Desatar el Gozo del Señor

Samuel Acevedo

Autor

Samuel Acevedo

Resumen: El llamado a «regocijarnos» no exige que fabriquemos sentimientos de alegría. Podemos ser salvos, útiles y activos en el ministerio y, sin embargo, seguir siendo profundamente infelices por carecer de gozo interior. El gozo del Señor surge como el fruto natural de una vida vivida deliberadamente en la presencia de Dios. Su evidencia visible es la mansedumbre: una vida pacífica, firme y semejante a Cristo que resplandece incluso bajo presión.

Cultivamos esta vida gozosa mediante prácticas espirituales. En la oración, nos liberamos de la ansiedad al entregar el temor, la ira, la culpa y la confusión, mientras recibimos la gracia, el perdón, la paz y el gozo de Dios. Por medio de la acción de gracias, repasamos y celebramos las evidencias del favor, la provisión y la protección de Dios. También debemos estudiar todo cuanto refleja la belleza de Dios y aprender cómo Cristo dirige nuestras relaciones, responsabilidades, crisis, fracasos y temores. Sin embargo, estudiar no basta; debemos poner en práctica la vida hermosa.

Pablo y Silas lo ejemplifican cantando mientras están heridos y encarcelados. De igual manera, practicamos el perdón ante la traición, la fe en el sufrimiento y la paciencia en medio del estrés. A medida que aprendemos a «cantar en la cárcel», se abre el camino hacia el gozo, la libertad y una conciencia permanente de que el Dios de paz está cerca.

Filipenses, capítulo 4, comenzando con el versículo 2. Mientras buscan el pasaje, habrán notado que el pastor Roberto no está aquí, y no está aquí por buenas razones. Está en España. No sé qué hora es en España; podría estar en medio del almuerzo o en plena siesta, que es un requisito legal en España, o podría estar preparándose para una charla en… a punto de expulsar 16 demonios de alguien por allá. Sea lo que sea, ¿podrían todos ponerse de acuerdo conmigo ahora mismo para bendecir al pastor Roberto en el nombre de Jesús?

Padre celestial, simplemente te doy gracias por haber abierto esta puerta. Tú amas ese país. Tienes un propósito para ese país. Señor, Padre, afirmamos el llamado apostólico del pastor Roberto. Afirmamos que tú has abierto esta puerta y que lo has enviado allí. Afirmamos que mayor es el que está en él que el que está en el mundo, y te pedimos, Señor Dios, que entregues España al Reino de Dios, que fortalezcas y confirmes a los pastores, que lleves a las personas a la convicción que nace del conocimiento de Jesucristo y que uses a nuestro pastor como una cuña para abrir las puertas del infierno, para que nunca vuelvan a cerrarse a tu evangelio. Úsalo en el nombre de Jesús.

Filipenses, capítulo 4; comenzaremos con el versículo 2. A medida que avancemos por las Escrituras, no debería sorprenderles, si han tenido algún contacto con Filipenses, capítulo 4. Pueden adivinarlo fácilmente: esta noche vamos a hablar del gozo, y hay algunas cosas que necesito confesarles. En primer lugar, necesito confesar que en realidad me resistía bastante a traer esta palabra; de hecho, luché con el Espíritu Santo, pues tenía otra cosa en mente. Seguía volviendo a esto; el Espíritu Santo seguía poniéndomelo delante, primero en mi propia vida, pero también mediante una serie de conversaciones y encuentros que he tenido con distintas personas a lo largo de esta semana, el más reciente esta mañana.

Cuando llegábamos al estacionamiento para el grupo de hombres de esta mañana —tenemos a las 10:30 un grupo de recuperación para hombres a quienes Dios ha librado y continúa librando de adicciones que controlan sus vidas— llegó este hombre, que lleva más de una década libre de su adicción. Dios ha hecho cosas maravillosas en su vida; hay muchísimos ejemplos de las victorias que Dios ha obrado en su vida. Llegamos prácticamente al mismo tiempo. Se acerca a mí y lo primero que dice, ya saben, ni siquiera un «Dios te bendiga»… Lo primero que dijo fue: «Pastor Sam, la verdad es que ni siquiera quiero estar aquí. Hoy estoy aquí por deber y obligación, porque sentí que realmente tenía que venir, pero me siento fatal. Quiero decir, me siento desdichado por quien soy, por cómo están las cosas», y compartió un par de problemas. Luego, en el grupo, dijo algo que considero profundo y que, dado lo que el Señor me ha encargado para esta noche, considero profético. Dijo: «Dios no me ha llamado a la vida de Cristo para que sea desdichado. Dios —esto es lo que dijo— no me llamó para que fuera desdichado».

