El alma del perezoso desea mucho, pero nada consigue, Sin embargo, el alma de los diligentes queda satisfecha. — Proverbios 13:4
¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo? — Santiago 2:14

Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: La visión necesita acción concreta para hacerse realidad. Pensar positivamente y soñar no basta: debemos convertir nuestras ideas en planes, aunque sean sencillos, y ejecutarlos con disciplina, una acción a la vez y a lo largo del tiempo. La acción sin visión también desperdicia esfuerzos; ambas deben ir juntas. Una visión se vuelve factible cuando identificamos sus partes y la llevamos a la práctica en circunstancias concretas. El paso decisivo suele ser el más difícil: pasar de las aspiraciones generales a tareas específicas. Sin voluntad de implementarlas, nuestras visiones no transformarán nuestras circunstancias.
La gente exitosa que conozco tiene la doble capacidad para pensar positivamente y obrar concretamente. Pueden ir fluidamente de la concepción a la acción. Convierten sus visiones en esfuerzos concretos. No se quedan en el terreno de lo teórico y visionario.
Proceden del sueño a la realidad con admirable fluidez. Se trazan un plan, aunque sea rudimentario e instintivo, y proceden a implementarlo disciplinadamente, una humilde acción a la vez, a lo largo del tiempo, hasta verlo realizado en toda su plenitud.
Joel Barker ha declarado: “Visión sin acción es un mero sueño vano. Acción sin visión es un mero desperdicio del tiempo. Visión con acción puede cambiar el mundo”. Si tus visiones y tus confesiones no están acompañadas de una voluntad férrea para implementarlas una pieza a la vez, nunca podrán afectar el mundo. Se quedarán en la estratósfera, como fríos astros incapaces de arrojar luz o calor sobre tus circunstancias.
Napoleón Hill, uno de los grandes motivadores de nuestro tiempo, declara: “Primero viene el pensamiento; luego la organización de ese pensamiento en ideas y planes; finalmente, la transformación de esos planes en una realidad”. Tenemos que combinar la capacidad para soñar con la disciplina para ejecutar.
Lo que transforma un mero sueño en una visión inspiradora y factible es la energía para traducirla en un plan de acción, la capacidad para dibujarla en tres dimensiones, con sus partes constituyentes, e incorporarla disciplinadamente a la dimensión del tiempo y el espacio. Esta es, quizás, la parte más importante, la etapa crucial, y aquella en la cual la mayoría de la gente fracasa. Los sublimes barcos de la grandeza frecuentemente se estrellan contra los arrecifes de la especificidad.