Discurso de Graduación de Gordon-Conwell, 11 de Mayo de 2013: una Enseñanza Clara para una Cultura en Constante Cambio

Dr. Roberto Miranda

Autor

Dr. Roberto Miranda

Resumen: El ministerio en una cultura escéptica que cambia rápidamente es una tarea abrumadora, pero no carente de esperanza. No podemos ignorar las corrientes intelectuales contemporáneas ni las luchas y críticas genuinas con las que se encuentran quienes buscan respuestas y los creyentes. Nuestros ministerios deben hablar el lenguaje de la cultura con compasión, gracia, justicia y sensibilidad, pero permanecer firmemente arraigados en la ortodoxia bíblica, la obediencia y la santidad. La relevancia cultural, una apologética bien elaborada y la sofisticación intelectual tienen valor, pero no pueden convertirse en nuestras armas principales ni llevarnos a ocultar la cruz y cambiar la verdad por la aceptación. El ejemplo de Pablo nos orienta, en cambio, hacia Jesucristo crucificado y hacia el poder del Espíritu manifestado mediante la debilidad humana. La Iglesia debe resistirse a apaciguar a la cultura, a las falsas divisiones entre la compasión y la verdad, y a los ministerios cimentados más en la sociología que en la teología. Permanecer en la barca de la fidelidad bíblica no significa tener miedo ni retirarse: Cristo está presente en medio de la tormenta. Las circunstancias imposibles nos llaman a depender más plenamente de Dios, afrontar el futuro con esperanza y emprender el ministerio con armas bíblicas y una perspectiva bíblica resuelta.

Hoy emprenden un viaje que es glorioso, pero también abrumador. Esta promoción tendrá que ministrar, en gran medida, a una cultura que, quizá como nunca antes en la historia de Estados Unidos, está alienada y se muestra escéptica respecto de los valores y las afirmaciones del cristianismo y de las instituciones cristianas.

Este estado de cosas, por supuesto, no es nada nuevo. Se ha ido intensificando con cada año que pasa, y quizá continúe aumentando durante los próximos años. Este entorno espiritual hostil hará cada vez más difícil llevar a cabo ministerios que resulten atractivos para el ethos predominante y que, al mismo tiempo, sean fieles a la Biblia.

Los desafíos y las tentaciones que afrontarán a lo largo de sus ministerios serán más sutiles y peligrosos; los matices que se esperarán de ustedes serán más delicados; las tensiones internas y la ambivalencia que experimentarán serán más intensas que las que quizá experimentaron otras generaciones de ministros que los precedieron.

El hecho es que estamos en medio de un período de frenética experimentación social, moral y cultural en Estados Unidos que se vuelve progresivamente más intenso. Estos experimentos sociales asumen riesgos cada vez mayores. También se vuelven más y más ambiciosos en cuanto a su alcance, así como en el grado en que rechazan las estructuras y los fundamentos morales establecidos por generaciones pasadas.

La ciencia y la tecnología modernas, unos medios de comunicación omnipresentes y sofisticados con una orientación decididamente secular, y la perspectiva pluralista de nuestro mundo globalizado, entre muchos otros factores, han proporcionado a nuestra cultura las herramientas analíticas necesarias para deconstruir y neutralizar los supuestos más sagrados y arraigados de la sociedad.

La comprensión tradicional del tiempo, el espacio y la eternidad se ve cada vez más desestabilizada por ambiciosas especulaciones científicas que incluyen conceptos exóticos como la teoría de cuerdas, la materia oscura y los universos paralelos. La psicología evolutiva, la neurobiología y la exploración del genoma humano nos llevan a cuestionar las concepciones tradicionales de la responsabilidad moral, el libre albedrío, el amor, el altruismo e incluso el alma humana. La homosexualidad militante y el advenimiento del matrimonio homosexual sumen a los cristianos sensibles y reflexivos en una espiral de cuestionamientos personales y de ansiosa reconsideración de nuestras concepciones tradicionales del relato de la creación, la sexualidad humana y la inerrancia de las Escrituras. Freud, Darwin, Marx y Einstein, y los sistemas de pensamiento que han engendrado, han penetrado en la conciencia colectiva y han hecho que el camino de la fe sea mucho más complicado y laborioso para todos.

Si bien es cierto que la mayoría de los cristianos no necesariamente procesan estos conflictos fundamentales de la manera nítida y lúcida en que los estamos presentando, el hecho sigue siendo que sí experimentan su efecto neto de una manera implícita y general. El ruido blanco creado por todas las voces inquisitivas y discordantes que bombardean continuamente nuestra cultura produce creyentes aturdidos y desorientados que ya no saben qué creer. Su cosmovisión cristiana ha recibido golpes devastadores, y con frecuencia no pueden precisar exactamente por qué han perdido la claridad y la pasión respecto de su fe, ni por qué no logran confiar en sus instituciones cristianas y sus líderes espirituales.