Ahora tengo que hacer una confesión: ha habido muchas ocasiones en que, en mi propio caminar con Cristo, mientras servía al Señor, venía, adoraba y hacía distintas cosas en el nombre de Jesús, en muchas de esas ocasiones, muchas de esas ocasiones en las que compartía, hacía algo o participaba activamente de alguna manera, había una cojera interior en mi corazón, y gran parte de ella surgía del dolor. Y tengo que confesarles esto: no siempre me he identificado con el gozo del Señor. A menudo se me ha escapado. Y una de las cosas que amo de la Palabra de Dios, y una de las razones por las que creo que la Palabra de Dios es verdadera, es que las Escrituras no rehúyen esas realidades; de hecho, al afrontarlas es como las Escrituras adquieren su poder, su fuerza y su credibilidad.

Y en esto, así como Beethoven escribió su obra más grande, conocida como «Oda a la alegría», la «oda al gozo» de Pablo en Filipenses, capítulo 4, comienza en realidad con una discusión tremenda, cara a cara, una trifulca… entre estas dos siervas de Dios. Así comienza este pasaje. Imagínenselo. Pablo está en la cárcel. ¿Qué clase de pelea habrá sido esta para captar su atención y obligarlo a escribir una carta a los filipenses e intervenir en este conflicto entre estas dos hermanas? Tuvo que ser una buena riña para captar su atención, o estas dos personas tenían que ser muy influyentes; fuera lo que fuera, tenía que entrañar algún riesgo de desestabilizar la armonía de la iglesia de Filipos para que él aportara su granito de arena al asunto.

Así que comienza este pasaje, que nos dice tanto acerca del gozo del Señor, describiendo una realidad que, si vamos a ser sinceros, ustedes y yo conocemos demasiado bien. Y es esta: es absolutamente posible —y esto es precisamente aquello de lo que el Señor nos enseñará a escapar esta noche en el nombre de Jesús—, pero es absolutamente posible vivir la vida cristiana sin llegar a conocer jamás el gozo del Señor. Es absolutamente posible pasar todos sus días como cristianos en este planeta sin experimentar el gozo de la vida de Cristo.

Así que escribe y dice, ya saben: «…Filipenses, los amo, los añoro, ustedes son mi corona, mi gozo; les pido que permanezcan firmes en la fe, pero ruego a Evodia y ruego a Síntique que se pongan de acuerdo en el Señor. ¿Se lo imaginan escribiendo esto en la cárcel? De entre todas las cosas que tengo que hacer, resulta que también tengo que meter mi cuchara en esto. Sí, y a ti, fiel compañero de yugo, el pastor de Filipos, te pido que ayudes a estas mujeres que han luchado a mi lado por la causa del evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida».

Hay tres cosas que podemos aprender acerca de quiénes son estas mujeres, Evodia y Síntique, con solo leer ese pasaje. Primero, son salvas. Son salvas. Lo sabemos porque Pablo dice expresamente: «Sus nombres están en el libro de la vida». Son salvas.

Segundo, son útiles. Son poderosas, están ungidas, son muy trabajadoras. Pablo dice: «Estas mujeres han luchado conmigo. Han estado conmigo en primera línea. Han hecho cosas extraordinarias conmigo. Dios las ha usado».

Y la tercera cosa que podemos aprender acerca de estas personas es que, pese a ser salvas, pese a estar ocupadas en el reino, pese a ser útiles y pese a estar ungidas, son infelices. Son salvas, son útiles, están ocupadas, son respetadas y son profundamente infelices. Tienen conflictos entre sí, y Pablo comienza a cercar esta realidad mediante esos conflictos.

Tal como dice Santiago: «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre ustedes?», pregunta Santiago en el capítulo 4 de Santiago. Y responde a su propia pregunta: «¿No provienen de sus pasiones, de sus deseos insatisfechos? ¿No provienen de algún lugar dentro de ustedes?».

Y eso es exactamente lo que sucede aquí. Hay algo profundamente ausente, algo que anda mal dentro de ellas y que produce las guerras y los conflictos que las rodean. Y Pablo está a punto de diagnosticarlo, y el diagnóstico es «falta de gozo».

Continúa, en el versículo 4, con esta declaración que todos deberíamos saber de memoria: «Regocíjense en el Señor siempre». Lo diré de nuevo: «¡Regocíjense!».

No sé si esta es la primera vez que han leído esas palabras: «Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocíjense!». Pero yo llevo leyendo esas palabras, ya sea en español o en inglés, desde la infancia. Y hasta hace muy poco mi reacción, la manera en que siempre las había leído, era un tanto… bueno, ahora lo admito, un tanto extraña.

