Entonces Moisés dijo al SEÑOR: "Por favor, Señor, nunca he sido hombre elocuente. Ni ayer ni en tiempos pasados, ni aun después de que has hablado a Tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua." — Éxodo 4:10
Y El me ha dicho: "Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad." Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. — 2 Corintios 12:9

Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: En reconocer humildemente nuestra debilidad hay gran poder, porque dejamos de confiar en nuestra autosuficiencia y ponemos la esperanza exclusivamente en Dios. Aunque no tengamos la respuesta, las fuerzas ni las armas, Dios posee toda sabiduría, es Todopoderoso y nos ofrece su armadura. Nuestra victoria comienza al admitir que no podemos vencer solos y que necesitamos su misericordia y su gracia. Entonces buscamos sabiduría, nos refugiamos como niños en la suficiencia del Padre y pedimos ser llenos de su Espíritu. Al vaciarnos del falso sentido de independencia, nuestra debilidad se convierte en la plataforma donde reposa el poder de Cristo y se despliega el poder del cielo para establecernos sobre terreno seguro.
En la debilidad hay gran poder. En reconocer nuestra debilidad, en cultivar deliberadamente un sentido de insuficiencia, hay poder. ¿Por qué? Para el hombre sin Dios, la mujer sin Dios, el cultivar debilidad lleva a depresión y lleva a fracaso, y lleva a inacción. Pero el hijo de Dios, la mujer de Dios, cuando cultiva debilidad en el espíritu, lo que hace es reconocer, “Yo no tengo la victoria, pero Dios sí la tiene. Yo no tengo la respuesta, pero Dios es más que capaz para darme toda la sabiduría que necesito. Yo no tengo el poder pero Dios es Todopoderoso. Yo no tengo las armas, pero Dios me ha prometido toda Su armadura”.
Cuando quitamos la mirada de nosotros mismos, reconocemos nuestras limitaciones, y ponemos nuestra esperanza exclusivamente en Dios, nuestra debilidad se convierte en la plataforma perfecta para que pueda desplegarse todo el poder del Cielo a nuestro favor.
El Apóstol Pablo declara: “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. “Por tanto”, dice, “de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12: 9). Un hombre, una mujer, tiene que despojarse primero de su autosuficiencia y su falso sentido de independencia, y decir, “¿Sabes qué, Señor? Me despojo de todo eso. Lléname ahora con tu Espíritu, y enséñame el camino por donde debo andar”.
Nuestra victoria comienza cuando reconocemos humildemente: “Esto es demasiado grande para mí. No puedo. No tengo las armas. No tengo posibilidad de victoria, excepto por la misericordia de Dios”. Ahí comienza, querido lector, el poder de un hombre o una mujer de Dios, en reconocer, “Yo no puedo hacerlo solo. Necesito la gracia de Dios”. Basado en ese profundo reconocimiento de debilidad esencial, vas y buscas sabiduría. Te refugias en la suficiencia del Padre. Reconoces el peligro, admites tu total incapacidad, y te refugias como un niño en el poder de tu Dios. Esa unción ilimitada del cielo, metida en la vasija vacía que le has provisto al poder divino por medio de tu humilde reconocimiento, será más que suficiente para sacarte del hoyo y establecerte sobre terreno seguro.