Gracia: Darla y Recibirla

Dr. Roberto Miranda

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Dr. Roberto Miranda

Resumen: La gracia tiene una dimensión tanto vertical como horizontal: recibimos el perdón paciente y abundante de Dios, y extendemos esa misma misericordia a los demás. La acogida que el padre brinda al hijo rebelde muestra que Dios espera el arrepentimiento sin humillar al pecador que regresa, mientras que el hijo mayor nos advierte que la obediencia exterior puede coexistir con el desconocimiento del corazón generoso del Padre. Debemos procurar la santidad y lamentar nuestro pecado, pero no rendirnos ante una culpa paralizante. La tristeza que proviene de Dios nos lleva a confesar, recibir el perdón por la fe, retomar la lucha y confiar en que el poder divino se perfecciona en la debilidad. El quebrantamiento puede profundizar nuestro conocimiento de Dios, mientras que la autosuficiencia puede impedirnos reconocer nuestra necesidad de gracia. Puesto que vivimos por misericordia y no por nuestros propios méritos, debemos perdonar las ofensas, pasar por alto las faltas, dar con generosidad y soportar pérdidas confiando en que Dios proveerá. Vivir así trae libertad, paz y fruto espiritual: nos convertimos en canales por los que la bendición fluye continuamente. Por tanto, nuestras comunidades deben defender la santidad y, al mismo tiempo, permanecer abiertas a quienes luchan y a quienes han fracasado.

Espero que ustedes también hayan tenido una buena semana; es bueno tenerlos aquí esta noche. Permítanme pedirles que me acompañen a la palabra del Señor y vayamos al Evangelio de Lucas, capítulo 15. Quisiera compartir con ustedes una parábola tan conocida que, en realidad, es todo un desafío añadirle algo nuevo. Saben, una de las cosas buenas de la palabra de Dios es que uno puede leer el mismo mensaje, puede predicar el mismo mensaje muchísimas veces y, sin embargo, siempre surge algo nuevo de la palabra del Señor; es inagotable, verdaderamente lo es.

El Espíritu Santo, solo Él, podría hacer algo tan maravilloso como contener toda la verdad del universo en este libro de apenas varios cientos de páginas. Y realmente creo que la verdad de Dios, en potencia, está contenida de algún modo en estas palabras, porque es un organismo vivo. Así que siempre podemos beneficiarnos al volver a pasajes muy conocidos, como la parábola del hijo perdido, como la llaman, en el capítulo 15, versículo 11; también se la ha llamado la del hijo pródigo, pero creo que está mal nombrada, por razones que espero hacer más o menos evidentes mientras reflexiono sobre esta maravillosa, maravillosa parábola, que ha sido una de las narraciones más admiradas de toda la historia de la civilización occidental. Es una joya literaria y una obra maestra de imágenes y, sin duda, también de profundidad moral y espiritual.

Así pues, Lucas 15, versículo 11, dice: «…Jesús continuó: Había un hombre que tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Así que él repartió sus bienes entre los dos. Poco después, el hijo menor reunió todo lo que tenía y se marchó a un país lejano, donde derrochó su riqueza llevando una vida desenfrenada. Después de haberlo gastado todo, hubo una gran hambruna en todo aquel país y él comenzó a pasar necesidad. Así que fue y se puso al servicio de un ciudadano de aquel país, quien lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Anhelaba llenarse el estómago con las vainas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Cuando volvió en sí, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen comida de sobra, y aquí estoy yo, muriéndome de hambre! Me pondré en camino, volveré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Hazme como a uno de tus jornaleros’”. Así que se levantó y fue a su padre. Pero cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se llenó de compasión por él. Corrió hacia su hijo, lo abrazó y lo besó. El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus siervos: “¡Rápido! Traigan la mejor túnica y vístanlo. Pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo; hagamos un banquete y celebremos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado”. Así que comenzaron a celebrar…».

Ahora bien, aquí hay una parte de esta narración que, en cierto sentido, parece casi un añadido, pero en realidad es una parte esencial de toda la parábola y resulta crucial para toda la narración. Así que dice:

«…Mientras tanto, el hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercó a la casa, oyó música y baile, así que llamó a uno de los siervos y le preguntó qué estaba pasando. “Tu hermano ha regresado —respondió—, y tu padre ha matado el ternero engordado porque lo ha recuperado sano y salvo”. El hermano mayor se enojó y se negó a entrar. Entonces su padre salió y le rogó que entrara, pero él le respondió: “Mira, todos estos años he estado trabajando como un esclavo para ti y jamás he desobedecido tus órdenes; sin embargo, nunca me diste ni siquiera un cabrito para que pudiera celebrar con mis amigos. Pero cuando regresa este hijo tuyo, que ha derrochado tus bienes con prostitutas, matas para él el ternero engordado”. “Hijo mío —dijo el padre—, tú siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que celebrar y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado”».

Profundo, ¿eh? También hay un desarrollo de los personajes y unas imágenes morales hermosos, hermosos. Hay tantas maneras de abordar esta parábola de Jesús, tantos puntos por donde tomarla. Uno puede abordarla de manera evangelística, desde la perspectiva del pecado y de las personas que han pecado, y de cómo el Señor está esperando para perdonar y cómo Dios es sencillamente un Dios perdonador. Uno puede abordarla simplemente desde el amor de Dios y desde lo amoroso y perdonador que Él es. Saben, la perspectiva en la que quiero centrarme esta noche es la gracia.