Siempre las había leído así: como un mandato. Y en cierto sentido lo es; el Señor dice por medio de Pablo: «Regocíjense en el Señor siempre».

Ahora bien, ¿cómo responden a eso? Si son como yo, van a irse a casa y decir: «Bueno, no me siento estupendamente, así que ahora voy a regocijarme. Ahora sí lo digo en serio: de verdad voy a regocijarme. Voy a regocijarme». Y cuanto más intentan regocijarse, más frustrados se sienten y más se enojan, ya saben.

Es como si alguien se les acercara cuando acaban de tener el peor día de su vida: el auto se les ha quedado atascado en el hielo durante los últimos 20 minutos. Su jefe, un alma muy cariñosa y comprensiva, les señala que deberían haber estado en la reunión hace 45 minutos. Por supuesto, están empapados de tanto intentar sacar el auto y, para colmo, el cheque que extendieron la semana pasada fue rechazado. Entonces alguien se acerca y les dice: «Alabado sea Dios, todo se va a resolver. Pon buena cara». ¿Qué hacen? Quieren darle una bofetada a ese tipo. «¡Regocíjate!». Regocíjense en el Señor siempre.

Primera lección: no pueden fabricar el gozo del Señor. No pueden simplemente inventárselo. No es algo que puedan hacer existir tan solo mediante la fuerza de voluntad. Entonces, ¿qué es esto? ¿Qué está diciendo? ¿Saben qué es esto? El Espíritu Santo finalmente me lo reveló. ¿Saben qué es esto? Es un diagnóstico. Hermanas, hermanos en Cristo, regocíjense en el Señor. Necesitan una buena dosis de gozo. Esto es igual que ir al médico y que este diga: «Señor Acevedo, necesita bajar el colesterol y perder 10 libras». O como ir al orientador de su escuela y que este les diga —van a ver a alguien como Dave o como yo, ¿de acuerdo?, y estamos mirando sus calificaciones—: «De verdad… Si quieren ir a esa universidad, realmente tienen que subir sus calificaciones de ciencias».

Ahora bien, no tiene sentido decir: «Muy bien, colesterol, te ordeno que bajes», ya saben. Y tampoco tiene sentido decir: «Calificación de ciencias, sube», ya saben. Eso no tiene sentido.

Lo que sí tiene sentido es esto. ¿Y no es esto lo que el médico intenta decir? El médico dice: «Si adopta cierto estilo de vida, si pone en práctica determinados hábitos, el resultado natural de vivir de cierta manera producirá lo que usted desea. Un resultado natural…». ¿Quieren bajar el colesterol? ¿Qué hacen? Ya saben, dejan de comer huevos y se suben un poco a la cinta de correr. Ya saben, ¿quieren subir su calificación de ciencias? ¿Qué tal si estudian un par de horas más?

Y como resultado natural de estos hábitos, de este estilo de vida, de vivir de una manera nueva y diferente, los resultados cambian. Y lo que Pablo dice es: «Hay un estilo de vida en Cristo que, si aprenden a vivirlo, hay prácticas en Cristo que, si las adoptan… El resultado natural de vivir el estilo de vida de la vida en Cristo es el gozo. No tienen que esforzarse por conseguirlo. No tienen que esforzarse por conseguir el gozo. Esfuércense en estas prácticas, en este estilo de vida que la Biblia traza para ustedes. Y el resultado natural será el gozo del Señor».

Así que tenemos dos preguntas que vamos a abordar esta noche y después nos iremos de aquí. Pregunta número 1: ¿qué aspecto tiene el gozo del Señor? Para muchos de nosotros —y esto es lo más triste—, yo he conocido a personas que llevan años en Cristo; personas a las que conozco no desde la universidad ni desde la escuela secundaria, sino desde la escuela dominical; personas a las que conozco desde hace 30 o 35 años y que, estoy convencido, jamás han vivido una vida normal en Cristo, jamás han experimentado ni bebido del gozo del Señor. Es lo más triste y trágico que hay.

Así que quizá incluso tengamos que comenzar haciéndonos una idea de qué es eso, qué es el gozo del Señor. Y luego, ¿cómo se alcanza el gozo del Señor?

Ahora bien, primero: ¿qué aspecto tiene? Y Pablo nos da una pista en el versículo siguiente, el versículo 5. Dice: «…que la amabilidad de ustedes sea evidente a todos; el Señor está cerca…».

Ahora bien, lo primero que esto debería decirles es lo siguiente: sea lo que sea el gozo del Señor, no es externo. Sea lo que sea el gozo del Señor, no es algo que puedan comprar; no es una posición a la que puedan ascender ni un título que puedan obtener. No hay nadie que pueda darles algo, decir algo o hacer algo por ustedes, en su nombre, que provoque el gozo del Señor. No es que venga de fuera. Sea lo que sea el gozo del Señor, una de sus evidencias es la amabilidad.

