Pero quiso el SEÑOR Quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento. Cuando El se entregue a sí mismo como ofrenda de expiación, Verá a Su descendencia, Prolongará Sus días, Y la voluntad del SEÑOR en Su mano prosperará. Debido a la angustia de Su alma, El lo verá y quedará satisfecho. Por Su conocimiento, el Justo, Mi Siervo, justificará a muchos, Y cargará las iniquidades de ellos. Por tanto, Yo Le daré parte con los grandes Y con los fuertes repartirá despojos, Porque derramó Su alma hasta la muerte Y con los transgresores fue contado; Llevó el pecado de muchos, E intercedió por los transgresores. — Isaías 53:10-12
¿No era necesario que el Cristo (el Mesías) padeciera todas estas cosas y entrara en Su gloria? — Lucas 24:26

Autor
Charles Spurgeon
Resumen: Amados, el plan redentor de Dios transforma el sufrimiento, una vez considerado un lamentable accidente, en una divina necesidad. Nuestro Señor Jesús, el Siervo Sufriente, fue «quebrantado» en la cruz, no como una tragedia, sino como el designio del cielo para llevar nuestras iniquidades y asegurar nuestra justificación. Su camino de la profunda humillación a la gloriosa exaltación nos brinda nuestra profunda esperanza, recogiéndonos a nosotros, su botín rescatado, en su familia eterna. Este plan perfectamente ejecutado convierte el sufrimiento más profundo en la más alta gloria para nuestro gozo eterno.
¡Qué misterio glorioso, qué maravilla divina, es el desarrollo del plan redentor de Dios! A menudo rehuimos el sufrimiento, considerándolo un lamentable accidente. Pero amados, contemplad conmigo los antiguos rollos, ¡y luego contemplad a nuestro Señor!
Durante siglos, el profeta Isaías cantó de un Siervo Sufriente, uno «quebrantado» por la propia mano de Dios. No una tragedia, fíjense, ¡sino una *divina necesidad*! ¡Oh, la sabiduría de Aquel que lo orquesta todo! Esto no fue un golpe de infortunio al azar, sino el corazón mismo del designio del cielo para nuestra salvación.
¡Nuestro bendito Señor Jesús, Él es ese Siervo! Él llevó *nuestras* iniquidades, derramó su alma como ofrenda por la culpa por *nosotros*. La cruz, escandalosa a los ojos humanos, fue el altar escogido por Dios donde la justicia divina se encontró con la misericordia infinita. ¿Y cuál fue el glorioso resultado para nosotros? ¡Justificación! Nosotros, los culpables, somos absueltos; nuestra deuda está pagada por completo, no por nuestros débiles esfuerzos, sino por Su perfecto y sustitutorio sacrificio.
¡Pero la historia no termina en la tumba! ¡No, porque Sus «días prolongados» fueron prometidos, y Su «descendencia» vería la luz! En el camino de Emaús, nuestro Rey resucitado mismo iluminó las Escrituras, mostrando a Sus discípulos —¡y a nosotros!— que era *necesario* que el Mesías padeciera antes de entrar en Su gloria. ¡Qué triunfo! ¡De la profunda humillación a la gloriosa exaltación, del peso aplastante del pecado a la corona del conquistador!
Esta, queridos amigos, es nuestra profunda esperanza: El plan de Dios es soberano, con propósito y perfectamente ejecutado. Nuestro Rey logró la victoria no a través de la fuerza convencional, sino a través de la sumisión total y el amor sacrificial, recogiéndonos a *nosotros*, Su botín rescatado, en Su familia eterna. ¡Alabémosle siempre a Él, que transformó el sufrimiento más profundo en la más alta gloria para nuestro gozo eterno y Su alabanza eterna!
(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon)
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