La gracia, no solo la del Padre hacia nosotros, sino también la gracia que debemos concederles a los demás; vivir dentro de la gracia, dar gracia y recibir gracia, lo cual es sumamente importante. Y aquí haré una confesión personal: para mí, esta parábola es una especie de antídoto contra mi propio temperamento y contra gran parte del contenido de mi propia predicación. Algunos de ustedes que quizá me conozcan más profundamente saben que soy una persona intensa. Mi esposa, al menos, me dice muchas veces que soy demasiado intenso. Cada uno de nosotros tiene su propia perspectiva acerca del evangelio y del Reino de Dios.

Saben, a veces tiendo a cavilar y a inclinarme hacia el lado más oscuro del espíritu; y, saben, si consideran mis pasajes favoritos, serán los que tratan sobre el compromiso, la guerra, la disciplina, la integridad o ese tipo de cosas que me desafían y que son las áreas en las que suelo concentrarme. Supongo que cada uno de nosotros, según su temperamento, tiene sus pasajes favoritos y su propio enfoque de la vida cristiana.

Así que, para mí, hablar de la gracia no es una de las cosas que me salen naturalmente. Tengo que aprender a aceptar la gracia, a permanecer en la gracia y a conceder gracia. Para mí es un gusto aprendido, un gusto adquirido. Me produce gran gozo poder tomar pasajes como este y aplicármelos a mí mismo, y también contrarrestar quizá parte del contenido de mi propia predicación. Y sé que acabamos de terminar una larga serie sobre el libro de Efesios, que es un libro muy denso en muchos sentidos y que, como saben, entra en áreas muy profundas de la vida y la revelación cristianas.

Y es bueno tomar estos pasajes que nos invitan a descansar en el Señor y a vivir vidas de gracia. Saben, porque la gracia es uno de los elementos esenciales de la vida cristiana, y yo la tomo sencillamente como un antídoto, algo que equilibre mi propio caminar espiritual y que me diga: «Roberto, tómatelo con calma. No es tan difícil como crees; no tienes que angustiarte tanto como a veces lo haces, o como crees que debes hacerlo».

Esta narración es una especie de esencia de la actitud de gracia de Dios. Y, saben, comencé a pensar en otros pasajes de todas las Escrituras, particularmente en los de Jesús que hablan sobre la gracia. Y quiero reflexionar con ustedes sobre algunos de ellos, pero también diré otra cosa que quizá siga arrojando luz sobre esto. Como tal vez les dije antes, acabo de terminar una extensa biografía de Jonathan Edwards, quien se ha convertido hasta cierto punto en un héroe para mí, quizá porque era un hombre dado a cavilar y una persona intensa.

Ahora bien, Jonathan Edwards es una de las personas más profundas que uno pueda imaginar, y realmente los animo a leer acerca de él. A pesar de todo el poder de su intelecto y de sus conocimientos teológicos, una de las cosas tristes —quizá ya lo haya mencionado— es que Jonathan Edwards seguía siendo tan puritano que aún estaba atrapado en la mentalidad, la teología y la manera de enfocar el evangelio del siglo 18  y de sus antepasados puritanos, la cual también es muy intensa, muy calvinista. Así que no estoy seguro de que Jonathan Edwards haya encontrado alguna vez descanso en el Señor y, aunque el calvinismo hace mucho hincapié en la gracia de Dios, de algún modo, al menos esa forma pura del calvinismo, no me atrae demasiado. Es demasiado intensa. Y estoy leyendo mucho en estos días —y creo que el Señor, que es algo que Dios me ha dirigido a hacer—; he estado leyendo mucho, sencillamente, sobre la espiritualidad del siglo 18  y el surgimiento del evangelicalismo en Europa y en América.

En el siglo 18 , creo que la gente todavía estaba muy dominada por la idea de luchar por su salvación. Existía esta noción de que uno tenía que luchar para llegar a ese punto de descansar verdaderamente en el Señor; tenía que pasar por un largo período cavilando sobre sus pecados, concentrándose en ellos, angustiándose y preguntándose si realmente era salvo o no. Tenía que llegar al punto de la desesperación, tenía que sentirse casi suspendido sobre las llamas del infierno y llegar a ese punto extremo de desdicha por sus pecados y de absoluta conciencia de lo verdaderamente semejante a un gusano que era y de lo indigno que era de la gracia de Dios. Y entonces, de algún modo, si tenía suerte, un rayo de luz y esperanza penetraba en su torturada psique y finalmente sentía alivio; entonces podía decir: «Sí, soy salvo».

Y hombres como los Wesley, Charles y John Wesley, tuvieron que pasar por eso. El propio Jonathan Edwards, Whitefield y otros; Martín Lutero, por supuesto, el gran luchador, tuvo que pasar por ese tiempo de… Y así, el siglo 18 , el 17  y el 16  enfatizaron esa dimensión angustiosa de la vida cristiana.

Y, saben, cuando observo… Por cierto, hay algo hermoso en eso, porque lo contrastamos con la sensibilidad, con la espiritualidad del siglo 20  y del siglo 21  del evangelicalismo estadounidense. El péndulo se ha ido al otro extremo, hacia un énfasis exclusivamente en la gracia, y muchas veces las personas ya no sienten dolor alguno por su pecaminosidad. No es de buen gusto hablar desde el púlpito acerca de la santidad, del pecado o del infierno. Creo que mencioné algo sobre eso hace un par de semanas.

Así que nos hemos ido al otro extremo. Creo que es superficial, y también hemos perdido mucho al irnos a ese otro extremo. Pero, saben, cuando observo las Escrituras y cuando observo al Dios que Jesús retrata, creo que ciertamente las personas del siglo 18 , un hombre como Jonathan Edwards, pasaron por alto todo un aspecto de Dios que se manifiesta tan hermosamente a través de las parábolas de Jesús, del trato de Jesús hacia los demás, de la manera en que trataba a los pecadores y demás; y de la inclinación, de la preferencia que Dios parece tener en su corazón, tal como lo retrató quien lo conocía como nadie más lo conoce, es decir, Jesús, su propio Hijo.

