Mateo 25:14

Dr. Roberto Miranda

Autor

Dr. Roberto Miranda

Resumen: Mateo 25 presenta el regreso de Cristo como un momento solemne de rendición de cuentas: el Señor ajustará cuentas con aquellos a quienes confió sus recursos. La salvación se basa en recibir a Jesucristo; sin embargo, los creyentes tendrán que responder por la manera en que utilizaron su tiempo, capacidades, dinero, oportunidades, experiencias y dones espirituales. Todo creyente ha recibido una manifestación del Espíritu, de modo que nadie puede afirmar que no tiene nada que ofrecer. Dios asigna distintas medidas según la capacidad de cada uno y no exige resultados idénticos; los siervos que recibieron cinco y dos talentos obtienen la misma aprobación entusiasta porque ambos utilizaron fielmente lo que tenían. Nuestra responsabilidad es mantenernos ocupados hasta que Cristo venga: invirtiendo, sirviendo, tomando la iniciativa y promoviendo creativamente el reino de Dios. El santo temor debe producir diligencia, no parálisis. No debemos permitir que el miedo, la inseguridad y la comparación nos impulsen a enterrar nuestros dones. Dios permite el riesgo e incluso el fracaso cuando nuestro corazón busca sinceramente sus propósitos. Ya sea que nuestra contribución parezca grande o pequeña, debemos servir a los demás y aprovechar cada día, confiando en que el esfuerzo fiel agradará al Señor y nos hará entrar en su gozo.

Vayamos ahora mismo a la palabra del Señor. Y veamos el Evangelio según Mateo; en realidad, es el Evangelio según el Espíritu Santo, escrito por Mateo bajo la inspiración del Espíritu; por eso decimos el Evangelio según Mateo.

El capítulo 25 es un pasaje muy conocido, y permítanme leerlo con ustedes y luego ver adónde nos guía el Señor mientras lo exploramos. Mateo, capítulo 25, comenzando con el versículo 14. Dice:

«… De nuevo, será como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos de dinero; a otro, dos talentos; y a otro, un talento, a cada uno conforme a su capacidad. Luego emprendió su viaje.

El hombre que había recibido los cinco talentos fue enseguida, puso su dinero a trabajar y ganó otros cinco. Asimismo, el que tenía los dos talentos ganó otros dos. Pero el hombre que había recibido un talento se fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

Después de mucho tiempo, el señor de aquellos siervos regresó y ajustó cuentas con ellos. El hombre que había recibido cinco talentos trajo los otros cinco. “Señor —dijo—, me confiaste cinco talentos; mira, he ganado otros cinco”. Su señor respondió: “Bien hecho, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en unas pocas cosas; te pondré a cargo de muchas. Ven y comparte la felicidad de tu señor”. También vino el hombre de los dos talentos. “Señor —dijo—, me confiaste dos talentos; mira, he ganado otros dos”. Su señor respondió: “Bien hecho, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en unas pocas cosas; te pondré a cargo de muchas. Ven y comparte la felicidad de tu señor”.

Entonces vino el hombre que había recibido un talento. “Señor —dijo—, sabía que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste semilla; así que tuve miedo, fui y escondí tu talento en la tierra. Mira, aquí tienes lo que te pertenece”. Su señor respondió: “Siervo malvado y perezoso, así que sabías que cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí semilla. Pues entonces, debiste haber depositado mi dinero con los banqueros para que, cuando yo regresara, lo hubiera recibido con intereses. Quítenle el talento y dénselo al que tiene los diez talentos, porque a todo el que tiene se le dará más y tendrá en abundancia. Al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y arrojen a ese siervo inútil afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y crujir de dientes”».

Padre, encomendamos tu palabra a ti y nos abrimos a tu iluminación, a tu enseñanza y a tu inspiración mientras procuramos explorar tu palabra. Danos esas perspectivas precisas que quieres que recibamos esta noche para nuestro crecimiento, para que mejoremos en nuestra fe y en nuestro servicio a ti; intensifica nuestro deseo de ser siervos dignos, en el nombre de Jesús. Amén.

Mientras preparaba mis pensamientos sobre este pasaje, me impactó la primera palabra de este relato. Dice «de nuevo». Yo había leído este pasaje todo el tiempo en español cuando predicaba a la congregación latina, pero esta fue la primera vez que reparé en ese «de nuevo» al comienzo del relato. Y eso me llevó a preguntarme: ¿de nuevo, qué? Evidentemente, cuando uno ve algo así al comienzo de una parábola o de cualquier texto, se está haciendo referencia a algo que vino antes o a algo que el Señor dijo previamente. Así que dice «de nuevo» en referencia a algo que él había dicho antes.

Así que comencé a indagar un poco y a leer el contexto. Y examiné aproximadamente los dos capítulos anteriores e intenté averiguar a qué se refería Jesús con ese «de nuevo». Entonces me quedó claro —y, si ustedes mismos lo examinan, se darán cuenta— que la parábola que precede a esta de los talentos es la parábola de las diez vírgenes, la cual trata sobre la venida del Señor. Hay una palabra elegante que se refiere a las cosas de la Biblia que hablan de la segunda venida y de los últimos días. Esa palabra es «escatológico». No les pediré que la pronuncien ahora mismo, pero se refiere a esa idea de las cosas relacionadas con la futura venida del Señor.

Si miran desde el comienzo del capítulo 24 en adelante —y, por supuesto, sabemos que la Biblia no fue escrita en capítulos; eso es solo una división práctica que se añadió más adelante—, verán que buena parte de lo que aparece antes de este pasaje tiene que ver con el fin de los tiempos, con la futura venida del Señor.

