterilidad, pérdida y destrucción. Cuando nos sintamos secos, cansados o quemados, debemos volver a beber de las aguas del Espíritu.
Para desempeñar un ministerio de excelencia y efectividad se requiere vitalidad espiritual. El ministro, la sierva de Dios sirve en base de la abundancia de energía espiritual y de la presencia del Espíritu Santo en él o en ella. Nosotros servimos inclusive del exceso, yo creo, de energía espiritual en nosotros. Para confrontar exitosamente los retos del ministerio, necesitaremos una espiritualidad robusta y sobreabundante.
Hay una energía que necesitamos para nuestro propio consumo, para simplemente procesar los eventos, retos y necesidades de la vida cotidiana. Como las vírgenes prudentes, necesitamos aceite para nuestra propia lámpara, pero lo requerimos también para compartir con aquellos a los cuales servimos.
De ese exceso que Dios nos da por medio de la cercanía e intimidad con el Espíritu, de ese “permaneced en mí y yo en vosotros” del cual habla Jesucristo, surge entonces un exceso de unción y vitalidad que nosotros compartimos con los demás, y con el cual contagiamos a los que servimos.
Siempre he pensado que el ministerio se da más por contagio e impartición de vida que por explicación o enseñanza intelectual, académica. Así que se requiere una espiritualidad vital, un estar anclado en Jesús, arraigados en Cristo, vinculados en la palabra, una vida devocional continua, disciplinada, que redunde entonces en una efervescencia, una vitalidad del espíritu que nos permita tocar a otros, impactar a otros, inspirar a otros, contagiar a otros, bendecir a otros. Esa espiritualidad vital es imprescindible.
Uno puede ministrar por mucho tiempo basado exclusivamente en conocimientos o destrezas humanas, pero tarde o temprano, como no se trata de la vida de Jesús manifestándose en y a través de nosotros, surgirá la sequía y la esterilidad espirituales, y generalmente habrá pérdida y destrucción también.
Así que es muy importante que el siervo de Dios, la sierva de Dios, busque siempre un nivel muy alto de vitalidad espiritual. Y cuando nos sentimos secos o cansados o quemados, es tiempo de volver otra vez a beber de las aguas del Espíritu.