Y así, al ver cómo Jesús retrata a Dios, podemos cobrar ánimo y comprender un poco cuánto descanso podemos permitirnos en nuestro caminar cristiano. Aun mientras luchamos por la santidad, aun cuando sabemos que tenemos un Dios santo y un Dios que exige santidad de nosotros, creo que también es bueno saber que tenemos un Dios sumamente misericordioso, comprensivo y dispuesto a negociar con nosotros, y muy paciente; pero, por supuesto, nosotros también debemos tratar a los demás de esa misma manera. Esa es la comprensión horizontal de la gracia.

Hay una comprensión vertical de la gracia: Dios nos concede gracia, nos ama, nos perdona, nos tolera y es paciente con nosotros. Pero también nosotros debemos extenderles ese mismo beneficio a los demás.

Y esta parábola nos lo recuerda, porque aquí tenemos al padre extendiéndole gracia a ese hijo que lo ofende, pero hay un segundo hijo que no puede comprender cómo el padre puede tener semejante misericordia después de la increíble ofensa que el primer hijo ha cometido contra él. Y de eso se trata toda la historia.

En esta historia tenemos a este joven y creo que no es una coincidencia, en la narración de Jesús, que sea el menor quien ofenda. ¿Por qué? Porque los jóvenes, la juventud, siempre pueden ser rebeldes, demasiado seguros de sí mismos y dados a creer que todo se les debe. «Dame lo que es mío», dice.

Saben, miro el griego y la idea es: dame la herencia que me corresponde. Había leyes en la religión judía que regían cuánto recibía el hijo mayor y cuánto recibiría el menor. Y así, de repente, este muchacho dice: «Padre, tengo derecho a esta cantidad de dinero; dámela». Por supuesto, se está adelantando; ni siquiera espera a que el padre muera antes de pedir la cantidad de dinero que se le debería dar.

Algunas personas, algunos comentaristas, han dicho que en realidad es una manera extrema de insultar al padre. Particularmente dentro de la mentalidad y la cultura de Oriente Medio, era un insulto absoluto al padre pedir la herencia, primero de una manera tan insolente, y luego antes de que el padre siquiera muriera.

Así que creo que todo esto tiene el propósito de mostrar la magnitud de la ofensa que se está cometiendo contra el padre. Solo eso habría bastado para desheredar por completo a este muchacho y simplemente echarlo de la casa. Misteriosamente, el padre decide darle el dinero al hijo. No sabemos qué ocurrió, porque la parábola, por supuesto, es condensada y concisa en su mensaje, pero el padre, al parecer sin discutir demasiado, dice: «Está bien». Y, saben, aquí vemos una cosa: una vez más, la tolerancia de Dios hacia la humanidad, porque creo que ese joven es un símbolo de todo hombre y toda mujer que camina sobre la tierra, de la humanidad rebelde e insolente contra Dios.

¿Cuántas veces nos quejamos ante Dios como si mereciéramos algo de él? ¿Cuántas veces le hemos pedido cosas a Dios como si él, ya saben, tuviera que dármelas? ¿Cuántas veces hemos ofendido también a Dios? Y Dios, en su misericordia, de alguna manera incomprensible, tolera a esta humanidad. Eso es algo que sencillamente me deja pasmado: que durante miles de años Dios haya permitido que la humanidad siga su propio camino. Dios ha permitido que el corazón del hombre haga lo que quiera y sencillamente proceda conforme a su propia energía, a su propio ímpetu. Y cuántas veces Dios, en nuestra propia vida, tolera las decisiones que tomamos, los estilos de vida que adoptamos, las actitudes que asumimos, y Dios de alguna manera dice: «Está bien, hijo, voy a darte espacio. Hija, sencillamente voy a dejar que sigas tu camino»; e incluso allí veo un sentido de misericordia y un sentido de gracia.

Porque creo que, cuando uno llega a cierto punto de su vida —y este es el misterio de Dios—, sí, Dios es soberano, pero Dios también te respeta, Dios respeta tu libertad. Dios no quiere convertirte en un esclavo, en un autómata que simplemente hace lo que él... Toda la relación entre Dios y sus criaturas se fundamenta en nuestra libertad. Y Dios no nos obligará, y a veces Dios tiene que permitirnos espacio para que sencillamente encontremos nuestro camino y andemos a tientas durante años antes de regresar a él, escarmentados y humildes; y entonces podremos tener con él una relación verdaderamente genuina.

Esta semana estaba hablando con una madre, una madre soltera, de hecho, y hablo con cierta libertad de algunos de los detalles porque creo que hay muy pocas probabilidades de que ustedes la conozcan o de que ella llegue siquiera a saber que estoy compartiendo estas cosas. Pero el punto es este: tiene un hijo adolescente, y este joven ha entablado una relación con una joven mayor que él; al parecer, es una relación muy profunda, y este muchacho, que ha llevado una vida muy protegida, muy unido a su mamá, de repente se encuentra con una novia mayor que él, que le compra cosas, satisface sus necesidades sexuales, y así sucesivamente. Y ella dice: «No lo conozco, es otra persona. No puedo controlarlo». Este muchacho, que durante muchos años fue un niño pasivo y dócil, ahora está entrando en la edad adulta y descubriendo todas estas cosas.

