Lucas 16

Dr. Roberto Miranda

Autor

Dr. Roberto Miranda

Resumen: Dios confía a cada uno de nosotros dones, capacidades, tiempo, energía y recursos, y espera que los usemos para el beneficio de su reino. Por tanto, el servicio cristiano no es opcional ni pasivo: tendremos que rendir cuentas de cómo administramos lo que pertenece a nuestro Señor. No debemos permitir que el temor nos lleve a enterrar nuestros dones, sino desarrollarlos mediante un esfuerzo diligente, creatividad y dependencia del Espíritu Santo. No se elogia la mala conducta del administrador deshonesto, sino su astucia, previsión, planificación y acción decidida. Debemos aplicar fielmente esas cualidades: pensar estratégicamente, prepararnos, reconocer las oportunidades, presentar el evangelio de manera apropiada a cada persona y gestionar los ministerios con excelencia e integridad. En vez de limitarnos a improvisar, debemos imaginar cómo puede usarnos Dios, formular planes y cultivar nuestras capacidades con el paso del tiempo. Incluso la pobreza, el fracaso, los defectos y otras limitaciones pueden convertirse en recursos para el reino en las manos de Dios. Puesto que nuestras capacidades nos han sido prestadas y no nos pertenecen, debemos aceptar con alegría nuestra responsabilidad, hacer lo mejor que podamos y procurar una vida cristiana activa que beneficie al reino de Dios y no solamente a nosotros mismos.

Los invito a buscar conmigo Lucas, capítulo 16, y vamos a ir a los versículos del 1 al 9. Decidí continuar con este tema de la mayordomía y de la buena administración de los bienes de Dios. Así que pensé que sería bueno y, en cierto modo, esclarecedor ver dos parábolas que Jesús relató sobre el mismo tema. Trataré de recordarles —por supuesto, sé que mi último sermón está firmemente grabado en su mente y en su sensibilidad, y que recuerdan cada palabra—, pero trataré de recordarles solo un poquito, simplemente para ser redundante. Pero pensé que sería un buen contraste entre las dos.

Entonces, Lucas, capítulo 16; comencemos con el versículo 1, y aquí dice que «…Jesús les contó a sus discípulos: Había un hombre rico cuyo administrador fue acusado de malgastar sus bienes. Así que lo llamó y le preguntó: “¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Rinde cuentas de tu administración, porque ya no puedes seguir siendo administrador”. Entonces el administrador se dijo a sí mismo: “¿Qué haré ahora? Mi amo me está quitando el trabajo; no tengo fuerzas para cavar y me da vergüenza mendigar. Ya sé lo que haré para que, cuando pierda mi trabajo aquí, la gente me reciba en sus casas”. Así que llamó a cada uno de los deudores de su amo y le preguntó al primero: “¿Cuánto le debes a mi amo?”. “Ochocientos galones de aceite de oliva”, respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate enseguida y escribe cuatrocientos”.

Luego le preguntó al segundo: “Y tú, ¿cuánto debes?”. “Mil fanegas de trigo”, respondió. Él le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochocientas”. El amo elogió al administrador deshonesto porque había actuado con astucia, pues la gente de este mundo es más astuta en su trato con los de su propia clase que la gente de la luz. Yo les digo: usen las riquezas mundanas para ganarse amigos, a fin de que, cuando estas se acaben, sean recibidos en las moradas eternas”».

Alabado sea el Señor por su palabra. De nuevo, como les dije, pensé que sería interesante que contrastáramos las dos parábolas.

Greg, ¿por qué no vienes aquí rápidamente? Voy a ponerte en un aprieto por un momento y te necesito aquí porque necesitamos el micrófono, para hacerlo un poco más dinámico. Pero quizá Greg, por ser pastor y predicador, pueda darnos un resumen rápido de lo que recuerda; quiero decir, tal vez en dos o tres frases. Simplemente sitúanos con respecto a lo que hablamos el sábado pasado, ya sabes, lo que recuerdas y cómo te impactó, lo que sea. Y luego trataremos de retomar el tema desde allí.

Así que adelante. Hagamos de esto un trabajo en equipo.

Este puede ser un momento sumamente vergonzoso, así que es bueno que, por casualidad, recuerde lo que hablamos la semana pasada. La semana pasada fue la parábola de los talentos, ¿recuerdan? En ella, el supervisor les da cierta cantidad de talentos a cada uno de sus distintos empleados y luego les exige que rindan cuentas de cómo utilizaron lo que se les había dado.

Y algunos de ellos, bueno, habían hecho negocios, habían invertido y habían ganado más dinero; y luego estaba el hombre que tuvo miedo y lo enterró. Dijo: “No, tuve miedo, así que simplemente escondí lo que me diste, y aquí lo tienes de vuelta”. Y ese hombre se metió en graves problemas.

Y realmente me impactó porque recuerdo que la semana pasada me levanté y estuve hablando atropelladamente de que yo había… durante esa semana había oficiado el funeral de una mujer que era simplemente una damita tranquila y humilde, que servía discretamente y había tocado cientos de vidas en esta congregación y por todo Boston, y uno nunca se habría dado cuenta. Quiero decir, apenas… apenas se notaba que estaba allí. Cuando falleció, tenía un hermano que vivía aquí y su funeral estaba repleto de cientos de personas que hablaban de todas las cosas que ella había hecho para bendecirlas; y recuerdo que el último día de su vida lo había pasado cuidando niños aquí en la iglesia, en el nombre de Jesús. Y pensé: “Dios, esa mujer fue fiel; utilizó lo que tú le habías dado y marcó una diferencia en el mundo”. Y pensé: ¿qué hago yo con el tiempo y las energías que Dios me ha dado? ¿Estoy invirtiéndolos, los estoy usando en cosas que realmente son relevantes a los ojos de Dios?

Así que eso es lo que recuerdo de la semana pasada; no sé si eso era lo que querías decir, pero eso es lo que yo recuerdo.

Sigue predicando el sermón ahora; quiero decir, lo hiciste muy bien. Ahora tú, en cierto modo, me has puesto a mí en un aprieto. Ahora siento que de veras tengo que hacer un esfuerzo adicional. Gracias, eso estuvo perfecto.

Saben, toda la idea sobresaliente… era este sentido de que el Reino de Dios es un asunto serio. No sé si percibieron eso con claridad a partir del ambiente que estableció aquella parábola. El hecho de que el amo trajera ante sí a sus mayordomos, a sus siervos, y fuera como: “A ver, ríndanme cuentas”; se trataba de negocios. Y no era algo opcional. Este hombre, este empresario, esperaba un rendimiento de su inversión. Les dio algo, les confió algo —esa es la palabra que se utiliza en las Escrituras— y esperaba que le produjeran ganancias.

Y estamos hablando del hecho de que lo que Jesús pretendía decir era que cada uno de nosotros, así como cada uno de estos siervos recibió un don, o una inversión, una porción de capital, cada uno de nosotros ha recibido de Dios, junto con el Espíritu Santo, un don, alguna capacidad, algún talento. Con el Espíritu Santo viene una dotación de poder.

El libro de Primera de Corintios habla de la manifestación del Espíritu, y Dios nos dice que, cuando él entra en nosotros, viene con capacidades, con dotaciones de poder y dones que espera que pongamos a trabajar mientras estamos aquí en la tierra.

Así que, saben, tenemos que abandonar esta idea de que el cristianismo consiste simplemente en decir: “Bueno, Dios me da algo, yo vengo a la iglesia para recibir algo y acepto a Jesucristo para ser salvo e ir al cielo, y para que me den dinero, me proporcionen comodidades, me den salud, y así sucesivamente”. Sí, todas estas cosas son aplicables, pero Dios también nos da sus bendiciones para que nosotros, como cristianos, podamos aportar algo a cambio al Reino de Dios.

Mientras estamos aquí en la tierra, se espera que trabajemos. Y así, cuando comparezcamos ante el reino, recuerden que hablamos de ese tribunal de Cristo, donde la Biblia habla de que los creyentes serán llevados ante Jesús para rendir cuentas de cómo actuaron aquí en la tierra y de lo que hicieron con lo que se les había dado.

Y, saben, está claro que no podemos permitir que el miedo nos detenga. Esta noche puse a Raquel en un aprieto porque no le gusta hablar en público, y le dije: “Raquel, sube y da el anuncio”. Saben, es esta idea: recuerdo que cuando comencé a predicar estaba muerto de miedo, porque había tenido delante de mí a dos predicadores increíblemente buenos que habían sido los pastores —y uno de ellos, el pastor encargado de la predicación— de la iglesia en la que ahora yo, como joven aspirante a pastor sin capacitación, estaba; así que tenía esa sombra sobre mí. Dos predicadores verdaderamente sobresalientes, y aquí estaba yo, saben, avanzando a trompicones con la Biblia; y recuerdo que cada domingo, cuando mi automóvil doblaba la esquina hacia la calle de la iglesia, era como si se me hiciera un nudo en el estómago. Y experimenté eso durante meses y meses y meses, hasta que finalmente comencé a relajarme, y así sucesivamente.

Este mayordomo, el mal mayordomo, el mal siervo, permitió que el miedo lo paralizara, y Dios dice: “No, no permitas que el miedo te detenga. Tienes que esforzarte. Te he dado un don y debes trabajar en él y desarrollarlo”.

Así que esta idea de servir al Reino de Dios no es opcional para ninguno de nosotros, y ese es un concepto importante que quería desarrollar con ustedes. Así que, saben, me gusta esta segunda parábola porque en ella vuelven a aparecer los mismos temas una y otra vez. Y eso indica que era algo que Jesús tenía muy presente. No era una coincidencia.

Miren, cuando Jesús presenta la misma clase de conceptos una y otra vez, eso les indica que están captando algo que es muy importante. Así que aquí ven la misma clase de idea: en primer lugar, este sentido de rendir cuentas. En esta parábola, este administrador —y me gusta la palabra administrador porque realmente se relaciona con los tiempos modernos—. Mayordomo es una palabra algo más arcaica, pero administrador sí la entendemos, y una mujer como Susan… comprendería este lenguaje del mundo de los negocios.

Este administrador es llamado por su amo, por su jefe, para rendir cuentas del uso de los bienes de su amo. Y este ha oído informes y ha recibido indicios de que el mayordomo no está utilizando debidamente los bienes de su amo. Así que siempre está presente esta idea: ¿estoy utilizando debidamente los dones que mi Padre me ha dado, los beneficios, las bendiciones que Dios me ha dado?

Esto da la idea de que Dios nos está observando; quiero decir, no en el sentido de que tenga un látigo en la mano, sino que Dios está interesado en saber: ¿qué estoy haciendo? Cada día tengo que hacerme esa pregunta como cristiano. Saben, ¿estoy aprovechando mi vida al máximo? ¿Estoy utilizando debidamente los bienes de Dios? ¿Estoy invirtiendo? ¿Me estoy esforzando? ¿Estoy siendo emprendedor? Porque es una pregunta crucial: a Dios le interesa cómo nos está yendo con sus bienes. Y ese concepto es tan crucial que vemos a Jesús utilizándolo en dos ocasiones.

También me impacta, en esta parábola, lo que dije antes: el uso del lenguaje del mundo de los negocios; es lenguaje empresarial. Saben, administrador —en realidad, la palabra griega para administrador es oikonomos, de donde provienen las palabras economía o economista—. Es esta idea de alguien que dirige una casa y administra los bienes de la casa. Esta idea de rendir cuentas, la idea de posesiones y riquezas, de deudas, de tomar un recibo y reducirlo a la mitad, y así sucesivamente. Todo esto es el lenguaje del mercado, el lenguaje de los negocios. Y, en cierto sentido, saben, el Reino de los Cielos y la vida cristiana son algo parecido a un negocio.

Se les da algo y tienen que trabajar, tienen que invertir, tienen que ser emprendedores, tienen que ser diligentes al respecto; todas estas cosas se expresan aquí. Lo que me gusta de esta parábola es que, por encima de todo lo demás, les presenta una clase de mentalidad que deben adoptar como cristianos. En realidad, eso es lo que creo que constituye la esencia de esta parábola. Nos llama a adoptar una perspectiva, una manera de ver las cosas, una manera de hacer las cosas. Y voy a recalcar eso un poco más.

Pero, saben, creo que debemos adoptar esta actitud empresarial en el Reino de Dios. Creo que, como creyentes, muchas veces somos muy negligentes, muy poco rigurosos, muy informales respecto de los dones que hemos recibido, de la seriedad del Reino de los Cielos y de Dios, y de lo serio que es servir a este Dios que nos ama, pero que también espera que trabajemos en su favor; por eso debemos cambiar nuestra actitud, y esto es lo que Jesús está diciendo. Cuando dice: “Los hijos de este mundo son mucho más astutos en su trato con los demás que los hijos de luz”, estaba destacando algo; era una afirmación muy críptica, pero significa muchísimo.

Y creo que consiste en esta idea de que los hijos de este mundo son mucho más diligentes, sagaces y empresariales; actúan con mayor determinación, planifican más, se preocupan más por ganar dinero y obtener beneficios que los hijos del Espíritu, quienes son mucho más, saben, despreocupados y de la actitud de: “Sí, si puedo, lo haré; si no, no pasa nada, porque Dios es bueno y Dios me ama”. Y Jesús está diciendo: “Nosotros, como hijos del Espíritu, tenemos que adoptar la misma clase de actitud diligente que muestra aquí el siervo”.

Saben, creo que uno de los grandes problemas que veo muchas veces entre la gente del reino, en la iglesia y entre los ministros, y así sucesivamente, es esta falta de excelencia, esta falta de diligencia respecto del Reino de Dios. Saben, cuando observo a las personas del mundo empresarial, veo exactamente lo contrario. Quiero decir, si no le produces ganancias a la empresa, te despiden, así que tienes que estar trabajando en ello, saben, todo el tiempo. Tienes que estar tratando de ganar dinero. Tienes que estar planificando cómo combinar esto.

Saben, se estrena una película, McDonald’s compra los derechos de la película y luego comienza a hacer hamburguesas que se parecen al personaje principal de la película. O, saben, se hace una caricatura basada en la película porque produce dinero, y entonces piensan: “Ah, podemos ganar más dinero”. O, saben, llega la secuela; es esta dinámica. Saben, la gente siempre está pensando: ¿cómo puedo proveer algo? ¿Cómo puedo satisfacer una necesidad? ¿Cómo puedo sacarle dinero a la gente? ¿Cómo puedo crear un producto que genere una necesidad que me permita ganar dinero con él?

Quiero decir, esa es una actitud muy emprendedora, una actitud muy diligente. Y Jesús está diciendo: “Saben, deben trasladar esa misma clase de diligencia a las cosas del Reino de Dios. Deben estar igual de atentos. Deben ser igual de activos para producir ganancias para el Reino de Dios. Deben adoptar esa misma clase de mentalidad, esa misma perspectiva empresarial, de modo que, si invierten mucho, puedan sacarle mayor provecho a su dinero. Si son creativos y diversifican sus talentos, pueden sacarles mayor provecho”.

Saben, hoy tuvimos aquí en la iglesia un evento evangelístico; las mujeres organizaron un evento evangelístico. Recuerdo que hace un tiempo hablé con mi esposa y le dije: “Oye, ¿por qué no hacemos algo simplemente para invitar a mujeres y establecemos que el precio de entrada sea traer a una amiga, traer a alguien que no conoce al Señor?”. Y comenzamos a experimentar con esa idea hace unos cuatro eventos, y Dios ha producido tal fruto mediante estos esfuerzos que es sencillamente asombroso.

Hoy tuvimos unas 120 mujeres que asistieron a ese evento. Y hubo un almuerzo en el que una mujer dio una exposición sobre cómo hacer arreglos florales, y la idea es cómo hacer brotar belleza de tu vida por medio de la persona de Cristo que está en ti. Otra mujer dio testimonio de lo que Dios había estado haciendo en su vida y de cómo Dios había atendido hasta los más mínimos detalles al encaminar su vida. Saben, como resultado de ese evento, creo que fueron 15 mujeres las que recibieron a Jesús como su Salvador, y unas 40 mujeres, treinta y tantas mujeres que no conocían al Señor, vinieron por primera vez a la iglesia.

Y así, saben, uno ve que de una sola idea, de un solo evento, se obtuvo tanto fruto. Y ya estamos hablando de ir este verano a un festival de aquí, que se llama el Festival Puertorriqueño, donde miles de latinos van a Franklin Park durante 3 días, y ya estamos haciendo planes: ¿cómo podemos aprovechar esa oportunidad? Ya hemos comprado un puesto allí y estamos planificando cómo podemos sacar fruto de eso para el reino. Cómo podemos traer personas al reino, haciendo publicidad, consiguiendo algo de comida para las personas que vayan a visitarnos, preparando toda clase de exhibiciones y demás.

Saben, creo que eso es lo que Dios quiere que hagamos: que seamos activos, que estemos atentos a las oportunidades y que invirtamos en el Reino de Dios de toda clase de maneras creativas. Es una perspectiva, es una mentalidad.

Ahora, veamos por un momento lo que hace el mayordomo, este administrador, y veamos cómo podemos imitarlo en ese sentido y cómo su conducta ilustra lo que estoy diciendo. Ustedes ven que a este hombre su amo lo descubre; en cierto modo es un personaje ambivalente, porque, por una parte, no resulta muy atractivo, ya que ha estado administrando mal, y probablemente robando, esa es la palabra, los bienes de su dueño. Así que lo descubren y está en graves problemas. Ahora bien, él sabe que se acerca el día de rendir cuentas. Entonces, ¿qué hace? Esto es lo que Jesús destaca. En lugar de presentar su renuncia sin más: bueno, me van a despedir y eso es todo. Pues, qué lástima. En vez de adoptar una actitud fatalista y derrotada y quedarse simplemente como diciendo: bueno, ¿qué puedo hacer? Me descubrieron y simplemente voy a renunciar, trama un plan, se pone en acción y comienza a pensar: bueno, la verdad es que, físicamente, estoy demasiado acostumbrado a la buena vida, así que ni pensar en ir a trabajar en la construcción; eso queda descartado; y soy demasiado orgulloso para mendigarle a nadie, así que eso queda fuera de consideración. En aquellos días realmente no había muchas opciones, así que se le ocurre una idea.

Como ven, es esta idea de planificar, de pensar en el futuro, de lo estratégico… Lo que veo en este hombre es su capacidad para pensar estratégicamente. Hace planes para el futuro, visualiza el futuro y concibe un plan. Creo que esa es una de las cosas que necesitamos hacer en el Reino de Dios. Necesitamos detenernos y reflexionar. Necesitamos preguntarnos: ¿cómo puede Dios usarme? Y necesitamos establecer un plan, necesitamos concebir una visión de lo que queremos de Dios y de cómo queremos que Dios use nuestros dones. Necesitamos elaborar ideas, necesitamos actuar con intención. Necesitamos identificar a ese vecino por quien vamos a comenzar a orar y prepararnos para invitarlo algún día a venir a la iglesia, y necesitamos entablar conversaciones que puedan conducir a una presentación del evangelio. Necesitamos prepararnos estudiando la palabra de Dios para tener los conceptos y las ideas correctas que presentarles a las personas cuando llegue el momento. Necesitamos memorizar algunos textos de la Biblia para poder usarlos apropiadamente.

Todas estas cosas, saben, tienen que ver con esta idea de planificar, esta idea de mirar hacia el futuro. Durante estas últimas semanas he estado compartiendo con la congregación acerca de la vida exitosa, y uno de los elementos clave de una vida exitosa es precisamente esta capacidad de visualizar las cosas, de pensar claramente en el futuro, de visualizar un futuro para uno mismo y de ser específico acerca de lo que uno quiere que Dios haga en su vida, en un área particular de su vida, ya sea intelectual, académica, emocional, relacional, matrimonial, familiar, ministerial o lo que sea; debemos visualizar un futuro para nosotros mismos. Debemos planificar con anticipación. Cuando planificamos, cuando visualizamos, cuando escribimos nuestras visiones, lo que en realidad estamos haciendo es presentarnos ante el Señor y presentar nuestras oraciones delante de Dios, y el Espíritu Santo bendecirá esas oraciones.

Lo que hacemos la mayoría de los cristianos es simplemente improvisar. Hacemos lo que podemos y, saben, nos despertamos y, si sucede, está bien, y si no, también está bien. Dios quiere que actuemos con intención. En cierto sentido, este hombre es todo menos perezoso o fatalista. Analiza su realidad con mucha lucidez, con mucha inteligencia; sabe cuáles son las opciones y cuáles no, y como resultado concibe un plan.

Como ven, esta es la clase de lucidez que necesitamos tener como hijos de Dios, no la actitud indolente e improvisadora que caracteriza a muchos cristianos. Dios honra a la persona diligente. Dios honra a quien invierte. Dios honra a quien piensa estratégicamente. Dios honra a quien visualiza cosas en el futuro.

Así que esa es una cosa: piensa en el futuro y trama un plan; entonces va a ver a las personas que le deben dinero a su amo y hace que les reduzcan la deuda. Tiene a su disposición la cuenta y demás, puede cambiar las cifras, así que reduce considerablemente las cantidades que le deben a su amo. Es decir, las cantidades que Jesús menciona aquí eran sumas enormes de dinero en aquellos días, y por eso reduce contablemente el dinero que deben, de modo que ellos queden en deuda con él. Le estarán agradecidos y, en cierto sentido, probablemente también quedarán comprometidos legalmente, porque tal vez él pueda chantajearlos como resultado. Pero lo que está haciendo es preparar la situación para que, cuando lo despidan, pueda volver a ellos y cobrar el favor, ¿ven? De modo que hizo planes con anticipación, fue diligente al respecto, pensó estratégicamente y manipuló las cosas.

Ahora, déjenme decirles algo: aquí dice que el amo realmente se divirtió cuando descubrió lo que este hombre había hecho. Quiero decir, definitivamente Jesús no está apoyando en absoluto ni pasando por alto la naturaleza inmoral de lo que hizo este hombre. Lo que está observando es la actitud que mostró: la actitud de diligencia, la actitud de planificación, de astucia y de cálculo. Eso es lo que llama la atención, porque estas habilidades, estas actitudes, pueden y deben usarse a favor del reino. No es la parte deshonesta lo que impresiona al amo; es la parte astuta, la parte planificadora, la parte diligente, la parte visionaria que Jesús, por medio de las palabras del amo, está diciendo indirectamente que debemos imitar.

Así que dice: «El amo elogió al administrador deshonesto»; como ven, no está minimizando la parte deshonesta. Por eso creo que la señala. Podría haber dicho: «El amo elogió al administrador». No, sino que el Espíritu Santo puso allí la palabra «deshonesto» para asegurarse de que entendiéramos. Bueno, saben, como cristianos no debemos actuar de esa manera. No es esa la parte que se elogia, sino la parte donde dice: «Porque los hijos de este mundo son más astutos en el trato con los de su propia clase que los hijos de la luz».

Así que se trata de esta idea de ser astutos, de ser inteligentes, de ser sabios en nuestra manera de tratar con las personas. Quiero decir, necesitamos pensar: ¿cómo puedo traer personas al Reino de Dios? ¿Voy a usar, por ejemplo, el mismo método que usábamos hace cien años, o necesitamos contextualizar nuestra manera de predicar el evangelio? Si voy a predicarle a un latino, a un afroamericano o a un angloeuropeo de clase media de los suburbios, tengo que usar métodos diferentes, lenguajes diferentes para cada una de estas distintas personas.

Saben, sí, quizá pueda acercarme a un latino con un folleto y detenerlo en el supermercado porque tal vez nuestra cultura esté más abierta a ese tipo de cosas. Saben, nos entendemos y tenemos menos barreras; pero con un norteamericano de clase media, muy protector de su espacio y de su privacidad, no lo creo; o con alguien que tenga un alto nivel educativo. Por eso necesitamos ser astutos en las maneras de presentar el evangelio a distintos tipos de personas, y así sucesivamente. Necesitamos encontrar una manera creativa de presentar el Reino de Dios. Necesitamos educarnos y demás.

Sí, necesitamos presentar el evangelio de maneras muy creativas y necesitamos pedirle al Espíritu Santo que nos haga emprendedores, que nos haga astutos en la manera en que procuramos el Reino de Dios. Creo que este es el principal problema que veo, por ejemplo, cuando pienso que la iglesia de Jesucristo tiene tantos millones de creyentes aquí en Estados Unidos y, sin embargo, muchas veces las iglesias andan desesperadas buscando dinero para construir nuestros santuarios, para llevar a cabo la misión de la iglesia. Y yo digo: ¿por qué?, ¿cómo es posible? Quiero decir, tenemos tantos creyentes, y aquí en Harvard alguien da diez millones de dólares para reparar el campanario de un edificio, saben, y otro da 5 millones de dólares para financiar permanentemente una cátedra.

Y yo digo: ¿por qué el pueblo de Dios no puede tener acceso a esa misma clase de recursos financieros?, saben. Quiero decir, ¿por qué las iglesias del Reino de Dios, quien es dueño de, qué es, mil o algo así, tienen que estar mendigando y siempre luchando y contando cada centavo? Es la actitud del pueblo de Dios, es la perspectiva de la iglesia muchas veces. Es nuestra falta de capacidad para desenvolvernos en el lenguaje de los negocios y el lenguaje de la razón, de la planificación, del pensamiento estratégico y del pensamiento sistémico. Saben, tenemos al Espíritu Santo, pero de alguna manera no hemos logrado traducir la mente de Cristo en herramientas que puedan permitirnos hacer avanzar el Reino de Dios, y no es porque Dios no quiera dárnoslas. Es porque no estamos usando al Espíritu Santo que él nos ha dado para pensar en esos términos.

Así que este ha sido uno de mis desafíos como pastor de esta congregación durante los últimos años. ¿Cómo se puede transformar a latinos que no están acostumbrados a pensar en términos estratégicos ni en términos empresariales, de desarrollo institucional y de pensamiento sistémico? ¿Cómo podemos convertir esta iglesia en una iglesia capaz de funcionar en esos términos y que quizá hasta sea un ejemplo para otras iglesias latinas? Estoy hablando de la congregación latina: enseñarles a pensar en esos términos, a ser capaces de preparar un plan de negocios para que puedan conseguir dinero, por ejemplo, para construir un santuario o para obtener una subvención del gobierno.