Por supuesto, también existe esa enorme masa de personas en nuestra cultura a las que sencillamente no ha alcanzado ningún tipo de influencia cristiana. Millones de estadounidenses contemplan la cultura y la enseñanza cristianas desde lejos, a través de un vidrio grueso, oscuramente y con recelo. Son verdaderamente paganos en el sentido histórico y técnico de la palabra: terreno espiritual sin cultivar, con una sensibilidad esencialmente intacta y carente de preparación para procesar las complejidades y paradojas de la fe cristiana.

Estos escépticos modernos, sin embargo, no son tierra virgen que aguarde de manera neutral y objetiva para considerar nuestras afirmaciones. Poseen una armadura intelectual y un arsenal analítico que los hacen casi impermeables a los métodos evangelísticos tradicionales. Sus espíritus están sellados. Son como las murallas de Jericó, cerradas herméticamente ante la predicación del evangelio.

Si hemos de alcanzarlos y penetrar su armadura, esto no se logrará únicamente mediante una predicación atrayente o una apologética refinada, por importantes que estas sean. Se requerirán ministerios ungidos, saturados de los principios del Reino y profundamente unidos en yugo a la persona y al poder de Jesucristo.

Podríamos sentirnos tentados a deprimirnos ante este panorama, pero es simplemente un punto de partida. Esta realidad ministerial que habitamos es dura, pero no carece de esperanza. No es la primera vez en la historia que el cristianismo se encuentra contra las cuerdas e, irónicamente, parece que, de todos modos, esa es nuestra mejor posición. Jesús ha prometido que las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia. La adversidad y la complejidad son meramente el telón de fondo para un Dios que claramente ama el dramatismo y que se deleita en intervenir en el último momento para rescatar a discípulos que se ahogan.

Lo que sí necesitamos preguntarnos es: a la luz de estas reflexiones acerca de nuestra cultura, ¿qué perspectiva y filosofía ministeriales debemos adoptar? ¿Cómo hacemos frente al estéril paisaje espiritual que nos aguarda al pasar de los confines relativamente seguros del seminario al ministerio concreto? ¿Cómo edificamos ministerios creativos y fieles, ya sea que pasemos a dedicarnos a la reflexión y la enseñanza teológicas, al trabajo pastoral, a la consejería cristiana o a las misiones urbanas?

¿Cómo interactuamos con las voces de la cultura y las escuchamos —su monólogo interno, su exquisita ambivalencia, sus críticas a veces válidas contra los cristianos y el cristianismo institucional— sin pasarnos nosotros mismos al lado oscuro? ¿Cómo adquirimos mayor sensibilidad ante la desgarradora situación del homosexual, por ejemplo, sin abandonar la concepción bíblica y ortodoxa de la sexualidad humana? ¿Cómo integramos las complejidades planteadas por el darwinismo, la cosmología moderna, el feminismo y el posmodernismo sin perder nuestra determinación, la claridad de nuestro mensaje ni la nitidez de nuestras convicciones? ¿Cómo nos exponemos al canto de la sirena a fin de inmunizarnos contra él, sin sucumbir a su hechizo y acabar estrellándonos contra las rocas? ¿Cómo nos adentramos en la mente de Hamlet sin volvernos nosotros mismos como Hamlet?

El hecho es que no podemos permitirnos ignorar las poderosas corrientes intelectuales de nuestro tiempo y aun así esperar tener ministerios creíbles y pertinentes. Nuestros ministerios deben estar contextualizados y reflejar familiaridad con las luchas y preguntas que nuestros buscadores y feligreses afrontan cada día, así como aprecio por ellas.

Debemos ser capaces de hablar el lenguaje de la cultura. Debemos ser atrayentes y comprensivos. Nuestros sermones deben reflejar compasión hacia la pareja homosexual que nos visita el domingo, hacia el empresario cristiano que lucha cada semana con complejos dilemas éticos o hacia el atribulado estudiante de premedicina que oscila angustiosamente entre el creacionismo y el darwinismo.

El dilema ministerial contemporáneo, sin embargo, radica en que, aun cuando llevemos a cabo ministerios que reflejen gracia, justicia y sensibilidad cultural, tenemos que permanecer decididamente ortodoxos y bíblicos en nuestra predicación, nuestro discipulado y nuestra metodología. Es un delicado ejercicio de equilibrio, casi imposible de realizar bien y mantener. La tentación natural será ir hacia un extremo o hacia el otro. Pero si mantenemos una postura de fe firme y contamos con la ayuda del Espíritu Santo, no cabe duda de que podemos lograr presentar al mundo ministerios que sean tanto vanguardistas como fieles a la Palabra de Dios.