Y, ya saben, yo trataba de ofrecerle algunas perspectivas propias acerca de aquello con lo que ella estaba luchando, pero ella está intentando toda clase de cosas y vive angustiada. Y le dije: «Sabes, creo que a estas alturas él de verdad está haciéndose mayor y experimentando todas estas cosas, y ahora mismo está casi como en trance. Pruebas ese fruto y, siendo de repente un joven inseguro, te encuentras descubriendo tu hombría y demás de una manera tan profunda y dramática; entre comillas, está en trance, tal como lo estaba este joven».

Quiero decir, él estaba... La Biblia dice que, «cuando volvió en sí...», meses o años después, «cuando volvió en sí, se dio cuenta de lo que había hecho...». Pero durante un tiempo estuvo en trance, tal como la humanidad está en trance ahora mismo, en cierto sentido. Creo que la humanidad en su conjunto ha decidido seguir su propio camino. Cuando veo lo que está sucediendo en esta cultura, veo este juego en el que todos participamos en la televisión, en los medios de comunicación, en el ámbito académico, y es como si este grupo de adolescentes se hubiera escapado de casa, y estuviéramos conspirando como especie para apartarnos por completo del Padre, para romper todas las amarras y todos los controles. Y hemos entrado en un período de autosuficiencia y de embriaguez con nuestro conocimiento, con nuestro poder, con nuestra ciencia, con nuestra capacidad de crear gráficos maravillosos y toda clase de cosas más, y estamos en trance. Disfrutamos de nuestra independencia, disfrutamos de esta libertad, de este poder, de este control que tenemos.

Y el Padre, de alguna manera, permite todo esto. Nos da espacio, pero, por supuesto, como resultado también hay consecuencias. Dios podría apoderarse de este mundo en un instante, pero no lo hace porque su relación está fundada en el amor y en una criatura madura. Creo que, así como Dios se relaciona con nosotros individualmente, también se relaciona con la humanidad colectivamente. Y creo que hay un drama que Dios está tratando de resolver con su hijo, la raza humana, y debe permitir que la raza humana atraviese ciertas experiencias que para nosotros, ya saben, son cientos de años, pero para él son apenas minutos; y está guiando a la raza humana a través de una serie de procesos de desarrollo hasta que esa raza humana llegue a cierto momento determinado. No estoy seguro de cuál será ese momento ni de cuáles serán todas sus características. Las Escrituras solamente nos dan algunas ideas muy breves, pero Dios está permitiendo que tengamos todas estas experiencias porque nos ama, porque se interesa por nosotros y porque quiere una relación genuina con nosotros, basada en la libertad, basada en la madurez. Y porque hay ciertas cosas que no alcanzaremos a menos que se nos dé esa libertad para cometer errores y echar las cosas a perder; por eso, muchas de las consecuencias que tenemos ahora mismo en la vida, en la historia —la pobreza, la opresión, la guerra, el terrorismo, las enfermedades, las desigualdades de toda clase— forman parte de ese hijo que explora y dice: «Déjame en paz, quiero estar por mi cuenta. Quiero hacer mis propias cosas, quiero hacer lo que quiera con mi herencia, con los dones que me has dado, con la inteligencia, la sabiduría, la creatividad, el poder que me has dado»; y está experimentando y, por supuesto, se vuelve cada vez más pobre. Pero el Padre, de alguna manera, misteriosamente, lo permite, y esa es la gracia del Padre, su paciencia.

Pero el tiempo se acaba. Este joven comienza a probar las consecuencias de sus actos, se vuelve desdichado y se hunde profundamente en la degradación y la humillación, hasta el punto de no poder comer siquiera lo que comen los cerdos. Cerdos que son absolutamente despreciables para los judíos. Era una imagen de lo lejos que había llegado. Y entonces vuelve en sí, despierta y dice: «¿Qué estoy haciendo aquí? Podría regresar y ser simplemente un siervo, y tendría una vida mejor que la que tengo ahora». Así que prepara el discurso, emprende el regreso hacia el padre y va repitiendo el discurso: «Padre, he pecado contra el cielo, he pecado contra ti, ya no soy digno de ser tu hijo; recíbeme simplemente como uno de tus siervos. Padre, he pecado contra el cielo...».

Y entonces, mientras se acerca a la casa, el padre sale y corre hacia él, lo cual da a entender que probablemente, de vez en cuando, miraba por la ventana para ver si aparecía su hijo. Estaba esperando. Nunca había dejado de amarlo ni de esperarlo. Así como Dios no deja de amarnos ni de esperarnos cuando lo ofendemos.

Ya saben, Dios siempre está allí para perdonarnos y recibirnos de nuevo. Si hemos pecado, si tú has pecado, si yo he pecado contra Dios, cuando nosotros... lo que veo es a este Dios que es tan, tan misericordioso y que sencillamente está esperando recibirnos de nuevo; solamente espera que reconozcamos, que nos arrepintamos, que nos demos cuenta de lo que hemos hecho, de que lo hemos ofendido, y lo único que quiere es esa muestra de arrepentimiento para lanzarse hacia nosotros. Es la gracia de Dios.

Y, ya saben, creo que eso es importante si hemos cometido grandes errores en la vida; ese es el Dios que veo una y otra vez en las Escrituras y que tengo que recordarme a mí mismo cuando no alcanzo mis metas, mis metas espirituales, y sé que lo ofendo. Ya saben, el diablo está allí para decirme: «Oye, has hecho esto una vez de más. Sencillamente olvídalo y deja de luchar». Y el Espíritu Santo, la Palabra, dice: «No, Dios es tan misericordioso, Dios perdona tanto, Dios está tan lleno de gracia que, si confiesas, si te arrepientes, te recibirá de nuevo».

La Biblia dice que, si confesamos nuestros pecados, él es fiel para perdonarnos. Sin importar lo que hayamos hecho. Cuando Pedro le preguntó: «Señor, ¿debemos perdonar, qué, siete veces?», creía que estaba siendo realmente generoso: siete veces, porque eso es lo que la ley judía más o menos sugiere. Jesús dijo: «Sabes, te diré algo: tienes que perdonar a la gente hasta setenta veces siete». La especie de número perfecto, ya saben, siete por siete, la perfección al cuadrado. Y al sugerir...

Ya saben, mientras sigamos luchando... Para mí, por ejemplo, esa es una de las cosas que debemos entender cuando estamos atrapados en las garras de algún tipo de pecado persistente. Por ejemplo, tomemos el pecado de la homosexualidad o cualquier pecado de cualquier clase: la ira, la rebeldía, un espíritu crítico, y así sucesivamente, y sabemos... O palabras que no queremos que salgan de nuestra boca y que seguimos diciendo una y otra vez. Ya saben, cuando el pecado persiste, tengo que recordarme que, personalmente, creo que lo que Dios busca es la lucha. Si no podemos ser perfectos esa cuarta, décima o duodécima vez, sigamos intentándolo. Sigan acudiendo al Señor, sigan confesando, háganlo como una especie de práctica higiénica. Sigan buscando la gracia del Señor, no se aparten de él. Sigan regresando, pídanle que los perdone, si se arrepienten.

Lo que Dios quiere ver son señales de vida en tu conciencia moral, creo yo. Lo que Dios quiere ver es que no estás contento con el punto en el que te encuentras, que quieres agradarlo; pero no llegues a ese sentimiento desmoralizador de culpa que te paraliza y te impide volver a intentarlo y confiar en que Dios es bueno, en que te ama, en que quiere trabajar contigo. No permitas que el diablo te paralice hasta el punto de que dejes de intentarlo, de que dejes de servirlo, de que dejes de leer su Palabra, de que dejes de orar, de que dejes de pedirle perdón, de que dejes de sentirte alentado por el amor de Dios. Eso es lo que Dios no quiere.

Creo que Dios no está tan preocupado por la perfección en ti, aunque le encantaría que la mostraras, como por las señales de lucha, del deseo de agradarlo y del dolor por tu pecado. Porque hay dos clases de dolor que puedes experimentar en tu pecado: uno es el dolor que te mata, te desmoraliza y te degrada. Ese es un dolor y una tristeza demoníacos. Pero luego hay una tristeza que proviene de Dios; es una dulce tristeza en la que sabes que has ofendido a Dios y que lo has vuelto a hacer, pero entonces compareces dulcemente ante tu Padre, porque sabes que te ama y te perdona, y le pides perdón. Y bebes de su perdón, lo aceptas por fe y haces el voto de seguir trabajando por esa santidad. Y entonces dices: «Está bien, se acabó; no voy a seguir dándole vueltas, sencillamente voy a retomar el camino y la próxima vez buscaré mejor al Señor». Y eres libre, puedes seguir adelante y puedes confiar en la misericordia del Señor.

Y creo que esa es la clase de persona que continúa creciendo en el Señor. Ya saben, muchas veces ese sentimiento debilitante de culpa, en lugar de promover la santidad, hace lo contrario. Esa culpa debilitante se vuelve obsesiva, compulsiva, psicológica, emocional, neurótica e impide que fluya la gracia de Dios. Mientras que creo que, cuando permaneces pensando en la bondad, la misericordia, la paciencia y el amor de Dios y, al mismo tiempo, buscas la santidad y confías en su bendición, entonces eso, de alguna manera, te libera para ser aún más enérgico en cuanto a ser santo.

Así que, verdaderamente, creo que aprender a permanecer en su gracia y no ocultarte tu pecado a ti mismo, ni siquiera ocultárselo a los demás, conduce mucho más a la santidad y a agradar a Dios, porque Dios siempre estará allí, dispuesto a recibirte de nuevo y amarte.

Ya saben, este Padre no humilla a su hijo. Probablemente podría haber dicho: «Oye, vas a dormir en la caseta del perro durante por lo menos siete días», y después regresar y dejarlo entrar. Pero no; ni siquiera le permite terminar su discurso y dice: «Traigan... Pónganle un traje nuevo, zapatos nuevos, denle un anillo, el anillo de la familia que indica que pertenece plenamente a la vida de la familia, un anillo de autoridad; y maten el mejor ternero que tenemos, el que tenemos reservado para Navidad; mátenlo ahora y celebremos ahora».

En otras palabras, generosidad, un perdón abrumador. Un perdón que desborda los pecados del pasado y sencillamente los borra por su enorme abundancia. Esa es la actitud, esa es la actitud esencial de Dios: ese espíritu lleno de gracia, esa generosidad, ese dar.

Y en eso quiero permanecer en mi vida: mientras procuro agradar al Señor, servirlo, mostrarle que me importa y que lo aprecio, también quiero saber que tengo esta gran reserva en mi relación con él, de la cual puedo disponer. Es como esas líneas de crédito, ya saben: si uno extiende un cheque y no tiene suficiente dinero, la línea lo cubre automáticamente. Quiero decir, uno sabe que tendrá que pagarlo en algún momento, así que no es... Pero uno sabe que está bien. Así es con Dios: nos esforzamos por alcanzar la santidad, procuramos agradarlo, procuramos servirlo, le estamos agradecidos, queremos glorificarlo porque merece ser glorificado, pero sabemos que tarde o temprano vamos a sobregirar la cuenta. Pero entonces sabemos que su gracia está allí, que su amor está allí para cubrirlo inmediatamente.

La sangre de Cristo fluye continuamente, dice, y nos limpia de todo pecado. Creo que esa es una idea fundamental de las Escrituras. Curiosamente, hay muchísimos pasajes de las Escrituras que muestran esto. Los de afuera tienen más discernimiento y una comprensión más íntima de Dios que los de adentro. Quienes se portan mal a menudo reciben más, y los quebrantados reciben más de las riquezas de Dios que quienes se portan bien. Así que, por ejemplo, aquí el hijo es un caso. Pero permítanme darles un par de casos más, porque hay otras parábolas que sugieren lo mismo.

Recuerdan —ni siquiera voy a ponerme a leerlo—, recuerdan a María cuando rompe el frasco de perfume y lava el cabello del Señor y lo seca con su propio cabello y, ya saben, él lava sus pies y demás, porque Jesús la había perdonado. Era una mujer pecadora.

Y ahí tienen a Simón el fariseo, en cuya casa se está hospedando Jesús, tratándolo con cierta distancia y pensando para sus adentros: «Si este hombre fuera realmente profeta, sabría que esta mujer es pecadora y no dejaría que se le acercara». Y Jesús conoce el corazón de Simón y le dice: «Simón, ¿quién se sentiría más amado, aquel a quien se le perdona poco o aquel a quien se le perdona mucho?». Simón dice: «Por supuesto, siguiendo una buena lógica, aquel a quien se le perdona mucho». Pues bien, dice él, a esta mujer se le ha perdonado mucho; por lo tanto, su amor es más profundo que el tuyo. Porque tú te consideras íntegro, dueño de ti mismo, disciplinado y demás, y por eso, cuando entré, no me trataste muy bien. Quiero decir, apenas me diste el trato básico, pero a esta mujer se le ha perdonado tanto que ama apasionadamente, y esa pasión y ese amor que brotan de la gratitud por haber sido perdonada tanto le han dado una comprensión de mi propia muerte, mi sepultura, mi resurrección; y lo que ha hecho instintiva y proféticamente, lo ha hecho para prepararme para mi sepultura, para mi muerte. A esta mujer le fue concedida una comprensión del misterio y del drama de Jesús que Simón, con su mentalidad bien portada, ni siquiera podía comenzar a sospechar. Porque ella estaba quebrantada, era una marginada, porque nosotros vemos a los de fuera y a los de dentro en términos morales.

Y sucede lo mismo con este hijo: este hijo ofende a su padre, malgasta el dinero de su padre, se degrada por completo con una mala vida, regresa completamente sucio y humillado, y su padre le organiza una gran fiesta, se lo da todo y está sencillamente lleno de pasión, celebrando el regreso de su hijo.

Y este otro hijo, el segundo, bien portado, que nunca rompió un plato ni hizo nada malo, no comprende a su padre. Y dice: «He estado contigo todos estos años y nunca me diste ni siquiera un cabrito para celebrar con mis amigos». Y el padre dice: «Oh, hijo mío, ¿cómo puede ser eso? Todo lo que tengo es tuyo. ¿Quieres decir que has vivido conmigo todos estos años y no sabías que sencillamente podías ir a buscar no uno, sino diez cabritos y celebrar siempre con tus amigos, si hubieras querido? ¿Quieres decir que has desperdiciado todo este tiempo y no me conocías, no conocías mi amor?».

Como ven, en cierto modo fue necesario el pecado para que aquel otro hijo conociera la verdadera naturaleza de su padre. Pero este otro hombre bien portado, todo disciplina, todo control, todo deber y obligación, vivía allí físicamente con su padre, pero no comprendía la verdadera naturaleza de su padre.

Así que siempre veo eso en las Escrituras. Ya saben, que los de fuera son realmente los de dentro y que, paradójica e irónicamente, necesitamos cultivar este sentido de quebrantamiento en nuestra vida, porque estamos quebrantados, queramos admitirlo o no. Es solo cuestión de si lo reconocemos o no. Y algunas veces Dios, en su misericordia, permitirá que algunos de nosotros, que somos realmente bien portados, caigamos y pequemos para que nos veamos obligados a entrar en esa faceta de la naturaleza llena de gracia de Dios.

Porque, como ven, a Dios no le preocupa tanto la perfección. Él no es tan quisquilloso como nosotros. Nosotros somos los quisquillosos; Dios lo ve todo desde la eternidad. Ya saben, Dios no es esa madre aprensiva cuyo hijo recoge un poco de tierra y se la mete en la boca, y ella piensa que tendrán que operarlo. Él dice: «No, está bien, déjalo… no hay problema; a la luz de la eternidad realmente no importa». Lo que quiere es comprensión, madurez, crecimiento, que lo conozcamos a él y conozcamos a los demás y que podamos ser usados por él.

En la economía de la eternidad, eso es lo que realmente le importa al Padre. No se trata de si ensuciaron un poco la ropa o rompieron un par de pantalones; él puede darles un millón de pares de pantalones si rompieron uno, pero lo que quiere es comprensión, madurez, profundidad, hondura de espíritu. Así que permitirá que pasen por ciertos procesos, porque lo que quiere es crear un santo, quiere crear un guerrero, quiere crear un consejero, un maestro, un corazón pastoral; por eso, a veces necesitan verse quebrantados.

Así que algunas veces tenemos que regocijarnos en nuestro quebrantamiento, como escribe Pablo en Primera a los Corintios. Pues bien, Pablo tenía alguna clase de problema; no sabemos cuál era. Hemos tratado de higienizarlo diciendo que era un problema físico; yo creo, personalmente, que era alguna clase de problema moral, un problema espiritual, y le había pedido al Señor tres veces: «Señor, líbrame de esto». Y tres veces el Señor dijo: «Bástate mi gracia». ¿Por qué gracia? Porque creo que necesitaba gracia para lo que fuera que tenía.

No se necesita gracia para una enfermedad física. Que mi gracia. Ya saben, Pablo había recibido tanto, tenía semejante poder intelectual, semejante sabiduría, semejante revelación, semejante acceso al misterio de Dios; fue llevado al séptimo cielo, creo que era, varias veces, o al tercero, ya saben, como sea, era uno de esos cielos, y recibió tanto, y dice:

«…para que la magnitud de esas revelaciones no me convirtiera en una persona orgullosa y engreída, Dios me envió una espina en la carne…», un aguijón en la carne, dice en español, «…una espina en la carne, un mensajero de Satanás…».

Eso es lo que dice el griego, angelos satan, que podría ser un ángel de Satanás, un ataque demoníaco persistente contra su vida; y tres veces le pidió al Señor: «Líbrame de esto», y las tres veces él siempre respondió: «Mi gracia es suficiente… Mi poder se perfecciona en tu debilidad…». Y entonces Pablo dice: «Bueno, si ese es el caso, me deleitaré, celebraré mi debilidad, porque cuando soy débil, soy fuerte».

Porque, como ven, en el cristianismo hay que aprender de algún modo —es un acto delicado, es como algo zen— a equilibrar, por un lado, el deseo de santidad, la comprensión de la imponente santidad de Dios y el hecho de que en la santidad hay seguridad y en el pecado hay peligro; pero, al mismo tiempo, también hay que aprender a deleitarse en la propia debilidad y a confiar en la gracia de Dios, aun mientras uno lucha y no lo logra, no da la talla cada día. Entonces, al final del día, cuando miran la cuenta, está en números rojos y sencillamente tienen que hacer una oración, someterse a la gracia de Dios, tomar un par de aspirinas, irse a dormir y confiar en la gracia de Dios. Y luego levantarse al día siguiente, intentarlo otra vez y confiar en que Dios es bueno, en que es misericordioso, en que ama. A Dios le encantan las personas que al final no pueden pagar, y le encanta decir: «Muy bien, ¿cuánto debes? No hay problema, aquí tienes un cheque. Yo saldaré la cuenta; vete a dormir. Todo está bien».

Ya saben, perdónenme si me tomo apenas un par de segundos más, pero quisiera tener más tiempo para desarrollar estas cosas. ¿La parábola de los trabajadores de la viña? El dueño de la viña comienza a contratar gente temprano y, a medida que transcurre el día, trae a otros y dice: «Les pagaré tanto y tanto…». Y luego, hacia el final del día, se fija en unas cuantas personas que no han estado trabajando en absoluto. Y dice: «¿Por qué no están trabajando ustedes?». Ellos dicen: «Bueno, nadie nos ha contratado». Él dice: «Pues vengan a trabajar. Son como las tres de la tarde, por ejemplo; vengan, únanse y trabajen para mí». Así que entran a las tres, trabajan y, a las cinco, suena la campana, termina la jornada y él comienza a pagarles a todos. ¿Y saben qué? Les paga a todos la misma cantidad. Y los hombres que comenzaron a trabajar a las ocho y media de la mañana lo ven pagarles la misma cantidad a los que comenzaron a las tres, se enojan y dicen: «Oye, ¿qué pasa aquí? Estás siendo injusto. Les estás pagando lo mismo que a nosotros». Y el dueño dice: «Oigan, amigos, vamos, es mi dinero. ¿Acaso no puedo pagarles, si quiero, lo mismo que les pagué a ustedes?».

Como ven, eso es gracia. Esa es la gracia de Dios. Y necesitamos entenderlo. A Dios le gusta muchísimo eso. De nuevo, los de fuera son los de dentro. Los que no pueden pagar son quienes suelen recibir más. Pasan unos niños pequeños y Jesús los atiende; los adultos se enojan. «Están distrayendo al Maestro». Él dijo: «No, en realidad ustedes tienen que ser como ellos. Ellos son quienes merecen ser bendecidos por mí y, a menos que se hagan como ellos, olvídenlo: no entrarán en el Reino de los Cielos». Los pequeños, los que no entienden, los que parecen más débiles, los que no pueden darme nada, en realidad son a quienes más amo.

Como ven, por tanto, esta es la idea que tienen que cultivar: cuanto más cultiven este sentido de indignidad —no de una manera neurótica, sino de una manera sana y bíblica—, más se les revelará el carácter de Dios, más comprenderán su complejidad, su amor, su poder, su asombrosa, asombrosa gracia.

Ahora termino con esto. Podríamos seguir y seguir hablando de ese aspecto de las cosas, y hay muchísimo allí, pero solo quiero… que no olvidemos la otra parte, que consiste en que debemos adoptar hacia los demás esa misma clase de actitud en la vida; que, ya saben, muchas veces la gente nos ofenderá, muchas veces observaremos toda clase de deficiencias en el carácter de todas las personas que nos rodean: en la iglesia, en nuestros pastores y líderes, en nuestros cónyuges, en nuestros hijos, en la amistad, en el trabajo; y tenemos una opción: o vivimos una especie de vida esquizofrénica en la que recurrimos a la gracia de Dios pero tratamos a las personas conforme a la ley y nos metemos en todo un lío, o establecemos coherencia y nos deleitamos en la gracia de Dios, dependemos de la gracia de Dios, vivimos en la gracia de Dios y luego canalizamos esa gracia hacia nuestro trato con los demás; y así también somos rápidos para perdonar, rápidos para pasar por alto, rápidos para ocultar defectos, rápidos para ser generosos y para aceptar pérdidas, confiando en que el Padre cubrirá la pérdida si actuamos en su espíritu y a su manera.