Todo el tiempo, grupos sin fines de lucro reciben cientos de miles y millones de dólares del gobierno federal y, sin embargo, las iglesias que tienen, saben, instituciones religiosas sin fines de lucro, no podemos conseguirlos. ¿Por qué? Porque no llevamos una buena contabilidad, no contamos con las mediciones basadas en resultados que exigen muchas instituciones, no tenemos buenas juntas directivas, no tenemos buenos sistemas de gobierno. Y así, cuando salimos a procurar recursos, cuando una persona de negocios entra en el Reino de Dios y se sienta en nuestras sillas, en nuestros santuarios, está pensando en términos empresariales, está pensando en términos concretos, y no ve eso en su pastor, no ve eso en su iglesia. Las cosas son un desastre. Saben, nadie sabe dónde está el dinero ni nada por el estilo, y por eso las personas pierden la confianza y en realidad no se sienten motivadas a dar, y perdemos la oportunidad, porque Dios nos ha dado capacidades; Dios les da capacidades y dones a las instituciones cristianas y a los cristianos individuales, pero necesitamos invertir, necesitamos desarrollarlos, necesitamos esforzarnos, y entonces lo que hace el Espíritu Santo es infundir energía a esos esfuerzos y desarrollarlos aún más.

Por eso el apóstol Pablo le dice a Timoteo: «Te exhorto a desarrollar el don de Dios que hay en ti», porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de amor, de poder y de dominio propio. En otras palabras, Dios te ha dado y Dios le ha dado a la iglesia el poder y la capacidad de hacer cosas increíbles, de desarrollarse institucionalmente, de administrar edificios, comprar propiedades y desarrollarse de toda clase de maneras grandiosas. Pero necesitamos tener esta actitud que muestra aquí el administrador: de diligencia, de planificación, de astucia, de sagacidad, de convertir los problemas en oportunidades, como él hace aquí, de analizar las situaciones con lucidez y claridad y luego formular un plan a la luz de ese análisis.

Todas estas ideas están aquí. Esto es lo que el mundo hace todo el tiempo. Por eso ganan tanto dinero. Ganan miles de millones y miles de millones de dólares. Han aprendido a operar conforme a estos principios y, si nosotros usáramos esos principios —imagínense: tenemos el poder del Espíritu, tenemos la bendición de Dios, tenemos detrás de nosotros el respaldo del Creador del universo—, ¿cuánto más podríamos hacer?

Saben, dedico mucho tiempo, tanto como puedo en mi vida, a leer libros sobre liderazgo, administración y desarrollo institucional porque he descubierto, saben —y no leo tanto del mundo cristiano; leo más del mundo secular—, que allí puedo aprender muchísimo más. Y lo que hago es santificar lo que leo y compararlo con lo que dicen las Escrituras; armonizo estos principios con las Escrituras, me apropio de ellos y trato, en la medida de lo posible, de aplicarlos a mi labor pastoral, y me he beneficiado mucho de ese proceso.

Y creo que todos necesitamos hacer esto. Por eso necesitamos aprender de los hijos del mundo. Los hijos del mundo piensan que este mundo lo es todo. Por eso Jesús lo expresa en esos términos, y así, para ellos: necesito ganar dinero, necesito tener una casa, necesito tener un automóvil, porque, en su mente, pertenecen a este mundo. Como ven, todo lo suyo gira en torno a este mundo, a obtener ganancias en este mundo. Se trata de triunfar en este mundo. Los hijos de la luz piensan en la eternidad, piensan en las cosas espirituales, por lo que a menudo no ponen tanto énfasis ni prestan tanta atención a esos principios que les permitirán desenvolverse en este mundo. Y Jesús dice, Dios nos dice: «No; sí, preocúpense por el otro mundo, válganse de las cosas del Espíritu, anden en el Espíritu, pero apliquen también las lecciones de este mundo para producir beneficios para el Reino de Dios».