Ahora bien, ¿qué quiere decir Pablo con amabilidad? Digámoslo de esta manera: lo que buscamos es convertirnos en la clase de persona a la que la gente se refiere cuando dice: «¡Caramba!, ¿qué pasa con ese tipo? ¿Qué pasa con esta hermana?». Nada parece alterarla. Parece tomárselo todo con calma. ¿Escucharon su testimonio la semana pasada? Ha pasado por el infierno y, aun así, miren esa sonrisa. Miren esa actitud. Da gusto hablar con ellos. Es aquello de lo que hablaba el pastor Roberto la semana pasada: la vida de Cristo sencillamente rezuma de ustedes. Es evidente.

La palabra que usa Pablo es precisamente esa: «evidente». Es una buena palabra. Es una buena palabra porque significa que su propia vida, sin pronunciar una palabra más, demuestra que Cristo vive y está bien dentro de ustedes. Y las cosas les resbalan: cosas enormes, desastrosas y dolorosas les resbalan como el agua a un pato. Nada parece alterarlos. ¡Es increíble! Ustedes conocen a personas así. Hay en ellas este aire de paz, de ecuanimidad, de lucidez. Quiero decir, esta es la principal manera en que la gente sabe que ustedes son hijos de Dios: por la evidencia que ve, por la amabilidad; viven la vida con amabilidad.

Y esto es sumamente importante. En esta misma carta, en el capítulo 2, después de describir cómo el Señor mismo sencillamente se despojó de sí mismo por nosotros y sirvió humildemente, Pablo escribe, ya saben: «Háganlo todo sin quejas ni discusiones, para que lleguen a ser irreprochables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada, en la cual ustedes…». Y esta es la frase que yo sencillamente… esto es algo que pueden repetir en sus propias oraciones y decir: «Señor, quiero que me conviertas en esto»: «…en la cual ustedes brillan como estrellas en el universo al mantener en alto la palabra de vida…».

Ustedes brillan como estrellas. ¿Qué implica eso? ¿Cómo brillan las estrellas? Las estrellas brillan porque en lo más profundo de ellas, como nuestro sol, en el que cabrían diez mil planetas Tierra, allá en lo más profundo, hay un proceso de combustión en el que elementos básicos, como el hidrógeno y el helio, se convierten en energía pura, en calor, en luz. Así que, literalmente, el poder de una estrella proviene de su interior, y cuanta más presión se le aplica a una estrella —la gravedad, o cualquier otra cosa que los cosmólogos quieran inventar—, cuantas más fuerzas se ejercen sobre ella, más intensamente brilla, más luminosa es. Y esa es la idea.

Sea lo que sea, además, el gozo del Señor, significa convertirse en una estrella andante. La meta es ser luminosos en Cristo. La meta es que la semejanza a Cristo fluya de ustedes, que irradie desde ustedes, que brille a su alrededor, que ilumine la oscuridad que los rodea. En eso quiere convertirlos Dios. Y, en lugar del helio y el hidrógeno, lo que los hace resplandecer es el gozo del Señor.

Nehemías lo dice. Nehemías, capítulo 8, un pasaje que todos ustedes conocen: «...el gozo del Señor es la fuerza de ustedes...», y él dice: «...que la gentileza de ustedes sea conocida...». Que su gentileza sea conocida, que sea evidente para todos los demás, porque el Señor está cerca. Y, miren, ese es el punto. De ahí proviene la energía. Esa es la fuente de combustible: la cercanía, la conciencia de la presencia de Dios en su vida.

Ahora bien, la mayoría de nosotros hemos tenido... ustedes no estarían aquí si en algún momento no hubieran tenido un encuentro fugaz con lo divino. Si en algún momento no hubieran sido profundamente conscientes de la presencia de Dios y de su papel en Dios. Jacob tuvo uno muy famoso... Es uno de mis pasajes favoritos de Génesis, donde él está durmiendo en un campo, recibe una visión de ángeles que suben y bajan, se despierta y dice: «¡Dios mío! El Señor estaba aquí y yo no lo sabía. Este lugar es la casa de Dios». La casa de Dios no tenía el aspecto de este precioso, precioso, precioso templo. Era una piedra en medio de un campo: eso era Betel, esa era la casa de Dios. Y ustedes han tenido su Betel. Están aquí porque, en un momento u otro, han tenido un encuentro fugaz con la presencia de Dios. Lo saben.

Incluso pudo haber sido hace 15 o 20 minutos, en medio de nuestro tiempo de adoración, cuando el Espíritu Santo ministró al espíritu de ustedes con lo que Romanos llama «...gemidos que no pueden expresarse...». Sintieron la presencia del Señor, respondieron a la presencia del... desde lo más profundo de ustedes surgieron música, cánticos y frases de amor para el Dios de su vida; y luego, 2 horas después, están en casa, se marchan, salen de aquí y la presencia se desvanece. Y lo que Pablo está diciendo es que el Señor siempre está cerca, pero hace falta alguien capaz de adaptarse, capaz de hacer lo que escribió el hermano Lorenzo hace quinientos o seiscientos años, no sé: capaz de practicar la presencia del Señor, capaz de entrar a voluntad en la presencia del Señor, capaz de crear un Betel a partir de cualquier situación, de cualquier lugar en el que se encuentre. Esas son las personas que brillan como estrellas y alcanzan el gozo del Señor.

Este salmo, el Salmo 16, es una hermosa oda, pero también es una verdad del evangelio dura como una roca: «...en su presencia —escribe David— hay plenitud de gozo». El secreto, el secreto, es convertir esos momentos de gloria en un estilo de vida. El secreto es permanecer, vivir todos sus días en su presencia. ¿Cómo se hace eso?

Saben, alabado sea Dios, no es tan difícil. No es difícil en el sentido de que... quiero decir, no vamos a obligarlos a ir al Himalaya como harían algunos otros... ya saben, carguen sus banderines y ¡bum!... Esto es algo que podrían hacer en casa, algo que podrían hacer... Son cosas que podrían hacer a diario.

El problema es que deben estar preparados, porque esto quizá requiera otra conversión más. No creo que los cristianos sean capaces de tener una sola conversión. Esta noche tal vez los esté invitando no solo a convertirse a Cristo, sino a convertirse a la vida de gozo en el Señor. Necesitan convertirse a todo un estilo de vida diferente; literalmente, cambiar nuestra manera de pensar, nuestra manera de vivir, nuestra manera de hablar. Eso es todo; si pueden hacerlo, estupendo. Pero alabado sea el Señor porque hay algunas disciplinas que podemos adoptar y que nos ayudan a lograrlo.

Por ejemplo, el versículo siguiente, el capítulo 6, comienza así: «...No se inquieten por nada, sino que en todo, mediante oración y petición, con acción de gracias, presenten sus peticiones a Dios...».

Disciplina número uno: la oración. La oración. Está bien, Sam, yo oro. Pastor Sam, ya sabe, yo oro. Estoy aquí en el culto de oración de los miércoles por la noche. Estoy aquí todo el tiempo. Ya sabe, yo oro. Cada mañana tengo mi tiempo con Dios. Oro. Saben, les creo, pero conozco a muchas personas que oran y siguen siendo desdichadas. Conozco a muchas personas que oran, pero que no son necesariamente buenas haciéndolo, que no son necesariamente afectadas por ello. Lamento si les rompí el corazón. Pero en realidad pueden aprender a orar de manera efectiva. Pueden hacerlo. ¿Qué quiero decir? Saben, comemos, hemos estado comiendo desde que éramos niños, pero solo cuando uno pasa de los 40 tiene que aprender a comer saludablemente. Quizá, ya saben, comer chicharrón todos los sábados por la noche no sea tan buena idea, según dice mi cardiólogo. Tienen que aprender a comer saludablemente. Hay terapeutas que enseñan a sus pacientes a tragar. Hay pacientes que han estado tragando desde el vientre materno, pero al parecer hay una manera correcta y una manera incorrecta de tragar. Y hay una manera correcta de orar, si su aspiración es vivir el gozo del Señor, vivir una vida victoriosa en Cristo; hay una manera de orar que orienta su vida hacia eso.

Por ejemplo, la meta debería ser purgar su ansiedad. Si después de un tiempo de oración siguen igual de tensos, si siguen igual de destrozados, maltrechos, tensos, confundidos y enojados que antes de orar, o peor, ¿tienen que seguir orando o tienen que orar de una manera diferente? De verdad. Afortunadamente, hay modelos para esto. Hay personas —una de mis favoritas dice aquí—, sé que la versión King James dice «con toda oración, entre gemidos...», hay diversas maneras de orar al presentar nuestras peticiones a Dios.

Una de mis favoritas es algo que los cristianos han practicado durante siglos, llamado oración centrada u oración de centramiento. Si no hago esto todas las mañanas, ni siquiera puedo leer mi Biblia. Ni siquiera puedo entrar en la presencia de Dios; no puedo ofrecerle a Dios la oración de petición, mi solicitud, hasta haber practicado alguna forma de oración de centramiento. Y ustedes no tienen que hacer necesariamente esto, pero en mi caso es algo así: es temprano por la mañana, antes de abrir mis correos electrónicos, antes de tener cualquier interacción con algún ser humano, en la medida de lo posible; allí estoy yo, con mi taza de té y la Palabra sobre mi regazo, que ni siquiera he comenzado a leer todavía, y comparezco ante el Señor. Y, a propósito, yo no inventé esto; de hecho, lo aprendí de Richard Foster, en Celebración de la disciplina. Vayan a casa, entren en Amazon y consigan esa obra, por si no logro explicar todo esto durante el sermón, ¿de acuerdo? Celebración de la disciplina; esto es algo que querrán hacer.

Pero entran allí... respiran y guardan silencio, con las palmas hacia abajo como símbolo de entrega, y dicen: «Señor, te entrego mis temores, te entrego mi enojo por lo que oí anoche, te entrego mi vergüenza por la manera en que reaccioné, te entrego mi culpa, te entrego mi cansancio. Son las 6:30, ya sabes, Señor; preferiría estar en la cama. Te entrego mi confusión, te entrego mis acciones...». Vuelven las palmas hacia arriba y dicen: «Señor, recibo tu gracia, recibo tu presencia. Recibo tu perdón. Recibo de ti la capacidad de perdonar. Recibo tu gozo».

Hagan eso; si es demasiado para recordarlo, simplemente siéntense allí y digan «Jesús» unas 15 mil veces, hasta que se les despeje la mente. Pero traigan sus ansiedades y preséntenlas ante el Reino de Dios; cámbienlas por su gozo, por su gracia, por su paz, por su presencia.

Esto nos lleva a la siguiente práctica; él dice: «...con acción de gracias, presenten su petición a Dios...».

Ahora bien, para los fines de esta noche, defino la acción de gracias, la práctica de la acción de gracias, así: repasar, comprender y celebrar lo que ha salido bien. Repasar, comprender y celebrar cualquier cosa que haya salido bien, cualquier evidencia que haya del favor de Dios sobre su vida, de su gracia en su vida, de su protección sobre su vida, de su provisión para su vida. Por la mañana, mientras hacen eso, asegúrense de que sea parte de su adoración: «Señor, gracias porque tengo un trabajo al cual ir. Gracias porque esa persona es mi hermano en Cristo, mi hermana en Cristo; gracias por esa congregación. Gracias por mi mamá, por mi papá. Gracias por mi esposa. Gracias, querido Señor Dios, porque mis pantalones me quedan un poco mejor que hace dos meses. Gracias, Señor».

Deberían comenzar a darle gracias por ello, pero, aún más importante que hacerlo por la mañana, de verdad, de verdad les recomiendo que terminen el día con acción de gracias. Porque somos muy buenos repasando todo lo que ha salido mal en nuestra vida. Somos muy, muy buenos repasándolo todo: «¡Caramba! Se me pinchó una llanta. Ese proyecto acabó conmigo. No alcancé a hacer la mitad de las cosas de mi lista de pendientes. Dios mío, mira lo que me espera mañana». ¿Van a acostarse en esas condiciones y luego se preguntan qué le sucedió al gozo del Señor, por qué no experimentan gozo? Pero en ese momento se trata de decir: «Dios, hoy estuviste conmigo. Estuviste conmigo en la 93 cuando había hielo en la carretera. Gracias por la sabiduría que me diste para responder como lo hice a la pregunta que hizo hoy ese muchacho en clase. Gracias, querido Señor Dios, porque nos has provisto nuestro pan de cada día».

Si eso es demasiado difícil, empiecen dando gracias a Dios por encontrar un lugar para estacionar en Boston. Yo lo hago. Lo hago, ¿y saben qué? He estado encontrando mejores lugares para estacionar. A propósito, puedo decir esto del pastor Roberto porque está al otro lado del mundo: este hombre, entre todas las demás unciones que posee, posee —se lo garantizo— una unción para estacionar. Estaciona en lugares donde no tiene por qué poder estacionar. Es increíble. Como frente al Fleet Center. ¿Cómo haces eso? Yo estoy como intentando... «No hay problema, solo voy a echar mi auto hacia atrás y ahí está... Ahí está». ¿Por qué? Porque el tipo vive dándole gracias al Señor por estas cosas. Oigan, ¿acaso no están intentando enseñarles esto a sus hijos cuando tienen 6 años?

Den gracias. Proclámenlo en voz alta. Bien, lo que es bueno para uno es bueno para todos. Den gracias. Den gracias por sus alimentos. Den gracias por su trabajo. Den gracias por sus hijos. Den gracias. Den gracias, y va a suceder algo de lo más asombroso.