Miren, muchas veces en la vida, para poder tratar a los demás con gracia, van a perder algo. Puede que pierdan dinero porque quizá tengan que perdonar a la persona que no les pagó el dinero, y pueden llevarla ante los tribunales o no volver a hablarle, o pueden optar por olvidar, en cierto modo, que no les pagó, tratarla como si les hubiera pagado y confiar en que Dios cubrirá de alguna manera la deuda. Si lo están haciendo en su espíritu, en su nombre, misteriosa y sobrenaturalmente, de algún modo lo recuperarán. Siempre me persigue esta imagen del buen samaritano, que deja al hombre herido en la posada y le dice al dueño: «Voy a darte algo de dinero y, si sus gastos exceden lo que te doy, cuando regrese te pagaré. No te preocupes por eso; cuídalo».

Y creo que eso es también lo que Dios nos dice a los creyentes. Dice: «Les he dado ciertos dones, les he dado ciertos recursos, ¿y saben qué? Si en el transcurso de su trato con las personas y los seres humanos descubren que estos exceden su capacidad para pagarles, que no pueden pagarles algo, que los ofenden, está bien. Denles gracia y yo les pagaré en algún momento».

¿Y saben qué? Muchas veces Dios les paga en esta vida porque, misteriosamente, la persona que tiene gracia, concede gracia a los demás, perdona y es generosa con otros es la persona emocionalmente más sana y más feliz. Ese es el misterio de vivir en la gracia. Podría seguir y seguir hablando de esto…

Pero ¿quieren salud emocional? ¿Quieren vivir felices, quieren dormir bien sin necesidad de pastillas ni nada? Vivan en la gracia. Den gracia a los demás, sean generosos con su dinero, con su energía, con su tolerancia; crean siempre lo mejor de las personas, esperen que surjan cosas buenas de ellas, hónrenlas, elógienlas, perdónenlas, atribúyanles las mejores motivaciones mientras no se demuestre lo contrario y sean generosos con su dinero, con su tiempo, con su energía, particularmente para el reino, pero también para otros seres humanos, y experimentarán la generosidad de Dios, provisión, bendición, paz y gozo.

Creo que es el mayor secreto individual de la vida cristiana. A medida que viven en la gracia al estilo de su Padre y dan a los demás, reciben y se convierten en un canal de bendición. Dios seguirá dándoles más y más y más, y permanecerá muy brevemente en ustedes, porque se lo estarán dando a alguien más, pero de inmediato llegará más para reemplazarlo. Así se convierten en un río: el agua siempre fluye por él, nunca se queda, pero siempre tiene agua. El problema es que nos apegamos a una configuración particular. Si quieren vivir la vida plenamente, no se apeguen a un punto particular de su vida, a lo que tienen, por ejemplo; sencillamente entréguenlo, porque habrá más. Tendrá una forma diferente, pero esa es su belleza. Todo el tiempo serán visitados por cosas nuevas; la vida será este gran juego en el que siempre reciben cosas nuevas para reemplazar las viejas que han regalado, viviendo en la gracia.

El Padre es un maestro en eso. Al recibir elogios, démoselos a otros; vivamos dependiendo de la gracia. No pueden vivir dependiendo de ustedes mismos, de sus buenas obras; nunca lo lograrán. Deléitense en su debilidad. Celebren su debilidad. Acudan al Padre en busca de perdón, tomen la decisión de ser mejores mañana y luego bendigan a los demás con esa misma actitud, y llegarán a ser como Jesús. El Padre se deleitará en ustedes y serán bendecidos más allá de sus más descabelladas expectativas.

Tomemos un momento para abrazar la gracia ahora mismo y, ante todo, para abrazar la gracia para nosotros mismos. Quiero abrazar la gracia para mí mismo. Y, Padre, te doy gracias porque no me tratas como merezco, no me pagas como merezco. Me pagas muchísimo, muchísimo mejor y, Señor, he aprendido a descansar en eso; perdóname cuando no lo hago, porque muchas veces no puedo creer que puedas ser tan bueno, Padre. Es difícil para mí, pero en mis mejores momentos sé que ese es el Dios a quien sirvo, y te doy gracias por ello, Señor. Te doy gracias por ser un Dios tan paciente con todos nosotros.

Te hemos ofendido, hemos hecho un desastre, nos hemos vuelto expertos en echarlo todo a perder y, aun así, tu gracia está siempre ahí, fluyendo abundantemente. Gracias porque no hay nada que pueda separarme del amor de Dios por medio de Jesucristo: ni mi propia pecaminosidad, ni mis propios errores, ni mis propias deficiencias, ni el diablo haciéndome tropezar, ni sus acusaciones; nada, nada puede apartarme del amor de Dios por medio de Jesucristo.

Oh, Señor, celebro eso. Ayúdanos a vivir en esa realidad, Señor. Ayúdanos a vivir en esa realidad. Ayúdanos a vivir libremente, conscientes del gran corazón de Padre que tienes, y permite entonces que vivamos vidas que reflejen eso al relacionarnos con los demás, Padre, y también al tratar a nuestros hermanos. Que seamos también expresiones del corazón de Cristo y de tu corazón lleno de gracia. Quiero ser como tú, Jesús; quiero reflejar también tu gracia. Gracias, gracias por este misterio de la gracia.

Que esta comunidad sea una comunidad de gracia, siempre abierta, Padre, a quienes luchan, siempre abierta a las personas que echan las cosas a perder; aun cuando proclamamos tu santidad, Señor, también sabemos que todo se trata de la gracia, y te damos gracias por ello. La recibimos esta noche, la celebramos. Señor, la exaltamos, y te adoramos y te rendimos culto porque tú eres la personificación misma de la gracia, y siempre fijaremos nuestra mirada en ella y meditaremos en ella para poder absorber su energía. Sé glorificado esta noche. Gracias, Señor. Amén.