Pero no quitaré de él Mi misericordia, Ni obraré falsamente en Mi fidelidad. No quebrantaré Mi pacto, Ni cambiaré la palabra de Mis labios. Una vez he jurado por Mi santidad; No mentiré a David. — Salmos 89:33-35
Porque ellos nos disciplinaban por pocos días como les parecía, pero El nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de Su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercitados (adiestrados) por medio de ella, después les da fruto apacible de justicia. — Hebreos 12:10-11

Autor
Milagros García Klibansky
Resumen: El Salmo 89 muestra la grandeza de Dios y su fidelidad. Aunque nos disciplina, nunca nos abandona y nos restaura con dulzura. Su amor es inmenso y Santo, y Él se propone amarnos a pesar de nosotros mismos. Somos suyos y Él siempre será nuestro Dios.
Al leer el Salmo 89, mi alma ha quedado abrumada cuando siento en mi corazón la grandeza de mi Padre. Mi Dios es inconmensurable en su Santidad. Repasando los versículos 30-37, me doy cuenta de su inmutabilidad y fidelidad, no influenciadas por mis actitudes, sino que actúa sin prejuicios ante los errores míos.
Sé que mi Padre me va a disciplinar cada vez que yo yerre, pero estoy segura que nunca me va a abandonar. Su vara molerá mis huesos, pero no hasta destruirme.
El dolor podrá lacerarme el alma, pero no quedaré postrada, porque Él, después de la disciplina, me levantará con su desmedida dulzura, teniendo en cuenta no lastimar más mis heridas, comenzará un proceso de restauración de mi alma destrozada y cuidará mis llagas hasta que estén curadas.
No puede negarme su amor, ¿Qué padre niega su amor a su criatura? Pero mucho más, Él, que ha prometido que si mi madre se olvidara de mí, Él no lo hará (Isaías 49:15), ¡así de grande es su fidelidad!
Santo es mi Dios, el que no se niega a sí mismo porque no puede ir en contra de su naturaleza y cumplió en la cruz, se derramó por mí hasta la última gota de su vida y lleva mis marcas en su cuerpo, mientras que yo llevo sus marcas en mi corazón.
Si, mi Dios es Santo y me abruma sólo pensar que nunca igualaré su Santidad ni compensaré los dolores que le he causado en la vida que Él mismo me regaló y que no he sabido valorar lo suficiente.
Pero eso a Él no le importa, porque Él se ha propuesto amarme a pesar de mí.
Yo soy suya y Él siempre será mi Dios.
(Lectura sugerida: Salmo 89)
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