Y, como saben, estos son pasajes muy, muy serios. Es decir, el tono predominante en estos pasajes es un tono de seriedad. Es como… no es un tono festivo; no celebra ni se regocija tanto. Creo que se concentra en otro aspecto de la segunda venida del Señor. Ciertamente habrá celebración y alegría por parte del pueblo de Dios que ha recibido a Cristo como Salvador, que está cubierto por la sangre de Cristo y que espera la venida del Maestro; por tanto, para ellos habrá celebraciones.

Pero, curiosamente, el tono que el Espíritu Santo escogió enfatizar en estos pasajes contenidos en los capítulos 24 y 25 también es un tono de seriedad y de cierta expectativa severa. La palabra «rendición de cuentas» me viene a la mente al contemplar estos pasajes, y ciertamente se refiere a ese tiempo venidero en el que el Señor se manifestará.

Y habla de la separación entre los buenos y los malos, los fieles y los infieles, los obedientes y los desobedientes, los que están preparados y los que no lo están; de modo que todo este segmento de las Escrituras habla de ese tiempo venidero en el que las cosas serán aclaradas, cuando toda la ambigüedad y toda la ambivalencia de la vida en Dios en este momento de la historia de repente quedarán claras. Y Dios juzgará.

En eso consiste realmente juzgar. Es discernir, es separar la verdad de la falsedad, la duda de la certeza, la mentira de la verdad, y así sucesivamente. Y esto es lo que vemos, por ejemplo, en la separación de las ovejas y los cabritos, y en la parábola de las diez vírgenes: las que fueron prudentes, esperaron debidamente al Señor y estaban listas cuando él llegó, y las que no fueron prudentes, administraron mal sus recursos y su tiempo y fueron sorprendidas.

Todos estos textos también tienen en común que transcurre mucho tiempo antes de que finalmente suceda lo prometido. Y necesitan permanecer fieles hasta que llegue ese momento. La necesidad de lidiar con la ambigüedad, con la incertidumbre, pero con suficiente conocimiento como para que seamos responsables de lo que hacemos. Y si no hacemos lo correcto, si no administramos bien nuestros recursos, si no usamos el tiempo debidamente, tendremos que rendir cuentas.

Así que también está ese elemento de rendir cuentas por la manera en que uno ha manejado las cosas que se le han dado, el conocimiento que se le ha dado, los recursos que se le han dado y la cantidad de instrucción que, hay que reconocerlo, es limitada. Pero es suficiente para que uno haga ciertas cosas.

Así que quiero señalar eso, ¿saben? Cuando Jesús dice «de nuevo», está refiriéndose de algún modo… Creo que lo que hizo aquí, como el gran maestro que era, fue decidir enfocar cierta verdad desde distintos ángulos para ofrecer una especie de vista de 360 grados de esa esfera de conocimiento espiritual que quería señalar en ese momento. Así que cuenta la parábola de las diez vírgenes y muestra cierta perspectiva; la de las ovejas y los cabritos, otra perspectiva; el asunto de que no se conocen el día ni la hora, otra perspectiva; y se supone que todas estas cosas deben formar una buena imagen, una buena noción de cómo debemos contemplar el futuro y cómo debemos ver este tiempo de vida cristiana con respecto al futuro. Ese es un conocimiento importante.

Pero permítanme señalarles una de las cosas que realmente me impactan, y sencillamente voy a ir recorriendo este pasaje sin rumbo fijo, porque aquí hay muchísimo contenido maravilloso. Pero, como saben, otra cosa que me impresiona de esto es el tono de seriedad, la severidad del carácter de este hombre misterioso que es presentado como un novio que viene, como un hombre de negocios, como un juez que evidentemente es Jesús.

Y la imagen que se pinta de Jesús no es la de un tipo agradable, tierno y apacible, de cabello largo y rubio y ojos azules, con una ovejita sobre las rodillas, lo cual a veces me resulta molesto, a decir verdad, en estos tiempos, porque emascula a Jesús, trunca y cercena la complejidad, el carácter contradictorio de Jesús. Él es muchas cosas que se contradicen entre sí, todas reunidas en uno. Y de veras me enojo cuando la gente empobrece la complejidad de Jesús: lo equilibrado que es, lo escurridizo que es, lo difícil que es encasillarlo en un temperamento o una actitud particulares. Es decir, él es toda clase de cosas.

Y aquí, el aspecto de Jesús que se presenta es el de ese tipo severo, que no tolera tonterías y aborda las cosas como un hombre de negocios. Ha establecido ciertos principios rectores para su pueblo y espera que los cumplan. Y cuando venga, verá si les han prestado atención y si han escuchado bien sus instrucciones. Como saben, ese tono de Jesús está en todas partes. Y creo que es algo importante; lo que estoy señalando aquí no es algo sutil, porque creo que una de las carencias del cristianismo en muchas partes del mundo —y creo que sin duda es así aquí, en Estados Unidos, entre los evangélicos estadounidenses— es… que nos falta ese sentido de santo temor de Dios y de Jesús, el cual considero necesario para que tengamos la actitud diligente que Dios espera de nosotros, para que seamos el tipo de creyente capaz de actuar como Dios espera que actuemos en este mundo.

Así que, para mí, no es un pequeño matiz teológico ni nada semejante. Creo que es muy importante la manera en que enfocamos a Jesús y al Dios a quien servimos. Greg aludió a eso al principio cuando habló de Jacob, cuando Jacob tiene este sueño y ve ángeles que suben y bajan, y, como saben, está ese relato realmente extraño en el que lucha con un ángel durante toda la noche y, finalmente, el ángel, exasperado por el hecho de que Jacob se aferraba a él y cediendo ante la insistencia de Jacob para que lo bendijera —lo cual, de nuevo, contiene un elemento de conflicto y severidad del Reino de Dios, de lucha, de imponerle cosas a Dios y de que Dios, como saben, se sienta molesto pero, al mismo tiempo, se complazca en el espíritu guerrero de su criatura—, finalmente toca a Jacob en el muslo y le desencaja la articulación, y Jacob quedó cojeando por el resto de su vida. Y el santo temor de Jacob: «Dios mío, ni siquiera sabía que este lugar existía; qué lugar tan terrible es este».