Así que quiero dejarles esa idea básica: que, como saben, Dios nos está dotando, como dijimos la semana pasada, y nos ha dotado de toda clase de dones y de toda clase de capacidades, pero dice: «Saben, lo que voy a hacer es depositar energía dentro de ustedes, como un embrión de poder. Ahora quiero que usen su autoridad y desarrollen eso mediante la diligencia, la creatividad y toda clase de esfuerzos diferentes; que estén atentos a las oportunidades, desarrollen sus dones y elaboren un plan para sí mismos. ¿Cómo pueden convertirse, en diez o quince años, en ministros poderosos para el Reino de Dios? ¿Cómo pueden, en diez o quince años, utilizar su título en administración de empresas para aportar beneficios al Reino de Dios, aun mientras ustedes mismos se benefician de los dones que él les ha dado? ¿Qué necesitan hacer para convertirse en evangelistas poderosos, buenos maestros, consejeros o mentores?». Y comiencen a pensar en eso y a hacer planes para lograrlo. Y si tienen algunas limitaciones, cualesquiera que sean, conviertan esas limitaciones en activos.

Si provienen de una familia pobre que nunca prosperó, pues, estupendo: conviertan eso en un activo usando ese conocimiento íntimo de lo que significa ser pobre y desfavorecido para hablarles a las personas pobres y desfavorecidas y llevarlas, por ejemplo, a un nivel más alto de funcionalidad. Así que utilicen sus limitaciones, incluso sus limitaciones. Utilicen sus fracasos. Conviertan sus defectos en activos para el Reino de Dios y asegúrense de actuar con diligencia.

Como ven, lo hermoso de Dios es que puede convertir cualquier cosa en oro. Dios es un maestro del reciclaje. Es el alquimista por excelencia. Convierte metales comunes en hermosas joyas preciosas, y lo único que necesita es nuestro esfuerzo, lo único que necesita es nuestra diligencia y lo único que necesita es nuestro compromiso y que comprendamos que sí, él espera que trabajemos arduamente y que lo que tenemos no es nuestro. Mi inteligencia no es mía; la belleza de ustedes no es suya; su energía y sus dones atléticos no son suyos: pertenecen a su Amo. Él simplemente se los ha prestado para que los administren.

Y si lo toman en serio y hacen todo lo posible por rendirle ganancias, él se asegurará de que nunca fracasen; incluso si es solo un poco lo que le devuelven, estará contento con eso, porque hicieron lo mejor que pudieron. Eso es todo lo que Dios pide. Hagan lo mejor que puedan y asegúrense de que, al final del día, al final de su vida, hayan aportado beneficios al Reino de Dios. Amén.

Démosle gracias por su palabra y apropiémonos de esa enseñanza, de esa semilla de vida que él ha puesto en nosotros esta noche. ¿Por qué no se toman un momento para decir: «Padre, sí, entiendo que me estás llamando a ser diligente y que me estás llamando a comprometerme a aportar beneficios a tu reino; acepto la responsabilidad y la acepto con alegría, no con temor, porque sé que eres un Dios amoroso que quiere que tenga éxito, no que fracase»?

Gracias, Padre. Te adoramos, Señor. Ayúdanos, por medio de tu palabra, a convertirnos en esos administradores diligentes las veinticuatro horas del día. Padre, que seamos inquietos en el mejor sentido de la palabra, inquietos respecto a nuestras responsabilidades.

Que comprendamos cuán abundantemente nos has dotado, a cada uno de nosotros, para que podamos aportar beneficios a tu reino. Podrías haberlo hecho de otra manera, Padre; podrías haber hecho la obra por nosotros, pero nos valoraste demasiado, nos respetaste demasiado como para reemplazarnos, así que decidiste usarnos.

Por eso aceptamos con alegría y esperanza ese llamado. Padre, ahora mismo creo que, por el poder de Cristo y la autoridad que das a tus siervos, liberarás los dones de quienes están aquí presentes esta noche. Yo desato el llamado en algunos de los que están aquí esta noche y que quizá ni siquiera hayan pensado aún que habían sido llamados. En el nombre de Jesús, desatamos esos dones y los llamamos a manifestarse esta noche.

Y, Padre, percibimos una inquietud en el corazón de algunos de los que están aquí esta noche, para que sus mentes se abran a las maravillosas posibilidades que tienen por delante. Que puedan apropiarse de ese llamado, si aún no lo han hecho, y abrazar ese llamado a una vida cristiana activa, no pasiva, no una vida destinada al mero beneficio propio, sino al beneficio de tu reino. Que adopten esa actitud diligente y emprendedora que tanto te honra a ti, el Dios creativo que nunca deja de crear, nunca deja de sustentar, nunca deja de buscar oportunidades y maneras de activar espíritus, enriquecer a las personas y enriquecer al mundo. Queremos imitarte, Padre. Que así sea esta noche. Gracias por tu presencia, gracias por tu palabra, en el nombre de Jesús. Amén. Amén.