Mi Dios es Presencia

¿Adónde me iré de Tu Espíritu, O adónde huiré de Tu presencia? Si subo a los cielos, allí estás Tú; Si en el Seol preparo mi lecho, allí Tú estás. Si tomo las alas del alba, Y si habito en lo más remoto del mar, Aun allí me guiará Tu mano, Y me tomará Tu diestra. — Salmos 139:7-10
No hay cosa creada oculta a Su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de Aquél a quien tenemos que dar cuenta. — Hebreos 4:13
Milagros García Klibansky

Autor

Milagros García Klibansky

Resumen: Dios está siempre presente: su mirada alcanza incluso los pensamientos y deseos que quisiéramos ocultar. Al reconocer nuestra condición, podemos sentir vergüenza y querer escondernos, pero nada escapa a Él. Su presencia también se hace especialmente cercana cuando estamos débiles y desvalidos. Al caer nuestra soberbia y quedarnos sin nada a qué aferrarnos, su mano nos sostiene y nos recuerda que no estamos solos. Su presencia alivia nuestras heridas, refresca el alma y nos da lo que necesitamos para vivir. Dichosos somos si podemos disfrutar de ella.

Hace algún tiempo leí sobre un hombre que había cometido un pecado y encerrado en una habitación, caminaba con desesperación de un lado a otro mientras gemía diciendo:- ¡No me mires, no me mires!

Cuando pensamos en la Omnipresencia de nuestro Dios y concientizamos que siempre estamos bajo su mirada y cuidado, nos dan deseos de caer de rodillas y clamar -¡No me mires!-, pues sabemos cuán sucios estamos.

Sólo Dios y nosotros mismos somos conscientes de cuántos pensamientos pecaminosos pasan a cada instante por nuestra mente, cuántos malos deseos hacia el prójimo, envidias contra nuestros hermanos. Pensamientos que a veces no quisiéramos revelarnos a nosotros mismos, que de sólo concebirlos nos aterran.

Pero Él está ahí, en lo más recóndito de nuestra mente, Él llega a los rincones que ni siquiera nosotros podemos llegar y su presencia descubre nuestra naturaleza y nada hay que escape a su mirada. Nuestro corazón está desnudo ante Él, nosotros estamos desnudos ante Él, pero donde su presencia adquiere una inusitada magnitud es cuando estamos débiles y desvalidos, cuando toda nuestra altanería y soberbia son lanzadas al cieno, es entonces cuando su presencia se levanta ante nosotros como gigante, haciéndonos sentir que no estamos solos y cuando no nos queda nada a que aferrarnos, es cuando mejor lo sentimos, porque en la caída lo único que nos sostiene es su mano.

Su presencia es un bálsamo a nuestras heridas, es como vino en libación, es brisa fresca en el desierto, agua que brota de un manantial inextinguible y nos hidrata el alma y es todo lo que necesitamos para mantenernos vivos. Ante su presencia la creación se postra.

¡Dichosos los que pueden disfrutar de su presencia!