Mi mayor temor respecto de esta nueva generación ministerial es que, al procurar ser fiel en el ministerio a los valores del evangelio —valores de amor, tolerancia, misericordia, justicia y compasión—, termine abandonando la comprensión ortodoxa, histórica y bíblica de estos elevados principios, y termine absorbiendo gradualmente, en cambio, la interpretación infantil y superficial de esos mismos valores presentada por una cultura secular desorientada.

La mente secular moderna entiende muy poco los misterios esenciales de la fe cristiana: el mal consciente y personal, un cosmos caído, un Creador santo y soberano, un universo con propósito o un Dios que se sacrifica a sí mismo en favor de sus criaturas. Estos misterios, como nos recuerda el apóstol Pablo, han de discernirse espiritualmente, y la mente natural sencillamente no posee los componentes espirituales necesarios para procesar estas cosas.

La sensibilidad secular nos desafía a ser sensibles y acogedores, pero, al hacerlo, a menudo espera que arrojemos por la borda casi todos los elementos distintivos y todas las paradojas de nuestra fe cristiana. Se ofrece a entrar en nuestras iglesias el domingo, pero solo si suprimimos las escandalosas afirmaciones de Cristo y de su Reino. Esta, por supuesto, es una condición que no podemos cumplir.

Nos enfrentamos aquí a una versión moderna del pacto arquetípico que Satanás ofreció a Jesús en el desierto: «Te daré el mundo sin que tengas que ir a la cruz, pero primero tienes que adorarme». Si la Iglesia evangélica estadounidense acepta este pacto fáustico, como lo hizo la Iglesia europea siglos atrás, lo hará a costa de su alma colectiva.

Nos encontramos en una encrucijada decisiva en la larga trayectoria del evangelicalismo estadounidense. Es posible discernir algo parecido a un cambio de paradigma teológico que está teniendo lugar en la sensibilidad evangélica de nuestra nación.

(El mero hecho de que, incluso al emplear el término «evangélico», seamos muy conscientes de lo problemático que se ha vuelto ya indica hasta dónde hemos llegado. Porque la verdad es que, en nuestros días, muchos líderes cristianos e incluso denominaciones que hace mucho abandonaron los confines de la ortodoxia todavía se consideran evangélicos. Reaccionarían violentamente ante la idea de que no tienen un concepto elevado de las Escrituras o de que se han desviado del camino del cristianismo histórico. Quizá porque han logrado conservar los componentes más evidentes de la doctrina cristiana, no han advertido que su ortodoxia ha desarrollado sutiles grietas estructurales que, con el tiempo, conducirán inevitablemente a su derrumbe completo).

El evangelicalismo estadounidense ha desarrollado una especie de fatiga estructural que amenaza con conducirnos a la transigencia espiritual y a la capitulación teológica. Hemos defendido el bastión de la ortodoxia durante tanto tiempo que ahora nos sentimos solos y exhaustos, cada vez más inclinados a desdibujar los límites doctrinales y a atenuar el llamado a la obediencia bíblica y a la santidad personal.

Nos resulta cada vez más exasperante y poco elegante insistir en las verdades sencillas y las metáforas tan trilladas de generaciones anteriores de creyentes. Nos hemos vuelto excesivamente deferentes con los gustos y las costumbres de la época. Cada vez más, rebajamos el contenido de nuestros sermones al mínimo común denominador cultural u ocultamos la cruz con vergüenza para no alienar a posibles conversos. Convertimos en ídolo un amor falso y permitimos que se desarrollen falsas dicotomías entre la justicia y la misericordia, entre la compasión y la verdad. Valoramos las relaciones más que la fidelidad bíblica y fundamentamos nuestros ministerios más en la sociología que en la teología o en una exégesis bíblica sólida.

La dirección en que parece avanzar la nación ha adquirido para muchos líderes evangélicos mayor importancia que las coordenadas fijas de «la fe que ha sido una vez dada a los santos». Con frecuencia nos encontramos abrazando la justicia social, no tanto porque sea un mandato bíblico, sino más bien como una forma de ganar puntos ante la cultura. Nos volvemos cada vez más impacientes con los incómodos «guerreros culturales» que denuncian el aborto y la homosexualidad como pecado, aun cuando en privado admitimos en voz baja que eso es precisamente lo que son.

Quizá exagere un poco, pero entienden la idea. Con respecto a la cultura secular contemporánea, los evangélicos estadounidenses están empezando a manifestar una curiosa versión del síndrome de Estocolmo, en la que una víctima, después de repetidos golpes y abusos, comienza a adoptar la perspectiva de sus captores como mecanismo de defensa psicológica.

¿Cuál es, entonces, la postura ministerial correcta que debemos adoptar respecto del complejo entorno espiritual que habitamos? ¿Dónde se encuentra para nosotros el punto de mayor influencia? ¿Cómo elevamos esta cultura por encima del cenagal espiritual en el que ha caído, sin caer nosotros mismos en el pozo de la incredulidad sutil y la transigencia espiritual?

A este respecto, hacemos bien en tomar del apóstol Pablo algunas orientaciones ministeriales. Cuando tuvo que dirigirse a la cultura corintia, intelectualmente sofisticada, adoptó un enfoque totalmente contrario a la intuición. En 1 Corintios 2:1-5 declara:

Así que, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría para anunciaros el testimonio de Dios. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado.

Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no estuviera fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Pablo decidió depender menos de la perspicacia cultural y de sus considerables recursos intelectuales, y más del discreto pero, en última instancia, irresistible poder de Jesucristo. Llegó al poder por medio de la debilidad de la cruz. Buscó ejercer influencia haciéndose insignificante. Se negó a ponerse la armadura de Saúl y optó, en cambio, por depender de cinco piedras lisas y una honda investida del poder del Espíritu de Dios.

Aludí anteriormente a que la cultura estadounidense contemporánea se asemeja a las murallas de Jericó, herméticamente cerradas a la predicación del evangelio. Debemos recordar que la estrategia que Dios le dio a Josué para derribar esas murallas fue eminentemente espiritual, absolutamente ridícula, pero, en última instancia, elegante y espectacularmente económica. Así es el camino del Reino. Se repite una y otra vez en los relatos de Moisés y el faraón, David y Goliat, Gedeón y los madianitas, Josafat y Moab.

El mundo nos invita a relacionarnos con él intelectual y sociológicamente, pero si hacemos de la relevancia cultural y del intelecto nuestras principales armas ministeriales, nosotros mismos seremos derrotados y consumidos por ellos. Quien mata a espada, a espada muere.

Debemos negarnos a luchar con las armas del mundo y, en cambio, optar por usar las armas ridículas y engañosamente insensatas del Reino. Debemos tener resueltamente presente que «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas».

En este tiempo de prueba para la Iglesia estadounidense, debemos hallar nuestras directrices en la enseñanza clara e inmutable de las Escrituras, no en las volubles inclinaciones de la sociedad ni en las vanas especulaciones de incrédulos desorientados. La manera más segura de terminar como Europa, con una Iglesia decrépita y una irrelevancia espiritual casi absoluta, es que los evangélicos estadounidenses adopten una postura de apaciguamiento cultural y camuflaje teológico.

Ante circunstancias tan abrumadoramente adversas como las que afrontamos hoy, nuestra única esperanza es deleitarnos en nuestra debilidad y cultivar, en cambio, el poder de Dios.

La coraza espiritual que hoy encierra la mente de tantos individuos modernos no puede ser penetrada por meros argumentos culturales o intelectuales, ni siendo una presencia discreta y atrayente que se mimetiza con su entorno. Al embarcarnos en estos intentos intelectuales inútiles, solo conseguimos alimentar el apetito insaciable de esta cultura por la argumentación y la controversia intelectuales. En cambio, debemos entregarnos a la cruz y, mediante nuestra crucifixión, generar suficiente fuego espiritual para derribar toda muralla espiritual que el enemigo haya levantado en nuestra cultura.

La postura ministerial más segura en este momento para los evangélicos estadounidenses es permanecer dentro de la barca de la ortodoxia y la fidelidad bíblica, con la tormenta cultural rugiendo a nuestro alrededor y amenazando con ahogarnos, pero con el Maestro dentro de ella, presente con plena confianza y garantizando no solo nuestra supervivencia, sino también nuestra llegada a salvo a la otra orilla, con una fe fortalecida y una comprensión mucho más profunda del poder y el señorío de Cristo sobre todo cambio cultural y toda conspiración espiritual del enemigo.

Al contemplar nuestro temor actual como Iglesia a volvernos irrelevantes y escabullirnos hacia la insignificancia, casi puedo oír la suave reprensión de Jesús a sus discípulos aterrados: «¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?» (Marcos 4:40)

Creo firmemente que los mejores días de la Iglesia, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, aún están por venir. Aun cuando reconocemos la abrumadora complejidad del ministerio en este mundo moderno, debemos mirar al futuro con gran esperanza y entusiasmo. A Dios le encanta disponer circunstancias imposibles y descalificarnos por completo, para que nos veamos obligados a depender exclusivamente de Él y para que, al final, Él reciba toda la gloria.

Nuestra situación actual en Estados Unidos tiene todos los ingredientes de una gloriosa narración bíblica. Asegurémonos de entrar en esta lucha con armas bíblicas y con una perspectiva bíblica resuelta.

Declaro la bendición de Dios sobre ustedes al emprender esa gloriosa empresa.