Y está esta idea de que, al acercarse uno a Dios, puede caminar cojeando durante el resto de su vida por haberse acercado a Dios. Y estar cerca de Dios es algo peligroso, es algo severo. Dios puede matarte si no tienes cuidado. Y Dios no ha cambiado su carácter. Quiero decir, nosotros hemos cambiado nuestra percepción de Dios y hemos decidido proyectar sobre él nuestros deseos como generación, pero Dios es el mismo ahora y para siempre, y, hasta donde yo sé, no ha cambiado su carácter. No consultó alguna revista de aquí, Christianity, y dijo: «Oh, oh, así es como mi pueblo cree que soy; bueno, estupendo, sencillamente cambiaré mi personalidad».

No es así como actúa Dios. Es decir, Dios es el mismo. No va a dejarse cambiar ni chantajear para convertirse en algo que no quiere ser, y sigue siendo el mismo Dios.

Y creo que necesitamos recuperar ese temor, ese asombro reverente ante Dios. Para mí no es algo que me paralice, que me impida hacer cosas para el Señor o que me vuelva paranoico con respecto a él. Al contrario, me entusiasma. Es decir, esa es la clase de Dios a quien quiero servir: un Dios de carácter. Un Dios que es totalmente independiente de mis deseos egoístas, de mis incoherencias y de mi pecaminosidad. Un Dios que se aferra a la verdad y a los principios y sencillamente los sigue. Y más me vale tener cuidado: él es poderoso, ama y haría cualquier cosa por mí, incluso dar su vida por mí, en cierto sentido, como lo hizo por medio de su Hijo; pero también me dará un buen golpe en la cabeza si no tengo cuidado. Y a esa clase de Dios quiero servir. Esa clase de Dios me anima, me estimula a servir, ¿ven?

Y creo que el cristianismo moderno ha perdido eso; muchos de nosotros lo hemos perdido. En nuestro deseo de hacer que Dios sea azucaradamente dulce, meloso y atractivo, lo hemos convertido en ese papá complaciente que nos da cosas cuando se las pedimos. Y si descuidamos ver ese otro aspecto, creo que, en lugar de impulsarnos a la acción, al servicio, a la reverencia, a la santidad, al deseo de servirle y a la diligencia, eso ha neutralizado al cristianismo estadounidense en muchos lugares, y nos ha permitido relajarnos, hacer lo que nos dé la gana, y así sucesivamente; y ese no es el tono de Dios que veo desde Génesis hasta Apocalipsis.

¿Y recuerdan que la semana pasada aludí a eso cuando traté el pasaje de Deuteronomio 21, donde vemos al Dios que ama y reafirma a Israel cuando están en Babilonia, porque los ha castigado, los ha enviado allí y les ha dicho: «Van a quedarse allí durante 70 años»? Pero, al mismo tiempo y en el mismo aliento, también dice: «Pero voy a bendecirlos y conozco los planes que tengo para ustedes, planes para bendecirlos y hacerlos prosperar en vez de destruirlos. Así que tengan esperanza, anímense, trabajen duro, sean emprendedores, porque al concluir esos 70 años voy a llamarlos de regreso, voy a devolverlos a la tierra y voy a bendecirlos nuevamente».

Así que, ya saben, son esos dos lados de Dios los que siempre debemos tener presentes. Y esto es lo que veo aquí. Una de las dimensiones de este pasaje es este conflicto entre el temor y la confianza, la autoridad delegada y la expectativa de rendir cuentas; la expectativa de resultados y, al mismo tiempo, la satisfacción por el esfuerzo, aun si produce resultados diferentes y distintos grados de beneficio para el amo.

Quiero decir, la complejidad del carácter de Dios vuelve a desplegarse aquí muy bien ante nosotros, y ese es un aspecto importante. Así que diría que una de las ideas que extraigo de este pasaje es precisamente nuestra necesidad de recuperar ese sentido de la severidad de Jesús, porque este individuo, este hombre, este personaje principal, se marcha y regresa después de cierto tiempo.

Miren, en el versículo 19 dice: «...después de mucho tiempo, volvió el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos».

Miren, cuando el Señor venga para llevarse consigo a su pueblo, habrá un ajuste de cuentas. No todo será simplemente celebración, ni será solamente un ajuste de cuentas con quienes eran incrédulos. También ajustará cuentas con nosotros. La Biblia habla de un aspecto del juicio al final de los tiempos, cuando Dios nos juzgará, no para enviarnos al infierno o al cielo, porque estamos en Jesús, sino para determinar qué hicimos con los dones que él nos dio.

Ahora bien, aquí resulta un poco problemático porque, ya saben, al final dice: «...Echen a ese siervo inútil afuera, a las tinieblas, donde habrá llanto y crujir de dientes». Es una especie de alusión, una referencia, una referencia velada al infierno. Y no creo que lo que se esté diciendo aquí sea que nuestra entrada en el reino de los cielos dependerá de lo que hicimos, porque sabemos que la entrada en el reino de los cielos depende de si recibimos o no a Jesucristo como nuestro Salvador. Eso es lo que lo determinará.

Pero, ya saben, esto hace que las cosas sean muy complicadas y demasiado extensas para resolverlas esta noche, porque las Escrituras son claras al respecto; sin embargo, hay algo que sí dicen las Escrituras, y esto puedo decírselo con mucha certeza: un día, ustedes y yo, creyentes, hijos de Dios, seguidores de Jesucristo —la Biblia es muy clara al respecto, y no tengo tiempo para darles todas las versiones ni todas las referencias—, también tendremos que comparecer ante el trono de Cristo y habrá una especie de pequeño... Es como un examen: ¿qué hiciste con lo que te di? ¿Cómo usaste tu tiempo? ¿Cómo invertiste los dones que te di?

Y la Biblia también da a entender que habrá como diferentes grados de recompensa. No creo que tengamos más que eso: que los creyentes recibirán distintos grados de reconocimiento dependiendo de cómo trabajaron para el reino, de cómo trabajamos para el reino. Algunos recibirán gran gloria porque le dieron mucho al Señor; entregaron su corazón, sus emociones y sus energías al Reino de Dios; recorrieron el camino, trabajaron arduamente para ver avanzar el Reino de Dios. No pusieron ningún límite entre lo que era de Dios y lo que era suyo. Quiero decir, trabajaron arduamente y recibirán la aprobación entusiasta del Amo.

Y, curiosamente, se les darán ciertas recompensas, lo cual también se sugiere aquí cuando el amo le dice al siervo: «Has sido fiel en lo poco; te pondré a cargo de mucho». En una parábola paralela a esta, en Lucas, capítulo 19, el amo le dice al siervo fiel: «¡Bien hecho, mi buen siervo! Puesto que has sido digno de confianza en un asunto muy pequeño, toma a tu cargo diez ciudades».

Así que se trata de esta idea de que, ya saben, en el reino venidero de Dios recibiremos autoridad. Quiero decir, esa idea que tenemos del cielo según la cual, ya saben, uno recibe una túnica blanca y un arpa, se sienta sobre una nube y toca música por toda la eternidad. Eso es lo más aburrido del mundo que podría imaginar. Creo que quizá esa sea una versión del infierno que alguien confundió y presentó como el cielo.

Pero no es así; eso no es lo que veo en las Escrituras. Lo que veo en las Escrituras es que la vida venidera, el lugar celestial, será un lugar de gran actividad, de gran variedad y diversidad. Conservaremos la dignidad humana, conservaremos el llamado a ser creativos, y habrá diferencias de gloria y autoridad que recibiremos de acuerdo con la manera en que hayamos invertido aquí. Será un lugar de diversidad. Habrá naciones. Las naciones serán reconocidas, tendrán sus nombres, tendrán sus dignidades. Habrá gobierno. Habrá muchas de las mismas cosas que vemos aquí, pero de manera glorificada, despojadas de toda la condición caída, toda la fealdad y toda la pobreza que caracterizan la existencia aquí. Será como tomar una vasija de plata que está totalmente deslustrada y sin brillo y ponerse, simplemente, ya saben, a sacarle brillo, hacerla nueva y devolverla a su condición original de belleza. Así será; por tanto, todas las cosas que vemos aquí en el mundo, creo que de algún modo seguirán existiendo en el cielo nuevo y la tierra nueva, pero de una manera más digna.

Así que ejerceremos autoridad. No sé qué cosas creativas tiene Dios para nosotros, pero sé que son maravillosas, que son emocionantes. Quizá estaremos volando por los planetas y por el universo, haciendo cosas que ahora ni siquiera podemos imaginar. Viviremos una eternidad inmensamente creativa.

Pero gran parte de eso dependerá de cómo invirtamos aquí. Creo que hasta ahí puedo atreverme a, por así decirlo, reflexionar acerca del futuro glorioso que Dios tiene para nosotros. Y pasajes como estos nos dan una idea de ello, ¿ven? Y así, creo que esto es lo que dicen aquí las Escrituras: que dependerá de cómo manejemos aquí, en la vida, lo que Dios nos ha dado.

Y permítanme decirles algo más que veo aquí: estos tres siervos recibieron algo cada uno y, en las Escrituras, por ejemplo, si miran Primera de Corintios, capítulo 12, dice que a cada uno de nosotros se le ha dado la manifestación del Espíritu, lo cual significa, ¿ven?, que cada creyente recibe al Espíritu Santo cuando recibe a Jesús como su Salvador. Tenemos al Espíritu Santo en nosotros. Y es imposible que el Espíritu Santo esté en nosotros sin que se manifieste de algún modo. Y que se manifieste significa el poder del Espíritu, los dones del Espíritu, los atributos del Espíritu. Es imposible contenerlos; cuando tienen al Espíritu de Dios, los dones del Espíritu de Dios también están en ustedes.

Así que cada creyente, todo el que está aquí y cree en Jesucristo como su Salvador, ha recibido el Espíritu Santo y, por tanto, ha recibido algo del Espíritu en su interior. Que ningún creyente diga: «No tengo nada que darle al Señor. No tengo ningún don y simplemente... ya saben». Y muchas veces no lo decimos conscientemente, pero sí lo decimos subconscientemente, y por eso hay muchos cristianos en la iglesia que no hacen nada por el Reino de Dios; simplemente se quedan sentados allí. Vienen el domingo, escuchan una predicación, cantan un par de coros y luego vuelven a casa, y su vida no supone diferencia alguna para el reino. Es porque le están diciendo: «No tengo nada».

Y lo que estos textos me dicen es que Dios le ha dado a cada uno de nosotros un talento, un don, una medida del Espíritu. Ustedes lo tienen. No me importa si es su primer día, si... si acaban de convertirse. Tienen un don, tienen en ustedes la manifestación del Espíritu de Dios y, mucho más importante, Dios espera algo de ustedes.

Escucha eso, creyente. No es opcional. No es solamente para los evangelistas o para los espirituales; Dios espera que ustedes y yo hagamos algo con lo que él nos ha dado. Ese es el tono de este pasaje. Lo que ven aquí en este pasaje es un mercado, una especie de escenario comercial. Tiene un aire empresarial. Quiero decir, hay empleados a quienes se llama siervos y hay un jefe, un director ejecutivo, que es el amo. Hay recursos, recursos económicos —por cierto, eso es hacer algo por el reino. Bien, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco—.

