Nuestra Roca Eterna: en Medio de Sombras Fugaces

Pero Tú eres el mismo, Y Tus años no tendrán fin. Salmos 102:27
al único Dios nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo, y ahora y por todos los siglos. Amén. Judas 1:25
Charles Spurgeon

Autor

Charles Spurgeon

Resumen: Mis amados hermanos, aunque este mundo es un escenario de cambio constante donde todas las cosas pasan, nuestro Dios es el Inmutable que no cambia. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos, y en Él, nuestro precioso Jesucristo, todas Sus promesas son sólidas e inquebrantables. Por lo tanto, cobremos ánimo, porque nuestra salvación no descansa en nuestra fidelidad inconstante, sino en Su firme asidero, preservándonos irreprensibles.

¿No sentimos a menudo que el suelo bajo nuestros pies no es más que arena movediza? Este mundo, con toda su pompa y circunstancia, es un escenario de cambio constante, un desfile fugaz donde todas las cosas pasan tan rápido como una nube de verano. Los cielos mismos sobre nosotros, esas gloriosas obras de Sus dedos, un día se enrollarán como un pergamino, y la tierra misma perecerá y se desgastará como una vestidura raída. ¡En verdad, todas las cosas creadas llevan la marca de la decadencia!

¡Pero he aquí, queridos amigos, nuestro Dios no es así! Él es el Anciano de Días cuyos años no tienen fin, el Inmutable que no cambia. Él no depende de nadie, sino que es un océano ilimitado de bondad y gloria, pleno y completo en Sí mismo, de eternidad en eternidad. ¡Qué gran consolación es esta! Su ser, Sus perfecciones, Sus mismos propósitos – permanecen eternamente inalterables.

Y presten atención a esta gloriosa verdad: que el mismo Señor eterno, el Tejedor de este vasto tapiz cósmico, ¡no es otro que nuestro precioso Jesucristo! Sí, el Hijo, por medio de quien todas las cosas fueron hechas, es Él mismo "el mismo ayer y hoy y por los siglos". Él es el resplandor mismo de la gloria de Dios, inmutable en Su poder y amor.

¡Por lo tanto, cobremos ánimo! Porque Él no cambia, Sus promesas son tan sólidas como el Monte Sion, seguras e inquebrantables. Su presencia es nuestra constante compañía, una lámpara a nuestros pies incluso cuando las sombras se alargan y el camino parece perdido. Nunca nos dejará ni nos desamparará. Nuestra salvación, queridos santos, no descansa en nuestra propia fidelidad inconstante, sino en Su firme asidero, preservándonos irreprensibles ante Su gloriosa presencia. ¿No impele esta grandiosa e inmutable verdad a nuestras propias almas a la adoración? ¡Adorémosle, cuyo dominio es por los siglos, porque Él está en Su trono, y Sus años nunca terminarán! Amén.

(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon)