Pero El fue herido (traspasado) por nuestras transgresiones, Molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, Y por Sus heridas (llagas) hemos sido sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, Nos apartamos cada cual por su camino; Pero el SEÑOR hizo que cayera sobre El La iniquidad de todos nosotros. Fue oprimido y afligido, Pero no abrió Su boca. Como cordero que es llevado al matadero, Y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda, El no abrió Su boca. — Isaías 53:5-7
y quien cuando Lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquél que juzga con justicia. El mismo llevó (cargó) nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por Sus heridas fueron ustedes sanados. — 1 Pedro 2:23-24

Autor
Milagros García Klibansky
Resumen: El autor ve a una yegua maltratada y sufre al verla sufrir. Piensa en la carga que Jesús llevó en el Calvario y su humilde resignación y sometimiento al Padre. Reflexiona sobre la crueldad humana y el sacrificio de Jesús, y cómo Él sigue perdonándonos a pesar de todo.
La vi a lo lejos tirando del carretón, su caminar cansado, su cabeza baja, su andar inseguro, llevaba sobre sí todo el peso del mundo. Mientras se acercaba noté que sus costillas se podían contar, los huesos de la cadera y columna vertebral parecían que iban a romper la piel.
Sentí un dolor increíble en mi pecho y lágrimas afloraron al ver la llaga, enorme, sangrante, que había causado la cuerda con que tiraban de ella.
La azotaban y ella, con humildad, servía a aquellos que la maltrataban, y aceptaba el castigo con resignación.
-¡Por Dios!, ¡No abusen más de ella. Esa yegua se va a morir!
Ni siquiera miraron, continuaron su camino lanzándole latigazos. Paró a pocos metros. Vi sus patas temblorosas, estaba extenuada, desvié mi vista y cuando volvía a mirar ya no estaba.
Pensé en el suplicio del Calvario, El Rey llevando su carga, pesada como la maldad humana, nuestro pecado en sus espaldas aplastándolo, el dolor de sus llagas y su humilde resignación y sometimiento al Padre.
Nuestra indiferencia, la crueldad de volver a crucificarlo cada vez que caemos y Él extendiendo sus manos heridas para sostenernos.
Y el dolor en mi pecho se hace insignificante ante su dolor…
Y mis lágrimas no son nada ante su grito: -“¡Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen!” (Lucas 23:34)
Y nosotros, seguimos echando suertes para burlar su sacrificio.
Y Él perdonándonos, porque es quien mejor nos conoce y amándonos con ese amor que ni siquiera podemos imaginar, porque es divino.
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