Pequeñas cosas como esa son lo que uno hace para poner su talento a trabajar. Lo que ven aquí es esta idea de transacciones de tipo comercial. Se ve con mucha claridad. Dice: «...Será como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos»; ellos son empleados y él es, como dije, el director ejecutivo; «...y les confió sus bienes». Les confió sus bienes. En otras palabras, miren, cuando un propietario o un jefe confía su dinero, sus instalaciones o sus máquinas a un empleado, este más vale que cuide bien esas máquinas o ese dinero. No los maneje de manera irresponsable. Él espera algo de usted.

¿Ven?, lo expresa con esa terminología porque se supone que debemos aplicarlo a nuestra relación con el reino. Cuando Dios nos bendice con su Espíritu Santo, espera resultados. Nos lo ha confiado. Nos ha encomendado una tarea.

No es algo neutral que Dios simplemente deposita en ustedes de una manera pasiva. No; cuando Dios pone sus dones en ustedes, cuando Dios los llama a su reino, dice: «Quiero que se aseguren de cuidar bien lo que deposité en ustedes y que trabajen con ello. Y en algún momento regresaré, ajustaremos cuentas de esto y veremos qué han hecho con ello».

Ya saben, eso debería volver a llenarnos de ese santo temor. Veo aquí a muchos jóvenes, y no digo esto para asustarlos, aunque quizá debería asustarlos un poquito. Pero todos los que estamos aquí entendemos que, cuando Dios nos llama a su universo, espera obtener beneficio de nosotros. Quiero decir, está poniendo en nosotros algo muy hermoso y sublime, su Espíritu Santo, y regresará cuando llegue ese momento de rendir cuentas, que no sabemos cuándo será, porque de eso se trata una vez más, como ya les dije. No va a decir, como si fuera opcional: «Bueno, ya sabes, ¿hiciste...?». No; vendrá con un tono muy empresarial, abrirá sus libros contables y dirá: «De acuerdo, recibiste el don de la música; bien, ¿qué hiciste con él? ¿Lo usaste solamente para cantar canciones de MTV o lo usaste para llevar a la gente al conocimiento de mi Hijo Jesús?».

«Ah, ¿recibiste el don de ganar dinero? Y sí, fuiste a... Obtuviste un MBA, una maestría en Administración de Empresas, en Harvard; guau. ¡Excelente! Bien, ¿qué hiciste con eso en favor de mi reino? ¿Cómo hiciste avanzar mi reino?». Y tú dices: «Bueno, no sé, quiero decir, iba a la iglesia, echaba un par de dólares en la ofrenda, oraba todos los domingos y sí iba a la iglesia». Y él dice: «No, no, no. Te di la capacidad de ganar dinero y no me importó que te compraras una casa y un automóvil; eso está muy bien. Pero ¿cómo hiciste avanzar mi reino con tu talento? ¿Bendijiste a mi iglesia? ¿Invertiste en mi reino? ¿Diste dinero para las causas relacionadas con la propagación del evangelio? ¿Enseñaste a otros jóvenes, por ejemplo, a salir de la pobreza y convertirse en personas que también ganaran dinero y dieran al reino? ¿Qué hiciste?».

«¡Ah! Aquí veo que se te dio un don intelectual y que podías escribir bien, analizar bien, aprender cosas, leer mucho y retenerlas con la inteligencia que se te dio. ¿Usaste eso únicamente para escribir libros eruditos que acumulaban polvo en el décimo piso del sótano de la biblioteca de una universidad?, ¿o usaste también ese don para iluminar a las personas, ampliar su comprensión del Reino de Dios y convertirte en apologista de los valores del Reino de Dios, aun mientras desempeñabas tu función académica secular? ¿Usaste tu intelecto para dar solidez a las enseñanzas del evangelio y defender la fe, aun mientras ejercías tus dones académicos en el mundo universitario?».

En otras palabras, tienes un don, seas joven, mayor, adulto o lo que sea; ¿cómo estás usando ese don para hacer avanzar el Reino de Dios? Hay una parte que es ineludible. Todo lo que tienes pertenece al Reino de Dios y, por tanto, todo debería rendir algún interés al reino: tu dinero, tu intelecto, tu apariencia, tus energías, las experiencias que has tenido, los privilegios a los que has tenido acceso a lo largo de tu vida; todo. Siempre deberías darle una parte al Reino de Dios, siempre, siempre, porque en algún momento Dios te preguntará: «¿Qué hiciste con los dones que te di?». No hay excusas, no hay excusas. Debes hacer algo con ellos.

Ya saben, voy a comenzar a concluir, pero una de las muchas cosas que me conmueven acerca de esto es la manera en que Dios lo expresa, nuevamente, en una parábola paralela del libro de Lucas; aquí hay algo que siempre me ha impactado al meditar en estos pasajes. Dice: «Un hombre de la nobleza se fue a un país lejano para ser nombrado rey y luego regresar».

Es lo mismo, pero Jesús lo expresa de una manera diferente. Así que llamó a diez de sus siervos y les dio diez minas. Dice: «Pongan este dinero a trabajar —dijo— hasta que yo regrese; pongan este dinero a trabajar —dijo— hasta que yo regrese».

Esa es la Nueva Versión Internacional. La idea que encierra en el griego original la palabra que en esta versión se traduce al inglés como «pongan mi dinero a trabajar» —y, por cierto, según entiendo, ese es el único lugar de todo el Nuevo Testamento donde se usa esa palabra— es: «comercien hasta que yo regrese». En español, la idea es: «Manténganse ocupados hasta que yo regrese». Es una frase tomada del mundo de los negocios. En la antigua versión inglesa, creo que en la versión King James, dice: «Ocúpense hasta que yo venga».

Pero la idea básica es, ya saben, invertir, involucrarse en iniciativas emprendedoras, comerciar, usar la imaginación. Es una asignación general. Miren, el señor no les dice específicamente a los siervos qué deben hacer. No les dice, ya saben, que construyan un negocio, funden un banco, instalen una planta de fabricación ni nada por el estilo; simplemente les dice: «Comercien», manténganse ocupados, involúcrense con lo que les he dado y asegúrense de devolverme ganancias.