Como Pablo dice aquí: «...La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, vendrá sobre ustedes y el Señor guardará su corazón...».

Ahora bien, no sé qué piensan ustedes, pero eso no es una droga. No es como consumir drogas. Son conscientes de lo que sucede. Saben exactamente por lo que están pasando, saben exactamente lo que están experimentando, pero, a pesar de ello, hay paz en su corazón.

Ahora bien, si quieren mantener esa sensación, hay una práctica que Dios exige de nosotros, y yo la llamo así: estudien la vida en Cristo; o la otra expresión que uso para ella es esta: estudien lo que llamo la vida hermosa. Y eso es lo que se evidencia en el siguiente versículo.

«...Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo noble, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo admirable, si hay algo excelente o digno de alabanza, piensen en tales cosas». ¿Verdad?

Hermanos y hermanas en Cristo, nos comprometimos con una manera completamente nueva de vivir, ajena a la manera en que vivíamos antes. Y cuando hablamos de todo lo verdadero, noble o puro, etcétera, etcétera, estos fácilmente podrían ser adjetivos que describen el carácter de Dios. Así que esto es lo que Dios nos llama a hacer y, sí, ya está puesto el gancho, así que no se preocupen, vamos a terminar...

Esto es lo que Dios nos llama a hacer. Sepan que esto requerirá práctica. Sepan que tendrán que aprender acerca del Señor, acerca de la vida del Señor, durante el resto de su vida. Y comienzan con esto: comienzan estudiando esta Palabra o estudiando cualquier cosa que refleje la belleza de Dios.

Hay libros excelentes. Pero tengan constantemente presentes estas preguntas: ¿qué dice Dios acerca de cómo debo tratar a mi esposa, a mis hijos, a mis hermanos en Cristo, a mis amigos? ¿Qué dice Dios acerca de cómo debo administrar mi dinero y mi tiempo? ¿Qué dice Dios acerca de cómo debo manejar las crisis? ¿Qué dice Dios acerca de cómo debo afrontar la frustración y el temor? ¿Qué dice Dios acerca de cómo debo afrontar mis fracasos? ¿Qué dice Dios acerca de estas cosas?

¿Y saben qué? Ustedes se convierten... comienzan a pensar en estas cosas. ¿Qué piensa Dios de esto? ¿Cuál es la manera de Dios para vivir mi vida? Y van a descubrir que, con el tiempo, a medida que se concentren, el Espíritu Santo se concentrará en distintas áreas de su vida que deben comenzar a manifestarse. Serán estudiantes eternos de la vida hermosa y dirán: «Querido Dios, ¿cómo puedo ser un mejor amigo? ¿Cómo puedo ser un mejor adorador? ¿Cómo podría pensar mejor? ¿Cómo podría ser un mejor hijo, un mejor empleador, un mejor empleado, un mejor esposo, un mejor padre? ¿Cómo puedo ser un mejor representante del Reino de Dios?». Estudien la vida de Cristo. Piensen en estas cosas. Piensen en estas cosas. Tal vez les cueste mil horas de lucha libre profesional; quizá nunca tengan otra oportunidad de ver American Idol; ya saben, quizá tengan que apagar Internet unas tres horas cada noche. Quizá les cueste un pequeño sacrificio, una reorientación total de su vida, pero piensen en estas cosas. Piensen en estas cosas. Sean estudiantes de la vida hermosa, de la vida de Cristo.

Pero su vida no va a cambiar, no va a dar realmente un giro ni a perfeccionarse. Su vida no va a dar un giro hasta que pongan en práctica esta última, esta última disciplina, y esta es la más difícil, y esta es la que la mayoría de la gente abandona, y por eso terminamos en esta curva, preguntándonos por qué seguimos siendo desdichados y por qué las cosas no cambian.

No basta con estudiar la vida hermosa. Dios nos ha llamado a practicar, a practicar la vida hermosa. Tenemos que practicar lo que hemos estado estudiando. El discipulado, para quienes se inscribirán aquí mañana, amigos, no tiene como meta convertirnos en teólogos; la meta es convertirnos en practicantes de la vida hermosa.

Pablo dice: «Todo lo que hayan aprendido, recibido u oído de mí, o visto en mí, pónganlo en práctica, y el Dios de paz estará con ustedes».

Ahora bien, lo que los filipenses habían... ya saben, esto acaba de ocurrírseme, me avergüenza decirlo. Llevo 43 años en el evangelio, todo este tiempo, pero apenas se me ocurrió. ¿Qué está diciendo? Acabo de oír al Espíritu Santo decir esto, esta misma tarde: ¿saben qué vieron los filipenses hacer a Pablo? Y esto es lo que Dios nos está llamando a hacer: vieron a Pablo cantar en la cárcel. Fue en Filipos, y Silas estaba con él; golpeados, azotados con aquel látigo de púas, encerrados en aquel calabozo oscuro, húmedo y repugnante, despiertos a medianoche; y apenas se me ocurrió: estaban cantando himnos y orando a medianoche, encerrados en aquella celda.

¿Saben por qué? Por el dolor de sus heridas, de todos modos no podían dormir. Entonces, ¿qué hicieron? Empezaron a cantar, empezaron a adorar. Llenaron aquella cárcel de cantos. ¿Y saben qué los está llamando Dios a hacer? ¿Quieren practicar la vida hermosa? Hermano mío, hermana mía, entonces Dios los está llamando, me está llamando, a aprender a cantar en la cárcel.

Y esta es la cuestión: la mayoría de las veces no tengo ganas de cantar en la cárcel. La mayoría de las veces ustedes no van a tener ganas de cantar en la cárcel, pero ¿saben qué? Es en esos momentos cuando llega el examen final; ese es el examen final. Esa es la puerta al gozo. Esa es la puerta al gozo. Ya saben, es en la traición donde practicamos el perdón. Es en nuestra bancarrota, en nuestro divorcio y ante un diagnóstico de cáncer donde practicamos la fe. Es cuando estamos estresados, enojados y confundidos cuando practicamos la paciencia y la esperanza.

Practiquen la vida hermosa. El único camino al gozo es comprometernos a cantar en la cárcel. Y lo mismo que sucedió con Pablo sucederá con nosotros: en medio de su canto, a medianoche, aquel lugar se estremece y se llena de la gloria del Señor, y las cadenas se sueltan; y no solo Pablo y Silas quedan libres, sino que todos los que podían oír su canto quedaron libres, todos los que podían oír el canto de ellos quedaron libres, incluidos quienes los encerraron y los azotaron.

Y esto es lo que va a suceder: el Dios de paz estará con ustedes. Váyanse a casa. Practiquen esto. Van a descubrir, van a descubrir que, a medida que practiquen la vida hermosa en Cristo, de repente surgirá desde lo más profundo de ustedes algo así como una explosión de gozo que no podrán explicar; no sabrán de dónde vino ni qué hicieron para provocarla. Van conduciendo por la 93, no necesariamente están orando, pero de repente los invade esta sensación abrumadora de la cercanía de Dios, de su presencia, de su aprobación, de su amor y de su alabanza. Es como si el Señor mismo acabara de besarlos en la mejilla, y su mente y su corazón quedaran inundados del gozo del Señor.

El Dios de paz estará con ustedes. Y si nunca han experimentado eso en su vida, mi oración esta noche es que lo experimenten. Mi oración esta noche es que orienten su vida en esa dirección.

Permítanme orar por ustedes. Invitaremos la presencia de Dios. ¿Saben qué? Hagan eso. Señor, sabemos que estás cerca, sabemos que estás a nuestro alrededor. Sabemos que llenas esta casa, sabemos lo que dice la Biblia, sabemos lo que hemos predicado; pero, Dios, te queremos dentro de nosotros, a través de nosotros, en la mente, en el corazón, en el continente inexplorado de nuestro ser. Quiero que habites allí, que invadas y que nunca te vayas, y que nunca te vayas, y que nunca te vayas.

Dios, simplemente abrázame para siempre y permíteme abrazarte en mi corazón para siempre, para que, sin importar dónde esté —podría ser en la sala de juntas, podría ser durante el examen, podría ser mientras sostengo a mi hijo, podría ser en la cama—, Padre, siempre pueda volver mis ojos y ver tu rostro y sentir tu abrazo, porque tu presencia me da gozo. Tu existencia me da gozo. Tu amor por mí, a menudo no correspondido ni reconocido, me da gozo. Señor, lléname. Pídanselo: lléname de tu gozo. Esta noche dame el sueño del trabajador. Esta noche, Dios, déjame caer en tus grandes brazos, dormir como un bebé, despertar por la mañana, simplemente darle la bienvenida al amanecer y bailar un poco, porque sé que estás allí.

Maestro, que pueda recorrer los pasillos de cualquier lugar al que me hayas llamado y que la gente sencillamente se detenga y diga: «¿Qué te pasa? ¿Dónde has estado? ¿Qué estás tomando?». Dios, que pueda tener la oportunidad de darles la razón de mi gozo, y eres tú. Eres tú. Eres tú. Eres tú. Tú eres la razón. Tú eres la razón. Tú eres la razón, Jesús. Lléname; no llenes solamente la casa, sino llena mi vida con el gozo de tu presencia. Oramos en el nombre de Jesús.