Ya saben, como buen ejecutivo, ha delegado de acuerdo con un principio rector y ha establecido ciertas expectativas generales; luego dice: «Ahora depende de ustedes cómo lo hagan. No voy a dedicarme a supervisarlos hasta el más mínimo detalle. Ahora usen su imaginación, sigan adelante y háganlo, y cuando yo vuelva, veamos si pueden entregarme ganancias». Lo único que quiere son ganancias conforme a ciertas pautas que les ha dado.

Por cierto, así es como se administran las corporaciones, las buenas corporaciones. Hay una junta directiva que establece ciertas directrices, ciertos lineamientos o ciertos principios básicos, y luego se supone que el personal y los propietarios deben ponerlos en práctica y volver para entregarles ganancias a los miembros de la junta y a los accionistas.

Y, ya saben, así es como Dios trata con ustedes y conmigo. Dios les ha confiado un don, una bendición, una misión, una dotación de energía, creatividad, poder y talento. Y él dice: «Mira, puedes usarlo como quieras, y de vez en cuando voy a sentarme contigo a una mesa, vamos a tomar una taza de café y vas a decirme qué recursos podrías necesitar; vas a decirme, a la luz de tu vida, de las distintas circunstancias de tu vida y del punto en que te encuentras, qué puedes hacer, qué no puedes hacer, cómo puedo ayudarte y cuáles son tus temores. Mientras vayas a la universidad y comiences un oficio o una profesión, mi Espíritu estará contigo; yo te bendeciré, te sustentaré, te respaldaré al cien por ciento y te daré más recursos. Ministraré a tu vida, perfeccionaré tus habilidades, te bendeciré y te haré pasar por pruebas para hacerte mejor. Estaré comprometido contigo, pero también te daré la libertad de decidir cómo vas a producir ganancias para mi reino con lo que te he dado».

Ese es un pensamiento maravilloso; quiero decir, también me llena de un gran sentido de responsabilidad. Está el hecho de que, ya saben, por una parte Dios me respeta tanto que no me convierte en un robot ni me dice: «Tienes que ir aquí y allá, y aquí y allá, y luego hasta aquel lugar». Él dice: «No, simplemente involúcrate en los negocios. Corre riesgos, sé creativo, sé emprendedor, toma la iniciativa, inventa cosas, atrévete a experimentar e incluso a fracasar; no pasa nada. No te preocupes por eso; mientras tu corazón esté en el lugar correcto, yo te respaldaré al cien por ciento. Sé creativo».

Miren, Dios les delega su poder y sus dones. Lo único que quiere que hagan es que se aseguren de trabajar para producirle ganancias, y eso es realmente todo lo que quiere. Quiere que se comprometan a producir ganancias para él, para su reino y para sus intereses. Si ve eso dentro de ustedes, ustedes y él están bien.

Les digo que en mi vida veo que Dios nos llama con una claridad cada vez mayor. Es una obsesión rectora de mi vida y de mi ministerio: tengo que experimentar con cosas. Tengo que colocar pequeñas porciones del dinero, del capital que Dios me ha dado, en distintos lugares, como pequeñas bombas de tiempo que espero que exploten en el momento indicado. Siempre estoy experimentando con toda clase de cosas. No estoy seguro de qué es lo que Dios quiere que haga, pero lo único que sé es que no puedo quedarme quieto, porque él ha dicho: «Mantente ocupado hasta que yo venga. Comercia, invierte, sé creativo, sé audaz, porque eso es lo que espero de ti».

Así que tengo una misión, pero también tengo mucha libertad, y eso debería llenarlos de gran optimismo y creatividad. Atrévanse a hacer cosas para el Señor. Quiero decir, ya saben, en la escuela pregúntenle al Espíritu Santo: «¿Cómo puedo servirte? ¿Cómo puedo ser evangelista? ¿Cómo puedo llevar a otros al conocimiento de Jesucristo?».

Si Dios les ha dado un don atlético, ¿cómo pueden usar ese don allí? Quiero decir, en su trabajo, dondequiera que sea. Muchos de nosotros no recibimos más del Espíritu Santo porque no tenemos este deseo, este abrumador sentido del deber hacia el reino, y eso es en realidad todo lo que Dios quiere. Cuando comenzamos a invertir y a hacer cosas, Dios nos envía su energía y sus dones ilimitados. Y dice: «Sí, sigue adelante, sigue adelante; estoy contigo al cien por ciento. Inténtalo, no te preocupes. Si fracasas, si caes, simplemente levántate, límpiate las rodillas y sigue adelante con el próximo experimento».

Eso es lo que él quiere, y no va a faltarles el respeto diciéndoles al cien por ciento lo que tienen que hacer. Los ama demasiado. Los respeta demasiado. Tiene un concepto demasiado elevado de la dignidad de ustedes; pero les da una zona de acción y les dice: «Muévanse dentro de esa zona y no se preocupen; yo los respaldo».

Miren, termino con eso porque este es el problema en todo esto. Esta parábola en realidad no trata tanto de los hombres que fueron fieles como de aquel hombre que fue infiel. Creo que ahí está el patetismo, el dramatismo de esta parábola: en el hecho de que este hombre permitió que el temor lo congelara, lo paralizara y le impidiera actuar. Y, ya saben, muchas veces eso es lo que nos mata en el reino: este temor de que no sé qué hacer. No tengo las habilidades, no tengo los dones. Quiero decir, ¿quién soy yo? Soy un… ya saben, un pedazo de metal inútil e inerte tirado en el suelo. Y Dios dice: «No, eres un instrumento exquisito que tiene mi Espíritu dentro de sí, y quiero que te atrevas a hacer cosas, a creer en lo que te he dado, en lo que he invertido en ti».

Y por eso se produce todo el drama al final, cuando viene este tercer hombre y dice: «Señor, tuve miedo de ti» —ahí está la palabra “miedo”—, «tuve miedo de ti porque eres un hombre duro: sacas lo que no pusiste y cosechas lo que no sembraste».

Observen que el señor no lo contradice. Es un hombre de negocios severo, pero lo importante aquí es que también es muy justo: a aquel a quien le dio cinco talentos le dio más, de modo que pudo entregarle más. El hombre a quien le dio dos talentos recibe la misma reacción entusiasta. Le dice: «Bien hecho, mi buen siervo; porque has sido digno de confianza en un asunto muy pequeño, serás bendecido» —eso aparece en el relato de Lucas—. En el otro ocurre lo mismo: «Bien hecho, siervo bueno y fiel; has sido fiel en unas pocas cosas, te pondré a cargo de muchas. Ven y comparte la felicidad de tu señor».

Les dice exactamente lo mismo a los dos hombres que fueron fieles, aunque entregaron resultados radicalmente diferentes: uno entregó dos veces y media más que el otro. Y, sin embargo, ambos disfrutaron de la misma clase de aprobación entusiasta por parte del señor. No se trata, ya saben, de cuánto le devuelven al Señor. Se trata de cuánto esfuerzo hacen, cuán puro es su corazón para el Señor, cuán intenso es su deseo de agradarlo y servirlo, y qué hacen con lo que se les ha dado: si es poco, está bien; si es mucho, está bien.

Quiero decir, es impresionante pensar que los multimillonarios, los cristianos que han dado decenas de millones de dólares al reino para financiar cátedras en seminarios y universidades cristianas, y para construir gimnasios y toda clase de cosas, probablemente recibirán del Señor el día del juicio la misma reacción que algún cristiano que dio con sacrificio diez o veinte dólares, el diezmo que podía dar un domingo, y que se dedicó simplemente a servir como ujier en la iglesia o a orar por la gente. La persona cuadripléjica en su silla de ruedas que no podía hacer mucho para el Señor, pero que oraba fielmente e intercedía por la iglesia y por las personas lo mejor que podía, recibirá tanto como el evangelista que viajó por todo el mundo predicando y que llevó a miles de personas al Señor.

Las Escrituras me dicen que ambos recibirán la misma aprobación entusiasta del señor. «Has hecho bien; ven y disfruta de la bendición. Ven y disfruta del placer; ven y disfruta de la aprobación y la aceptación de tu señor».

Así que, gente, no se trata de que se paralicen pensando: «¿Haré mucho o haré poco?». Nunca permitan que el temor o el pesimismo les impidan intentar grandes cosas para el Señor y hacer lo que tienen a su alcance.

Cuando miran las Escrituras, muchas veces ven esta idea: el Señor le pregunta a Moisés: «¿Qué tienes en la mano?». Les dice a los discípulos: «Vayan a ver qué hay entre ustedes». Ellos vuelven con cinco panes y dos peces, y él dice: «Eso es suficiente; con eso voy a bendecir a toda la multitud».

Ahora bien, este hombre permitió que el temor lo venciera y no se atrevió a correr el riesgo de perder el don que Dios le había dado; así que simplemente lo tomó, lo escondió y lo devolvió intacto. Bueno, yo podría decir: «Bueno, ¿qué hay de malo en eso? Quiero decir, al menos le devolvió el dinero que había recibido». No es suficiente.

Miren, si todo lo que pueden ofrecerle a Jesucristo cuando venga en su gloria es simplemente quienes eran y la manera en que él los bendijo cuando los llamó a su reino, y no han hecho nada para hacer avanzar su reino, es como si hubieran desperdiciado los recursos del señor. Él estará enojado. Entrarán al cielo, pero entrarán con una sensación de tristeza en el corazón porque no cuentan con la aprobación del señor. Será simplemente porque tienen un pasaporte, está sellado y pueden entrar.

¿Cuántos creyentes, en el día del ajuste de cuentas, entrarán en el reino de los cielos y en la eternidad con cierta clase de tristeza, en lugar de entrar con todo el gozo que deberían estar experimentando por haberse esforzado y haber trabajado arduamente para el reino aquí en la tierra?

Quiero decir, no sé qué piensan ustedes, pero cuando muera quiero morir con esta sensación: «Hombre, hice un buen intento. Hice lo mejor que pude y quizá causé algunos desastres y fracasé varias veces, pero usé lo que el Señor me dio, invertí, corrí riesgos, di pasos de fe y estuve inquieto por el Señor»; y eso me permitirá entrar en esa tierra extranjera y desconocida con cierta expectativa.

Cuando entre en el reino de los cielos, en la eternidad, quiero entrar con el gozo y la celebración de haber hecho lo mejor que pude. ¿No querrían hacer eso ustedes también? Nunca permitan que el temor los paralice. Nunca permitan que la baja autoestima los paralice. Nunca permitan que los paralice la idea de: «Ay, en mi familia nadie ha hecho nunca nada grandioso y, por lo tanto, estoy condenado a lo mismo». Ese es un espíritu mortal que no tiene cabida en el corazón de un hijo de Dios. Se les ha dado algo hermoso, poderoso, irresistible y sublime; si lo ponen a trabajar, dará fruto, así que asegúrense de esforzarse por hacerlo. Inténtenlo. Eso es todo lo que Dios quiere que hagan. Inténtenlo. Y al final verán que Dios no defraudará a quienes confiaron en él.

Esta noche los estoy llamando a una vida de inversión, ejercicio y emprendimiento en el reino de Dios, a comprender la enorme, hermosa y sublime responsabilidad que Dios les ha confiado. Almas que necesitan oír la palabra de salvación. Instituciones que necesitan ser bendecidas con sus dones. Una iglesia que necesita ser avivada. Un evangelio que necesita ser predicado de toda clase de maneras. Asegúrense de usar lo que tienen para el reino de Dios. Dios espera que lo hagan. No tengan miedo. Simplemente hagan lo mejor que puedan, y eso será suficientemente agradable para el señor.

Pongámonos de pie por un momento, por favor. Centrémonos en la seriedad del caminar cristiano. Centrémonos en ese maravilloso Señor que tenemos, digno de todo nuestro respeto. No lo subestimemos. No minimicemos su gloria, su imponente respetabilidad, por así decirlo. Veámoslo tal como es. Es él quien nos ha confiado sus bienes, sus talentos y sus dones, y nuestro respeto por él debería ser tal que nos aseguremos de pasar el resto de nuestra vida ocupados hasta que él venga.

No sabemos cuándo va a venir. Puede venir mañana. Puede venir antes de que termine esta oración. Puede venir dentro de cincuenta años, dentro de cien años. No lo sabemos, y la Biblia es muy clara al respecto. Este pasaje dice que «se fue por mucho tiempo». Sea cual sea el tiempo, dure lo que dure su vida, quizá tengan por delante 50 o 70 años más, 60 o 40; asegúrense de que esos 30, 40 o 50 años de su vida estén bien invertidos. Que cada día los encuentre trabajando para el reino de Dios.

Solo quería contarles algo. Esta semana oficié un funeral que realmente me impactó, el de una abuelita guatemalteca que murió el domingo pasado por la noche. Era una mujer activa, activa, activa, hasta el último momento. Nunca se detenía. No sé si conocemos a alguna abuela guatemalteca así, ya saben. Y ella no se sentía bien el sábado por la noche y llamó a la directora del ministerio de niños; por lo general ministraba a los bebés en el piso de arriba. Llamó y dijo: «No me siento bien, no puedo… quizá no pueda ir mañana». Y la directora del ministerio de niños le dijo: «Quédese en casa y descanse. De verdad, si no se siente bien, simplemente quédese en casa y descanse. No pasa nada; conseguiremos a otra persona para que la reemplace». Y entonces, el domingo por la mañana, allí estaba ella, arriba, cuidando a los bebés y atendiendo a los niños. Había un par de bebés a los que nadie lograba calmar. No hacían más que llorar, llorar y llorar, excepto cuando estaban con ella. Ella los tomaba en brazos, ellos se calmaban y la mamá entraba al servicio. Y ella era saludable, bastante saludable; no se sentía bien, pero estaba muy activa. Y entonces murió esa noche, de repente.

Y una parte de mí piensa, quiero decir, fue trágico. Fue una conmoción, pero al mismo tiempo pensé: ¿cómo quiero pasar el último día de mi vida? Ella pasó el último día de su vida sirviendo al Señor y, en su funeral, solo tenía un hijo en Estados Unidos, un solo hijo, nada más. Y pensé: este va a ser un funeral pequeño. No va a haber demasiada gente. Debía de haber por lo menos ciento cincuenta personas abarrotando el lugar; estábamos desbordados, no había suficientes sillas. Es porque limpiaba las casas de distintas familias de Boston, personas con las que apenas hablaba inglés, pero todas aquellas familias lloraban como si hubieran perdido a una madre y decían: «No sé cómo vamos a acostumbrarnos a esto». Y seguía estando a rebosar, y pensé: Dios, ¿cuánto vale mi vida? ¿Cómo será cuando llegue mi hora? Y, Dios, quiero ser exactamente como ella. Quiero seguir dándolo todo hasta el final por ti y por tu reino. Y ella era tan... la gente apenas sabía todo lo que hacía.

Yo no tenía ni idea; una persona tras otra se acercaba a mí y me decía: «Ella hizo esto por mí, hizo aquello por mí». Y pienso: no quiero desperdiciar ni un minuto, y aquí hay muchos jóvenes, y Satanás dice una mentira: que simplemente puedes desperdiciar tu... Simplemente haz lo que quieras, sal ahí fuera, vive a tu manera, y luego, cuando seas viejo, puedes hacerte cristiano antes de morir».

Dios está diciendo: «No desperdicies tu juventud». Este mensaje viene del Señor, pero el pastor lo compartió. Yo hablé sobre el mismo texto en aquel funeral y sentí que nos estaba hablando a mí y a nosotros: no desperdicies tu juventud, no desperdicies ni un día. Haz que cuente. Haz que cuente para el Señor.

Así que simplemente nos desafío a responder de verdad a este mensaje. Dios nos está hablando esta noche. Así que, al entrar en este tiempo de adoración, simplemente los animo a decir ante el Señor: «Dios, quiero hacer que cuente. Quiero hacer que cuente ante ti».

Así que oremos y luego pasaremos a la adoración. Que todos cierren los ojos y: Padre, venimos ante ti ahora mismo y, Padre, hemos buscado hacer que cuente para ti, Señor Dios. Padre, sabemos que en aquel día muchos de los últimos serán primeros y los primeros serán últimos, Señor Dios; y, Padre, queremos usar para ti, para tu reino y para servir a los demás lo que nos has dado, Señor Dios. No queremos desperdiciar ni siquiera un día, una semana ni un año de nuestra vida, Señor Dios, porque vienes pronto. Señor Jesús, has sido generoso con nosotros; Señor Dios, te ruego que nuestra vida sea valiosa y relevante a la luz de la eternidad, Señor Dios.

Padre, haz que nuestra vida cuente y sea relevante para propósitos eternos, Señor Dios. Permítenos tener un tesoro en el cielo que sea genuino, que sea de verdad, Señor Dios, sea cual sea la manera en que nos hayas llamado a hacerlo, Señor Dios, para que nuestra vida tenga sentido ante ti. Nos ofrecemos ante ti.

Danos valor para permitir que el temor o la inseguridad paralicen, Señor Dios. Recibimos esta palabra. Viene de ti hoy, y la recibimos, venimos ante ti y decimos: «Señor, aquí estamos. Úsanos para tus propósitos, Señor Dios». Amén.